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04

Enero de 2016

IV - Mito y poesía - Epilogo: La danza de los Chuchina

EPÍLOGO
LA DANZA DE LOS CHUCHINA

Antonio Durán / Anahí Arizmendi

 

 

 

 

 Huitiupán es un pueblo asentado en las montañas del norte de Chiapas; Su nombre significa Lugar del templo grande (del náhuatl huei, grande; teopan, templo). La población se conformó por tzotziles, tzeltales y choles, según el Diccionario Enciclopédico de Chiapas. Sin embargo es importante anotar que en las inmediaciones de Huitiupan se hallan vestigios arqueológicos olmecas. Desde épocas prehispánicas, descollaba en el cultivo de cacao. Las primeras noticias que se tienen del lugar se remontan a 1524, cuando incursionó Luis Marín. Ahí se estableció en 1580 un convento franciscano. Durante el siglo XIX, Huitiupán fue productor de ganado, algodón, tinte de añil; y hacia finales del mismo, se introdujo el cultivo del café. Actualmente, las principales actividades económicas son la producción de maíz, frijol, plátano y café; la cría de ganado bovino, porcino, equino y aves de corral; también existe producción de ámbar y miel.
En ese lugar apacible se ha representado una danza de raigambre prehispánica llamada por los pobladores Chuchina, en la que participan niños de 6 a 12 años de edad; algunos lugareños dicen que el nombre correcto es Chut ik’altik, que traducen como “Los pequeños negritos”. No se han encontrado documentos que hablen del tiempo más lejano de su práctica. La investigación más importante hasta ahora es la que ha realizado el profesor Salvador Trinidad Santiago Robledo en 1997 (con patrocinio del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias), habitante de Huitiupán. Su trabajo consistió en obtener información de los pobladores “involucrados directa o indirectamente con la celebración” de Los Chuchina y en videograbar ciertos momentos de la danza.
Esta videograbación no contó con la tecnología suficiente; sin embargo, presenta imágenes y música de gran valor, sobre todo porque se realizó en el lugar que originalmente le corresponde. Nos parece que los editores habilitados por los responsables del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias empobrecieron lo realizado por Trinidad Santiago al incluir información e imágenes forzadas.
Algunos de los informantes dicen que desde 1920 ya se sabía de esta danza y que se continuó con interrupciones incluso prolongadas. En 1997 se retomó con 18 participantes. Quizá este número no es casual y podría corresponder a los 18 meses de 20 días del calendario maya. La celebración se llevaba a cabo dos meses antes del miércoles de ceniza.
Las danzas comunitarias sufren alteraciones; ignoramos cuáles han sido las transformaciones de los Chuchina pero todavía se observan aspectos que remiten a rituales prehispánicos. Estas páginas considerarán únicamente lo que Santiago Robledo registró, puesto que desde entonces a la fecha la organización y desarrollo de esta danza ha ido cambiando.
Dice el autor que un anciano, llamado la Me’ik’al, anticipaba la salida de los Chuchina el domingo anterior; lo hacía recorriendo el pueblo, cubierto de greda blanca y portando en la espalda una caja de madera mediana, donde depositaba las frutas que los habitantes del pueblo le ofrecían a su paso, y gritando: “Meeeee’ ik’aaaaal, Meeeee’ ik’aaaaal”. Entrada la noche, una vez recorrido el pueblo, guardaba lo colectado y se dirigía al río Cucullhó para despintarse y no se le volvía a ver en las siguientes ceremonias.
Al domingo siguiente, muy temprano, convocados por el sonido del tambor, los niños se dirigían al río Mazantik para ser cubiertos, de pies a cabeza, de greda y hollín; sus calzones constituían su único ropaje. Los de mayor edad se cubrían solamente con hollín, conocían la música tradicional y guiaban al grupo de danzantes tocando el tambor; otros envolvían la mitad del cuerpo con hollín y la otra con greda blanca; los más pequeños, llamados paradójicamente “los ancianos”, se enlodaban totalmente de blanco; otros, llamados Tso’ mut, salían pintados de blanco o negro con círculos sobre el cuerpo, que recuerdan las manchas del jaguar. Luego emprendían el recorrido al centro del pueblo e iniciaban la danza bajo el Muk’ta Yaxte’, el gran árbol de la ceiba; después de rendir homenaje al árbol sagrado, se dirigían a danzar al atrio de la iglesia y al frente de la presidencia municipal; luego iniciaban el recorrido hacia las casas del pueblo.
Los habitantes de las casas visitadas les daban frutas y comida; los alimentos que recibían eran consumidos en la calle, en las puertas o en el interior del hogar que los albergaba. Parte de lo colectado también era guardado en morrales de ixtle. Como a las dos o tres de la tarde, después de recorrer el pueblo en su totalidad, se dirigían al río Culculhó para limpiarse el cuerpo. Esta danza se llevó a cabo dentro de siete domingos consecutivos. Durante el recorrido por el pueblo, los Chuchina recibían con los obsequios peticiones para que intercedieran ante los dioses a fin de que protegiera a la población de enfermedades y enviaran fuerza y armonía en el proceso del cultivo del maíz. De acuerdo con lo señalado por Trinidad Santiago, la danza de los Chut ik’altik es un rito relacionado con el ciclo agrícola.
