logo-univalle
logo crisis&critica
01

Marzo de 2013

Contra la academia - Servilismo intelectual o la falsificación de la memoria

Imprimir Descargaaumentar mermar Tamaño de la letra

SERVILISMO INTELECTUAL O LA FALSIFICACIÓN DE LA MEMORIA

Guadalupe Zavala*

 

 

Dos años atrás en un congreso sobre Educación y conciencia social, realizado en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación, supe de la existencia de Simón Rodríguez y de José María Blanco White, pese a que ya había cursado la licenciatura en filosofía; en aquel momento me di cuenta de mi frágil formación filosófica. Si bien nunca me he caracterizado por ser una excelente alumna, entendí que aquellos contenidos aprendidos en la Facultad distaban mucho de enseñarme a cuestionar el mundo en el que vivía.

 

De hecho en aquel momento las ideas sobre cuestionar nuestro presente estaban fuera de lugar y eran poco filosóficas, había que pensar sobre la filosofía y su importancia: la posmodernidad y los discursos sobre el fin del siglo XX eran la moda académica. Pocos hablaban del fracaso del siglo, de la miseria humana, de la pobreza, de la invasión de las trasnacionales que devastaban América Latina, de las migraciones masivas, del exterminio de pueblos por hambruna, de la muerte por enfermedades curables, de la devastación de la naturaleza, de la guerra de baja intensidad hacía los pueblos rebeldes como el zapatista que había dicho NO al Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Por cierto, un tiempo se impuso como moda académica el neozapatismo. Se hablaba y escribía sobre los pobrecitos indios que habían sobrevivido a toda catástrofe colonial y nos hacían pensar que éramos el hoy sin pasado, sujetos posmodernos. Y de hecho se hizo moda académica viajar a comunidades zapatistas, ir de turismo cultural a la Selva Lacandona era una expiación. Más de una vez escuche decir a los estudiantes viajeros que, debíamos valorar y aprender de los intelectuales que dormían en la Selva Lacandona en una bolsa de dormir al aire libre o en una casa de campaña e incluso bajo la lluvia, y llenarse de lodo sus buenas botas, connotando un sentido de humanidad. El grueso de los intelectuales escribió artículos, ensayos, libros e incluso novelas sobre el neozapatismo. Y cuando el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional cuestionó esa cómoda postura de los intelectuales frente a la realidad del país, señalando contundentemente que optaban en el mejor de los casos por opinar sin comprometerse sobre su relación con la sociedad, el poder y el Estado, optaron por retirarse.. La crítica y la autocrítica suele ser un deporte que no se práctica mucho por los académicos sometidos al corporativismo educativo.

 

 María Izquierdo. Zapata. (Óleo / tela 41 x 51 cm. Museo Blaisten, 1945.)

 

La gran mayoría de los intelectuales y los académicos, así como el grueso de estudiantes continuamos adaptándose al nuevo orden. Luego de la huelga de estudiantes de 1999 en la Universidad Nacional Autónoma de México y del fracaso de la intentona de privatizar a la UNAM, se inició una campaña masiva de domesticación. El Estado, ante el temor de una huelga general estudiantil, optó por una campaña intensiva de condonación de pagos y, más tarde, de becas raquíticas en casi todas las Universidades de México, que no eran otra cosa que la continuación del modelo asistencialista de antaño. Se implementaron las famosísimas becas PRONABES, pero se mantuvieron altas cuotas universitarias. En su primera fase, las becas PRONABES se aplicaban solamente a estudiantes de carreras “productivas” y “útiles” a la sociedad. Más tarde reconsideraron a los estudiantes de humanidades y ciencias sociales. Sin embargo, los estudiantes de aquel momento, los de mi generación, no nos rebelamos. No entendimos en aquellos primero años del nuevo siglo que la educación debía ser pública, laica y, tomando en cuenta la pobreza del país para la gran mayoría de las personas, gratuita, crítica y autocrítica.  

 

En una entrevista realizada al director de la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana hace un par de meses, se le preguntó sobre la tradición filosófica de la escuela. La respuesta fue considerar el pensamiento mexicano desde la perspectiva de la filosofía de la cultura. Inmediatamente se refirió a la filosofía occidental, asumiendo que no se estudia filosofía latinoamericana y mucho menos filosofías no occidentales. Al intentar pensar en los seminarios sobre filosofía mexicana desde la perspectiva de filosofía de la cultura en mi desempeño estudiantil, me percaté que no tuve seminarios ni cursos profundos de la materia. En realidad solamente se imparte un semestre de filosofía hispanoamericana, así, con ese nombre, y en el último semestre de la licenciatura en filosofía. No hay seminarios sobre pensadores latinoamericanos, si acaso, los hay de pensadores españoles.

 

En otra pregunta sobre su apreciación del proceso de selección de ingreso y permanencia de estudiantes, confirmó ese modo extendido de pensar la Universidad en Morelia desde una visión regional que tanto daño hace a la conformación de una sociedad justa y equitativa. Expuso como en el transcurso de los años se han esforzado en mejorar el nivel educativo y, para ello, se ha elaborado un diagnóstico y un curso propedéutico. Pero ese proceso, de acuerdo con su director, no tiene mucho sentido porque más tarde ingresan estudiantes con graves deficiencias, luego de “secuestrar” políticamente la universidad, obligando a las autoridades de la Universidad Michoacana a legalizar su ingreso. El problema profundo y la respuesta fue superficial. Es una respuesta que únicamente hace hincapié en la política de los burócratas universitarios y los slogans políticamente correctos para las Universidades certificadas o en proceso de certificación, y su ingreso formal en alianzas de proyectos interinstitucionales adeptos a las productividades académicas, donde el famosísimo paper tiene un papel predominante, así como las coediciones de libros, pues otorgan puntos, que a su vez permiten recibir financiamientos y reconocimientos académicos.

