Esclavitud y Resistencia

 

Algunos rasgos sobre la esclavitud en el suroccidente colombiano

 

Una vez consolidada en América la organización política y socio-económica de la Colonia, los españoles desarrollaron algunas instituciones económicas que se constituirían en el pilar de este sistema. En principio se instituyeron la Encomienda y la Mita, sustentadas en la tributación y usufructo de la mano de obra indígena. No obstante, el gobierno colonial, enfrentado a un rápido y dramático colapso demográfico de la población nativa, como consecuencia de la adquisición de nuevas enfermedades y del mismo abuso laboral al que eran sometidos, debió tomar medidas para reemplazar estos individuos sin los cuales se desequilibraría el sistema económico colonial. Fue entonces cuando comenzó a importarse esclavos del África, en lo que fue conocido como la trata negrera, instaurando así un sistema esclavista en el continente americano. Dicho sistema le permitiría a la administración colonial continuar con las labores agrícolas, mineras y comerciales que venía realizando, esta vez, con una fuerza de trabajo más fuerte y resistente: la del negro.

La esclavitud, en pocas palabras, se entiende como un estado social definido como la forma involuntaria de servidumbre humana más absoluta. Bajo esta premisa, el esclavo no era otra cosa que un bien mueble más, del que el amo disponía a su antojo como cualquier otra mercancía. Desde su destierro del África hasta la llegada a tierras americanas, el negro fue visto por la Corona española como un ser inferior despojado de cualquier condición humana, pues era considerado como adorador del demonio y carente de alma. Esto permitió legitimar la visión esclavista del español, pero también creó una imagen ambivalente del esclavo, ya que a pesar de no ser considerado un igual, paradójicamente se le concebía con capacidad intelectiva y responsabilidad en sus acciones, lo cual, por ejemplo, justificaba los castigos a quienes intentaran resistirse o rebelarse a su condición.

De acuerdo al Economista e Historiador Germán Colmenares, entre los siglos XVI y el siglo XIX, por Cartagena de Indias, uno de los dos puertos autorizados en las posesiones españolas de América para introducir esclavos, entraron aproximadamente unos 15 millones de negros africanos, de los cuales alrededor de un 40% descendió por el río Atrato hasta los puertos de Buenaventura y Tumaco, o por el río Magdalena y el Cauca hasta Cartago, con el propósito de conformar las cuadrillas de esclavos que necesitaban las familias poderosas familias latifundistas de la época en el Gran Cauca. Los esclavos se constituyeron así en el pilar económico colonial que se expresó fundamentalmente a través de dos formas de explotación de recursos: la mina y la hacienda. En estos dos escenarios las cuadrillas de esclavos se convirtieron en el eje de la unidad productiva. En la primera los esclavos buscaban fundamentalmente oro, metal amonedable de extrema importancia para la metrópoli, en tanto que en la segunda, producía caña, tabaco, plátano y aguardiente, a la vez que colaboraban en la ceba del ganado. No está demás resaltar el papel de los esclavos en las funciones estrictamente domésticas, lo cual a su vez, para los blancos españoles era sinónimo de poder y prestancia social, de manera que a mayor número de sirvientes, más importante se era en el imaginario colonial. Ahora bien, más allá de esta diferenciación, lo cierto es que de alguna manera es necesario entender la evidente confluencia social de estos tres espacios como complementarios, especialmente el de la hacienda y la mina, en tanto que la primera terminaba siendo la despensa, el sustento alimentario de la segunda.

Presentada la anterior salvedad, no deja de parecer claro que el principal escenario que motivó la traída de los esclavos estuvo ligado a su trabajo en las minas. En virtud de ello, es necesario señalar que la esclavitud en el suroccidente dependió en gran medida del auge o decrecimiento de la producción aurífera. Así, con la llegada de lo que los investigadores han denominado la segunda ola de producción de oro durante el siglo XVI en la provincia de Popayán, específicamente en Anserma y Cartago, se generó un incremento significativo de la población esclava de manera que se produce definitivamente la transición: los nativos se desplazaron definitivamente a las encomiendas, a desempañar trabajo agrícola beneficioso para las haciendas, en tanto que los esclavos los reemplazaron en las duras jornadas de las minas.

