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04

Enero de 2016

VII - Una entrevista y dos reseñas - Oraciones a la cruz y al diablo de Carlos Navarrete

ORACIONES A LA CRUZ Y AL DIABLO
DE CARLOS NAVARRETE

Antonio Durán Ruiz / José Martínez Torres

 

 

 

 La obra de Carlos Navarrete Cáceres se encuentra entre las más sólidas en el campo de la antropología; algunos de sus trabajos, en especial Los arrieros del agua −que recibió elogios de Juan Rulfo−, tocan los terrenos de la poesía.
Chiapas ha sido de los lugares que más han interesado a este autor guatemalteco, sus vestigios prehispánicos y coloniales, su historia moderna, su diversidad cultural, la convivencia de tiempos diversos, las distintas lecturas de la realidad, sus expresiones literarias –populares, cultas− y la sacralidad del lenguaje. Mediante un estilo claro y una visión profunda, la prosa de Navarrete devela la historia y responde al interrogante de cómo se ha configurado esta sociedad de enigmas.
Oraciones a la cruz y al diablo apareció bajo el sello de la Universidad Autónoma de Chiapas y de la Editorial Afínita; marca un retorno simbólico del autor a Chiapas −de donde estuvo ausente por varios años− y el compromiso cumplido de enmendar y concluir los materiales de investigación que estuvieron a la espera por mucho tiempo, tanto en el terreno de la arqueología como de la propia literatura.
Navarrete afirma que debe su formación a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, a la que ingresó en 1952; en aquel tiempo, la institución tendría apenas unos diez años de fundada y era una escuela que venía de la tradición cardenista, orientada sobre todo por un profundo nacionalismo; los arqueólogos egresados tenían un perfil antropológico en cuanto a la base organizativa de la carrera.
Hacia 1958 Navarrete visitó Chiapas por primera vez, contratado por la Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo. Durante la presentación de Oraciones a la cruz y al diablo, recordó cuando Gareth Lowe lo llevó a conocer las ruinas de Chiapa de Corzo, las que están cerca del panteón: “Dimos vuelta por la curva de San Sebastián: desde ahí vi el pueblo de Chiapa de Corzo, estaba abajo. Básicamente sus casas eran de teja y adobe”. Esta perspectiva lo conmovió mucho porque se sintió de nuevo en Guatemala, volvió a sentir sus pueblos y comenzó a trabajar en el sitio arqueológico a los dos meses de haber llegado.
El ambiente lo llevó a interesarse en otras cosas. La dueña del sitio arqueológico era “una señora curandera y rezandera, como se dice popularmente”; la mujer que le alquiló la casa, doña Hermilia Bolaños, también era curandera, y con el tiempo trabaron amistad. Navarrete se interesó por el tema del curanderismo, sobre todo por el aspecto del lenguaje, por las oraciones. Doña Hermila le platicaba sobre las cosas con las que ella trabajaba:
Me acuerdo que me enseñó su casa y dijo: “En este cuarto es donde yo recibo a los espíritus”. “¡Cómo, doña Hermilia!” “Sí, aquí viene el doctor Rositas, aquí viene la hermana Hermelinda, aquí viene también hasta el doctor Rositas con su perro; es un perro francés porque se llamaba Froyet, aquí viene Botán, aquí viene el chocarrero José María, que es un veracruzano y se dedica a molestar en las sesiones espíritas”. Y me enseñó su casa. “En este cuarto −me dijo− no hay nada de metal, todo es ensamblado de madera porque a los espíritus no les gusta el metal”. Luego me pasó a otro cuarto, que era donde ella atendía y recetaba fundamentalmente a base de remedios naturales.
Navarrete advirtió que la cuestión del curanderismo no consistía en improvisar, sino que había un proceso ordenado: la preparación verbal, que se remonta a la época prehispánica, y el conocimiento de las plantas, herencia también de tiempos inmemoriales; a ello se añadió lo que trajeron de Europa y se enriqueció aún más con lo que se fue incorporando durante el Virreinato. Doña Hermila le enseñó su pequeña biblioteca y lo autorizó a transcribir los textos: su Libro del hechicero, el Libro de los sueños, el Libro de las interpretaciones del sudor, el Libro de diferentes interpretaciones, y las cartas de amor que incorporó en Oraciones a la cruz y al diablo.
Durante aquella estancia, conoció también a don Saraín Cuesta, sobandero muy famoso de Chiapa de Corzo:
Jugando futbol, me había lastimado un tobillo y fui con don Saraín; sacó una especie de menjurje, realmente con olor como a azufre. “Oiga –le dije− esto me huele al diablo”. “Es remedio del diablo –me dijo- y le va a doler tantito”. Empezó a palparme; de repente dio el estirón y yo di el grito, pero santo remedio. Al día siguiente ya podía volver a jugar futbol con el equipo de Chiapa de Corzo.