 

Los estudiantes que ingresan a través del movimiento estudiantil son originarios de comunidades campesinas e indígenas, en la mayoría de los casos. La única oportunidad de ingresar a la universidad es esa vía. Los rezagos son profundos, aunque habría que señalar que muchos de esos estudiantes culminan la carrera, y son esos estudiantes los que han permitido que la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana deje de ser elitista. Son también esos estudiantes los que llegan ávidos de conocimiento; son los mismos estudiantes que en ocasiones dejan de comer para comprar un libro, esa parte cotidiana suele dejarse de lado y despreciarse. Ingresar a la universidad a través del movimiento estudiantil no hace menos ni más virtuoso a un estudiante, pero lo que si hacen las autoridades, en muchos casos, es abrir secciones especiales donde les discriminan, bajo el argumento de que su nivel educativo es bajo. Hay que señalar también la oposición de parte del profesorado a esos intentos de discriminación, lo que ha evitado este año la creación de estas secciones especiales.

 

El rescate de las memorias pérdidas a pocos académicos les interesan. Y el caso del caraqueño Simón Rodríguez es característico. Pocos sabíamos que en 1828 se preguntó: ¿Cómo podrán ser y serán las Sociedades Americanas en siglos venideros? Le respondo, casi, ciento ochenta y cinco años después: sin novedad profesor, seguimos peleando y matándonos, con la agravante de que hoy existen Universidades Públicas donde se legitima el racismo, el fascismo, la falsificación de la memoria, la corrupción y la discriminación. Y sobre todo, hemos hecho de la Universidad un espectáculo, donde no puede evitarse admirar el conjunto de híbridos dóciles en muchas de las oficinas, aulas y cubículos universitarios. Hacemos competencia a los bien afamados Congresos del Estado, partidos políticos, Congreso de la Unión y por supuesto a la Secretaría de Educación Pública, donde el lema es: “a las sillas se asciende para ya jamás descender, la silla es la base de tu estatua”, y quien se “trepa a la silla goza de un horizonte para admirar a los ídolos y convertirse en ídolo”, como dice Carlos Monsivais.

 

Juan Rulfo. Acceso al atrio y templo de Yecapixtla (Fotografía. México, 1950)

 

Se nos ha enseñado que la función del intelectual es intentar acercarse a la verdad, es decir, hacer un ejercicio crítico y comunicativo de nuestra realidad. Pero no cabe duda de que los académicos de este país poco se acercan a la función del intelectual o, quizá, los intelectuales han optado por dejar de lado su compromiso con la verdad, buscando un modo de vivir en este país lleno de corrupción y mentiras. O quizá se adaptan a un mal vivir en el que ya no somos capaces ni de hablar con los vecinos. Tal vez el mundo se ha vuelto culturalmente bárbaro y los intelectuales prefieren optar por un callado pesimismo, seguido de un bono económico y una red de relaciones institucionales que les permiten gozar de privilegios superiores a los de la población general. Muy pocos se han comprometido por intentar abrir un camino para “la conciencia de nuestra crisis global porque la necesidad de esa nueva crítica requiere largas jornadas”**, además de dejar de lado la soberbia. Nos vamos convirtiendo en oportunistas de la palabra, o en palabras de Paulo Freire: en burócratas del intelecto. Pues nos dejamos encandilar con las luces y los aplausos de la mediocridad académica. Quienes no aceptaron las nuevas condiciones académicas fueron excluidos, las universidades mexicanas como instituciones burocráticas más que esclarecer, domeñan. Se mantienen alianzas políticas para resguardar las buenas conciencias detentadoras del poder. No es útil tener intelectuales libres que aporten al esclarecimiento de la realidad en todos sus ámbitos.

 

Concluyo con un poema de Brecht:

 

Dices: “Nuestra causa no avanza hacia buen fin”

La oscuridad aumenta. Las fuerzas disminuyen.

Ahora, después de tantos años de tarea

Estamos peor que cuando comenzamos.

En cambio el enemigo está más fuerte que antes.

Su poderío parece haber crecido. Por su aspecto parece invencible.

Nosotros en cambio hemos cometido mil errores, ya no se puede negar.

Cada vez somos menos.

Las consignas son confusas. Muchas palabras que eran nuestras

han sido deformadas por el enemigo hasta tornarlas irreconocibles.

De lo que ahora decimos ¿qué está mal?

¿Una parte o todo?

¿Con quién podemos seguir contando?

¿Somos rezagas, expulsados de las corrientes vivas?

¿Quedaremos atrás, sin entender a nadie ya, sin nadie que nos entienda?

¿Dependemos de la suerte?”

Todo eso preguntas. ¡Pero no esperes más respuestas que la tuya!

 

 

 

 


* Guadalupe Zavala es profesora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

** Eduardo Subirats, carta electrónica.