No obstante, no fue sino hasta el siguiente siglo donde la explotación aurífera adquirió gran importancia en esta zona, exactamente en el momento en que comenzó a abrirse las fronteras mineras de la llanura sur del pacífico y de la zona de Barbacoas. Se comenzó a consolidar con mayor fuerza aquel orden social y económico vertical en el que se consolidan los esclavos como agentes que vienen a dinamizar la producción y las relaciones sociales. Los esclavos, así, entran a hacer parte de las denominadas cuadrillas, las cuales se originan con el fin de controlar los más, a pesar de que les permitió a estos establecer una relativa autonomía a través de la cual consiguieron restablecer hasta cierto punto una organización particular donde podrían reestructurar ciertos lazos familiares y de origen, además de antiguas prácticas culturales africanas.

 

Algunas Formas de Resistencia al Sistema Esclavista Colonial

Si bien es claro que las estructuras esclavistas propendieron por consolidar un sistema totalmente asimétrico, la administración colonial, por momentos, no consiguió imponer completamente este nuevo orden oficial. Tal y como había venido pasando desde la Conquista con algunas comunidades indígenas, los esclavos negros en menor o mayor medida, ejercieron algunos tipos de resistencia ante el sistema que los sometía. No se trataba solamente de una rebeldía física, sino, y de manera fundamental, de una resistencia a veces estrictamente cultural que apeló a la subsistencia de sus prácticas, ritos, tradiciones y a la conservación de los elementos característicos de su organización social.

En el suroccidente colombiano, esta resistencia se presentó de diversas maneras: desde formas simples de rebeldía cotidiana, como la reducción de los ritmos de trabajo y la indisciplina para entorpecer la producción económica, hasta formas más complejas como el cimarronaje, entendido como la huida deliberada del dominio de su amo en busca de la libertad. El concepto de cimarrón, correspondía originalmente a los cerdos que siendo domésticos se escapan adoptando particulares dotes de salvajía y para el caso de los negros esclavos se manifestó de dos maneras: lo que se denominó pequeño cimarronaje, basado en el abandono temporal del trabajo, y el gran cimarronaje que ya significaba el rompimiento total del control y el orden, y la búsqueda de una libertad definitiva. El cimarronaje, así, se convirtió en la modalidad más distintiva y radical de aquella propensión de alguna manera natural hacia la obtención de la libertad por parte de los negros esclavos.

Más allá del cimarronaje, de acuerdo a algunos autores como el historiador Mario Diego Romero, existieron otras modelos que pueden ser concebidos como formas de resistencia. Entre ellos se puede mencionar a los Mazamorreros como una expresión social de negación directa al sistema esclavista. Los mazamorreros fueron grupos constituidos por negros antes esclavos que habían conseguido comprar su libertad y se dedicaban a la actividad minera de manera independiente. A pesar de que su organización funcionaba de la misma manera que la estructura esclavista, a través de las cuadrillas de esclavos, estos últimos eran en esencia hombres libres percibidos a menudo como peligrosos por los blancos. Para el caso del suroccidente, existieron dos grupos importantes de mazamorreros: los mazamorreros de Belén y los mazamorreros de Pique. Estas dos comunidades se establecieron como sociedades propietarias no solo de su libertad, sino de pequeñas propiedades dedicadas a los cultivos y extracción de oro, lo que generó múltiples conflictos con el orden oficial en la medida en que comenzaron a ser concebidos como una amenaza al poder y a la misma estructura social legitima de la Colonia.

Por otra parte, el historiador inglés Eric Hobsbawn, considera que algunos ‘delitos’ cometidos por los esclavos podían ser considerados también dentro de la lógica de la resistencia, ya que al perpetrar robos de diversa índole, como el abigeato, el esclavo intentaba sabotear las actividades de su amo y por ende, se interpretaba como una burla al orden imperante. Sin embargo, más allá de estas manifestaciones de resistencia e inconformidad a menudo sutiles, en definitiva fueron los levantamientos y la huida, entendida como cimarronaje, los mecanismos más contundentes a los que apeló el esclavo con el objeto de liberarse física, mental y espiritualmente del yugo español.