Oraciones a la cruz y al diablo incorpora oraciones católicas, de hechicerías, curanderismo y encantamiento amoroso. Sobre el amor, los lectores “disponen de una buena arma para tener, como dicen, sofocado, amarrado y ahincado a los pies a quien pretendan”.
Doña Hermila donó al antropólogo un cuaderno de oraciones. “Le regalo la copia de muchas oraciones que tengo: tengo más de cien”. Navarrete recibió unas 36 o 37. De los textos presentes en este libro, se hallan los relacionados con oraciones y poemas populares dedicados al Cristo de Tila. Un capítulo incluye los romances y corridos del Soconusco; para recopilarlos, el autor de Los arrieros del agua trabajó durante cinco años recorriendo la costa, para lo cual, como la carretera se inauguró hasta 1971, hizo los traslados por tren y por los canales de navegación que parten de Cabeza de Toro, municipio de Tonalá, Chiapas. Entonces se requerían unos ocho días en canoa para lograr salir al río Suchiate, en la frontera con Guatemala, y en estos desplazamientos era muy frecuente encontrar a los “corrideros” que iban cantando canciones con lo que socialmente sucedía: “los corrideros eran periodistas cantando, se puede decir, porque parte de esta poesía es efímera; cuando se olvida el problema, se olvidan los poemas; sólo algunos muy buenos o que conmovieron en alguna forma a la sociedad, sobreviven”.
Carlos Navarrete contó con otra gran ventaja cuando conoció a la joven Paloma Díaz, “La güera Palomeque”, de Tapachula; se hicieron amigos; era cantante de ranchero, y un día la oyó cantar el romance de “Delgadina”:
Paloma cantaba el corrido pero todavía se sentía lo español, el Medioevo en el texto; nos hicimos amigos y me dijo: “mi abuelita sabe un montón de canciones de éstas, yo la aprendí de mi abuela doña Eloísa Santaeliz. Con una grabadorcita de aquel tiempo, fui a casa de doña Eloísa y me transmitió, me cantó algunos de estos romances; en un homenaje que se le hizo al famoso folclorólogo don Vicente T. Mendoza en México, en un libro de 25 trabajos sobre este maestro, incorporé los versos que me participó doña Eloísa.
Por su parte, los Cuentos del Soconusco, el IV apartado con el que termina el libro, fueron también recopilaciones, sobre todo de los municipios de Cacahoatán, Unión Juárez y las fincas locales donde todavía se hablaba mucho el quiché.
En esta parte del libro se incluye un cuento del Soconusco titulado “Cómo se formaron el sol, la luna y las estrellas” que establece un parangón con el Popol vuh. Ahora bien, no sólo está presente el libro sagrado de los mayas quichés de Guatemala, también fulguran los relatos míticos tzeltales o tzotziles de los altos de Chiapas, en los que hay algunos, como la creación del sol, o el del hombre que se volvió zopilote, que remiten a la época prehispánica, a la creación de la humanidad en Teotihuacán según la leyenda de los soles. Con la característica de los mitos de mezclar la fantasía con los asuntos más cotidianos está este fragmento del mencionado relato del origen del sol, la luna y las estrellas:
Una señora muy pobre tenía una hija hermosa, casadera. Pero ella no quería casarse con ninguno porque era presumida y pensaba que no había hombres que la merecieran. Un día se presentó Dios, vestido humildemente, a pedirla en casamiento y también fue rechazado.
Una tarde estando la muchacha lavando ropa en el río llegó Dios en forma de pajarito y se paró en la piedra de lavar.
−¿Qué hacés pajarito molestoso? −dijo la joven y con una varita le dio un golpe en la cabeza; el pajarito murió. La muchacha se arrepintió de verlo con las patitas para arriba y lo tomó para guardarlo en su seno. El pajarito revivió con el calor, le picó las puntas de los pechos y se escapó volando.
Otra tarde fue la muchacha a bañarse al río con su mamá llamada Viento, quien se sorprendió de ver crecido el estómago de su hija.
El lector puede observar cómo a través de los siglos pervive la leyenda del embarazo fantástico, como cuando la Coatlicue recoge una bola de plumas y la guarda en su seno: queda embarazada y más tarde dará a luz a Huitzilopochtli.
En suma, el volumen es una contribución notable en la labor de preservar las tradiciones que se expresan con una profundidad extraordinaria durante actos ceremoniales, en velorios y nacimientos, al cruzar los canales y andar los caminos.