Me’ en tzotzil significa madre; el grito meeeee’ ik’aaaal se podría traducir como la fusión de estas significaciones: “soy la madre celeste de los ik’altik”, “soy la madre sagrada de los ik’altik”, “soy la madre tierra de los ikal’tik”. Este grito que implica el aviso de nacimientos, recuerda el grito de la Cihuacoatl ante la presencia de los españoles en la costa de lo que más tarde sería Veracruz, aunque con un mensaje funesto: el de que sus hijos aztecas iban a caer en desgracia: “[Los mexicas] escucharon las voces de Cihuacóatl que por las noches lloraba y gritaba”.
Los Chuchina son niños sagrados, niños dioses, granos de maíz muriendo y creciendo en el inframundo; aparecen cubiertos por la tierra sagrada, que cobija, purifica y protege; en la danza aparece un niño marcado de esqueleto; la muerte creadora danza con ellos. Su ropaje es femenino, como el del Me’ ik’al, puesto que llevan la vestidura de la madre tierra, la celestial madre tierra, Vinajel-Balumil, la unidad cósmica; por esta razón era prescindible ahí la presencia de la mujer. Los niños jaguares representan a la tierra en su dimensión de inframundo. Román Piña-Chan ha demostrado que en el universo olmeca el jaguar simboliza la tierra y la serpiente el agua. Los niños danzantes se limpian únicamente dentro de las aguas del río porque la fusión de tierra y agua produce simbólicamente la resurrección vegetal; recuérdese que Hunahpú e Ixbalanqué, dioses del maíz en el Popol-Vuh, renacen dentro de un arroyo. Por su parte, Alejandro Sheseña ha señalado que entre los olmecas el maíz se representaba bajo figura de niño. Los granos de maíz danzan germinando en el inframundo; la danza es comunión, integración de los elementos naturales con los dioses, la comunidad, el día, la noche, la vida y la muerte. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, perdido en lo que ahora es el sur de Estados Unidos, se sorprendía de que las tribus de ahí celebraran cualquier beneficio danzando toda la noche; lo que no entendió es lo hacían parte de ellos, de su destino.
En Huitiupán la ceiba que se halla en el centro del pueblo continúa siendo sagrada, simboliza el árbol cósmico, el centro de los cuatro rumbos del mundo así como la unión de lo celeste y el inframundo; tiene espíritu, protege al pueblo y es madre de los antepasados. Núñez de la Vega dijo, a finales del siglo XVII, que en el obispado de Chiapas: “[Los indios] tienen por muy assentado, que en las raíces de aquella seiba son por donde viene su linaje”.
A través de la danza de los Chuchinas, los habitantes de Huitiupán reivindican la concepción del kuxlejal: la afirmación de que el buen vivir se halla en la construcción de la armonía de la comunidad con el mundo elemental; se reafirma la sacralidad de su medio ambiente: la flora y la fauna, ríos, cerros, lluvia, viento y del pueblo mismo. Esta concepción les ha permitido defender su ecosistema amenazado desde principios de la segunda mitad del siglo XX por la Comisión Federal de Electricidad con su pretensión de construir una hidroeléctrica y actualmente ante el propósito de las empresas mineras de explotar la riqueza de la región. Las danzas desde la época prehispánica han tenido un uso político.
Los pueblos originarios de Chiapas se unen para bailar; actualmente bailan con más frecuencia porque saben que viene una fuerte lucha por la defensa de sus territorios ante los intereses de empresas trasnacionales y la mercantilización y cosificación del mundo espiritual que los cobija. Danzan porque ahí el cuerpo no es una mercancía sino algo sagrado, porque el cuerpo del mundo es espíritu; un indígena cora dijo que las danzas son las palabras de los dioses.
La religión cristiana en su versión española desacralizó paradójicamente el mundo indígena hispanoamericano. La prueba está en las declaraciones de Fray Diego de Landa, entre muchos otros. En 1629, Hernando Ruiz de Alarcón, cura del pueblo de Atenango, y paradigma del eclesiástico de la Nueva España del siglo XVII, expresa su asombro de que los “indios naturales de esta Nueva España” consideren dignos de adoración a los elementos naturales, nubes, vientos, fuego, montes, ríos, lagunas, el sol y la luna; hierbas como el ololiuhqui y el tabaco; animales, entre los que se hallaban el jaguar, la serpiente, el águila y el caimán; dice que los naturales hablaban con estas realidades metafóricamente, con un lenguaje oculto, críptico.
Ruiz de Alarcón se empeñó en combatir estas idolatrías mediante la persecución, el espionaje y el castigo corporal a sus practicantes. Esta forma de pensar y actuar de los eclesiásticos como él marcan en Hispanoamérica el inicio de una relación perversa con la naturaleza si entendemos por perversión la reducción de lo otro natural y humano a su papel de cosa.