 

El Palenque como Expresión Libertaria

Las fugas de los esclavos obedecieron, en principio, más a actos espontáneos e individuales ante los conflictos circunstanciales con sus amos, que a un proceso razonado, reflexivo y organizado de grupo sobre su condición, en la que la etnia o el estamento social en bloque se levantara en contra del sistema con la intención de provocar su colapso. No obstante, de acuerdo a algunos estudiosos, podría pensarse que poco a poco el cimarronismo comenzó a tomar la dimensión de una verdadera adquisición de conciencia colectiva encaminada a restaurar su libertad y la organización social autónoma de los negros. Es bajo este principio que surgen los denominados palenques como una necesidad por establecer un territorio propio, lejos del dominio y las leyes del blanco.

Los palenques fueron aquellos asentamientos que fundaron negros cimarrones, en busca de dos garantías básicas: supervivencia y emancipación. Aquellas comunidades fueron erigidas en terrenos selváticos de difícil acceso, los cuales empalizaban y rodeaban con fosos y trampas para dificultar el acceso de la ley, que castigaba severamente tal contravención. En aquellos lugares los esclavos fugitivos cristalizaron su proyecto de libertad. Pero no se trataba sólo de una libertad física y de acción, se trataba en efecto de una liberación que pasaba por lo mental y lo espiritual. En los palenques los negros cimarrones crearon nuevas formas de vida y de organización social; nuevas formas de supervivencia en las que se comienzan a rescatar algunos de los rasgos culturales y sociales propios de su raza, reprimidos por el español: sus lenguas vernáculas, sus creencias y ritos sacroprofanos; su música y danzas, y en general una serie de tradiciones que les fueron reprimidas en cautiverio.

En los palenques los cimarrones establecieron lazos particulares de sociabilidad, de parentesco y de división social del trabajo. El cultivo de la tierra era colectivo, primaba la solidaridad, la herencia cultural y estaban gobernados por autoridades elegidas por las mismas comunidades, a menudo apelado a sus formas originales de organización tribal, sin embargo, muchos estudiosos advierten también la emulación de las estructuras políticas, jurídicas y hasta religiosas de los ibéricos.

El palenque se constituye entonces, como la figura paradigmática de la lucha esclavista, pues a través de éste, el esclavo buscó recuperar todo aquello que le había sido negado por su condición. Esta forma de resistencia representó la lucha del negro por volver a adquirir el carácter de individuo y de recuperar algunos de los caracteres de su personalidad individual y colectiva, los cuales había perdido cuando fue arrebatado de su propia tierra. El palenque como expresión libertaria se erige además en la única forma que tenía el negro esclavo para apropiarse de estas tierras tan ajenas a él, por su condición jurídica de un no-nativo, en contraste con la situación del indígena y el mimo blanco.

 

El Palenque El Castigo

El palenque más emblemático del suroccidente, y sobre el que más se han encontrado vestigios históricos, estuvo establecido en la región del Patía, territorio que fue colonizado tardíamente por los españoles, circunstancia que favoreció su constitución. Se trata del palenque conocido como El Castigo. Algunos de los indicios analizados sobre este lugar sugieren que en principio se constituyó en un refugio para bandidos y prófugos de la justicia, aunque se conoce que en aquel lugar se encontraban negros libres y esclavos fugados de minas de Barbacoas, Iscuandé y algunas haciendas del Valle del Cauca.

En aquella sociedad se estableció un nuevo orden social y económico particular, debido a la hibridación entre la organización colonial y las organizaciones originarias de los esclavos. A nivel económico por ejemplo, se toma una economía estacional y de subsistencia, donde se estableció la división sexual del trabajo: la mujer realiza actividades agrícolas y de mazamorreo, mientras que el hombre se dedicaba al trabajo en haciendas y al abigeato.

La organización social por su parte, se constituyó a partir de elementos de identificación dados según la procedencia de los esclavos; de esta manera, se congregaban esclavos que provenían de un mismo amo y usaban el apellido de éste para reconocerse y diferenciarse de los demás. Las relaciones sociales se cimentaban a partir de los vínculos de parentesco, de tal manera que se consolidaban unidades familiares extensas, caracterizadas por seguir una línea matrilocal y avuncular, donde la madre era vista como la cabeza visible de la parentela.

Por las características singulares de este palenque, la administración colonial tuvo grandes problemas para incursionar en este territorio y extender el orden oficial de la Corona. Tan solo fue posible que el vicario del pueblo, el cura España, lograra ingresar en estos territorios para llevar su misión evangelizadora a estos esclavos fugitivos, esto por petición misma de los apalencados. En este sentido, vale recalcar que si bien el cura España logró su cometido de evangelizar a estos negros rebeldes, esto no excluyó que de alguna manera, pervivieran rezagos de sus antiguas prácticas religiosas de tal manera que la religión se convirtió en un elemento sincrético que imprimió un nuevo carácter cultural a esta comunidad, lo cual demuestra cómo la mezcla de los diferentes grupos étnicos que se habían dado cita en la Colonia había hecho de las suyas.

Una vez establecida la sociedad palenquera, aparece una situación ambigua de legalidad e ilegalidad en la región, tal y como lo refiere el historiador Francisco Zuluaga: “Se presenta simultáneamente, la tensión y el acercamiento en un proceso doble en el que tanto la sociedad negra como la sociedad blanca, se vuelcan sobre el Valle del Patía, en búsqueda de la construcción de sus respectivas y superpuestas fronteras de colonización” (1). Esta ambivalencia generó gran inestabilidad en la sociedad patiana, la cual pasó de ser una comunidad palenquera a una sociedad híbrida que se sostenía ya no de las actividades agrícola y minera, sino de la creación de grandes latifundios que abastecían de ganado a las ciudades de Popayán y Pasto.

Fueron dos los motivos que obligaron a disolver la sociedad palenquera de este lugar. Por un lado, estaba la penetración del colono blanco que trajo consigo una nueva organización social y económica, ya que la empresa minera seria reemplazada por la productividad latifundista, y por otra parte, el hecho de que la sociedad continuaba siendo desaprobada por el gobierno oficial, pues se consideraba un refugio de maleantes y por ende tenía una muy mala reputación. Al final, los negros terminaron siendo indultados por las autoridades con tal de que se acoplaran nuevamente a la dinámica colonial, algo que atrajo a más negros que quería salir beneficiados de dicha amnistía. Gracias a estas circunstancias, la mayoría de los negros esclavos, que ya habían logrado ganarse el indulto de la administración colonial, decidirían abandonar estas tierras para migrar al norte, hacia el Valle del Cauca en búsqueda de veredas y platanares.

 

El Palenque de Los Cerritos

A pesar de su relativa corta duración, el palenque de Los Cerritos, se constituyó como otro ejemplo de la resistencia de la población esclava en el suroccidente colombiano. Esta comunidad cimarrona se estableció en algún lugar del vasto territorio que correspondía a la jurisdicción de Cartago, comprendida entre el norte del Valle del Cauca y el departamento del Quindío, una zona que poseía un alto porcentaje de negros esclavos en haciendas, las cuales fungían como un gran centro de abastecimiento de víveres para todo el norte del Valle del Cauca y el Chocó.

En el palenque de Los Cerritos los negros organizaron una economía estacional de subsistencia, la cual combinaban con la cría de animales domésticos y la minería del oro, recurso a través del cual obtenían bienes manufacturados a través de un escaso y limitado comercio. La población negra de esta región, se encontraba fuertemente vigilada y controlada por las autoridades españolas, las cuales sin embargo, simultáneamente permitían que los esclavos conservaran algunas libertades, pues se pensaba que cierta permisividad mantendría a esta población a raya, previniendo así un posible brote de insurrección, un miedo que se mantenía latente entre la sociedad blanca de la época. Con respecto a esto, Zuluaga argumenta: “Estas medidas represivas…se alternaban con concesiones tolerantes que se mostraban como buen trato…lo que a la distancia, hace más patente la tensión y el miedo de los amos hacia los esclavos y las llamadas ‘castas’… ” (2).

Esta condición no ayudó para que se cimentara una sociedad estable; por el contrario, se prestó para el surgimiento de múltiples sublevaciones. Varios de estos levantamientos, como los de Anacaro y Toro, alimentaban los deseos de huida y libertad que tenían los esclavos. Al igual que en el palenque de El Castigo, en el de Los Cerritos los esclavos también huían por asuntos personales y no por un interés colectivo de un grupo social; sin embargo, al establecerse la sociedad palenquera surgían sentimientos de fraternidad y solidaridad entre ellos.

Aunque generalmente los palenques se caracterizaron por ubicarse en sitios aislados e inaccesibles, los negros del palenque de Los Cerritos sólo contaban con lo que la naturaleza y la topografía les brindaban. Cristóbal, Prudencio, Martina y Manuela; fueron uno de los tantos nombres de esclavos fugitivos involucrados en la construcción de este palenque. Ellos habían organizaron su huida con otro grupo de esclavos, unidos por intereses particulares y vínculos sociales que establecieron entre ellos al momento de su partida. Una vez juntos en la sociedad palenquera, convergieron todos en un mismo proyecto social; la primera preocupación que les surgía a los cimarrones, era la siembra de diferentes productos como: el maíz, el frijol, el plátano y la yuca; todo esto con la intención de buscar un asentamiento permanente, de colonizar la tierra y de establecer una sociedad estable.

Su organización social tenía la particularidad de formarse dentro de un alto grado de aculturación, en tanto que se reprodujo parcialmente algunas instituciones del régimen colonial; sin embargo, esto no significó que los cimarrones no hubiesen desarrollado una propuesta autónoma de organización, sino que debido a la hibridación y el mestizaje cultural, ciertas estructuras se empezaron a asimilar como propias. A pesar de ello, es de resaltar que esta sociedad cimentó tal organización a través de los lazos de parentesco, lo que hacía que esta comunidad desarrollara vínculos fuertes de unidad, solidaridad y participación, muy diferente al modelo de sociedad jerárquica y dominante de la que habían escapado.

El Palenque de Los Cerritos, sin embargo, tuvo una corta existencia. Las autoridades coloniales, preocupadas de que aquella organización fuera a desequilibrar el orden colonial, a través de un levantamiento insurreccional, decidieron enviar una misión militar al palenque con el objetivo de restablecer las estructuras coloniales y devolver estos esclavos a sus respectivos amos. Tras una breve confrontación violenta, los esclavos fueron reducidos, apresados y sentenciados a un castigo severo de azotes y trabajo forzoso en las fábricas de Cartagena. Estas estrictas sanciones eran frecuentes y se realizaban con el objetivo de mostrarlo como un acto ejemplarizante y preventivo para todos aquellos que intentaran seguir las mismas conductas perturbadoras de los cimarrones.

 

Otros Palenques de la Región

En un territorio selvático que hasta el momento no había sido explorado ni alcanzado por los asentamientos coloniales, confluyeron dos poblaciones que mantuvieron una constante disputa, los indígenas y los negros. Los primeros se quejaban del hostigamiento de los segundos, los cuales en busca de víveres, atacaban los poblados nativos amerindios. En esta zona y en medio de este conflicto se estableció el Palenque de Mocoa el cual a pesar de contar con una corta duración, expresó de manera clara aquella necesidad que tenían los esclavos no necesariamente de vengarse de los sectores que los habían esclavizado, sino fundamentalmente de salir de su sujeción.

En este territorio existió mucha más permisividad de las autoridades españolas, tanto que por intermediación del sacerdote de la región, Fray Francisco Javier, se dio lugar a un trato con los esclavos para que éstos pudieran legalizar su situación comprando su libertad a mitad de precio, con la condición de que éstos quedaran reducidos a un pueblo y explotaran el oro que les permitiera obtener excedentes para adquirirla.

Aunque es necesario recalcar que los palenques fueron un fenómeno colonial significativamente más masivo y numeroso en la Costa Atlántica, valga resaltar algunas otras experiencias de este tipo en la Región Pacífica De acuerdo con las investigaciones de Nina de Friedemann, algunos otros de los palenques más importantes registrados durante el período colonial en esta zona del país son:

1532 – Nechí (Cauca)

1728 – Tadó (Chocó)

1732 – El Castillo (Valle del Patía)

1778 – Laderas y Guamanal (Popayán)

1781 – Nóvita (Chocó)


Levantamientos de Negros

Existió además otro mecanismo de resistencia y rechazo al sistema esclavista colonial que se conoce como levantamientos sociales; los más conocidos del suroccidente colombiano fueron el levantamiento del Hato de Lemos y el levantamiento de Tumaco. Aunque dichos levantamientos no tuvieron que ver directamente con la esclavitud, si son muestra de la resistencia de diferentes sectores de la población que se vieron afectados por medidas legales que en su momento tomó el gobierno para regular y controlar la producción y distribución del tabaco y el aguardiente en todo el Virreinato de la Nueva Granada.

Para ello se crean los estancos y las alcabalas, medidas fiscales que permitirían a las autoridades españolas monopolizar el comercio de estos dos grandes productos; sin embargo, en lugares como Hato de Lemos (poblado que se encontraba en lo que hoy es La Unión, Valle del Cauca) y Tumaco, se presentaron insurrecciones de diversos núcleos de la población, entre los cuales encontramos: Negros libres, mulatos, pardos, mestizos y blancos pobres; que dedicaban su vida a la comercialización de estos productos y se veían gravemente afectados por tales medidas.

Estos levantamientos fueron manifestaciones violentas contra las autoridades locales, por lo que atacaban poblados aledaños y funcionarios públicos; sin embargo, no estaban en contra del sistema colonial como tal, pues no atacaban la Corona Española, ya que consideraban que no eran responsables directas de estas leyes en sus colonias. Aunque estas insurrecciones fueron finalmente reprimidas por el gobierno, dejan ver un claro desacuerdo hacia la administración del gobierno colonial, pues existía cierta conciencia de la desigualdad social existente en aquel momento.

 

De la Dominación a la Emancipación

Fue bajo estos mecanismos de resistencia, que la población negra libre y esclava pudo ser visibilizada ante la sociedad colonial. Si bien se presentaron otros tipos de mecanismos de defensa como el acercamiento de los esclavos al sistema judicial del gobierno colonial para exponer las situaciones de maltrato que vivían con sus amos, este recurso funcionó sólo en algunos casos, pues el impartir medidas legales contra el sector esclavista crearía fuertes choques entre las autoridades locales y el sector económico de la región.

Es por esto, que los mecanismos más usados y efectivos que usaron los negros se referían a las vías de hechos como la rebelión, la fuga y los levantamientos. Tal es entonces, el caso de la construcción de los palenques como sociedades libres del sometimiento blanco, donde el negro pudo adquirir una al menos incipiente conciencia de su situación, y le permitiría identificarse con sus iguales en intereses que traspasaban lo individual, para convertirse en una colectividad con lazos fuertes de unión, con una nueva propuesta de sociedad, diferente a la sociedad jerarquizada y asimétrica de la época colonial. Al respecto, Romero plantea: “Inmersos en un tortuoso mundo de sujeción, los esclavos desde el primer momento de su colocación en la espesa selva del Pacífico, acudieron a creaciones sociales de organización que pasaban por la comunicación y la cohesión interna del grupo, por identidades como el parentesco y relaciones fraternales que daban lugar a la construcción de sociedades negras dentro del mismo sistema esclavista” (3).

En este orden de ideas, los palenques e constituyen en una de las primeras y más importantes manifestaciones a partir de las cuales el negro expresa su deseo y necesidad de libertad. El camino que continúa esta etnia en busca de su reconocimiento, sin embargo, es mucho más largo, complejo y espinoso. La lucha por las reivindicaciones sociales de la descendencia de estos primeros negros esclavos y palenqueros aún tiene sus rezagos los cuales hoy día continúan debatiéndose, por supuesto de otras formas y en otros escenarios.

 

Notas

(1) ZULUAGA, Francisco, y BERMÚDEZ, Amparo. La Protesta Social en el Suroccidente Colombiano: Siglo XVIII. Universidad del Valle, Cali, 1997. P. 49.

(2) Ibíd. P. 61.

(3) ROMERO, Mario Diego. Poblamiento y Sociedad en el Pacífico Colombiano Siglos XVI al XVIII. Universidad del Valle, Cali, 1995. P. 115.

 

Bibliografía

  • NAVARRETE, María Cristina. Génesis y Desarrollo de la Esclavitud. Universidad del Valle. 2005.
  • ROMERO, Mario Diego. Poblamiento y Sociedad en el Pacífico Colombiano Siglos XVI al XVIII. Universidad del Valle, Cali, 1995.
  • Familia Afrocolombiana y Construcción Territorial en el Pacífico Sur, Siglo XVIII. En: Geografía Humana de Colombia Tomo IV: Los Afrocolombianos. Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Santafe de Bogotá, D.C.
  • ZULUAGA, Francisco; y ROMERO, Mario Diego. Sociedad, Cultura y Resistencia Negra en Colombia y Ecuador. Universidad del Valle, Cali, 2007.
  • BERMÚDEZ, Amparo. La Protesta Social en el Suroccidente Colombiano: Siglo XVIII. Universidad del Valle, Cali, 1997.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *