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Enero de 2016

III - Esclarecimiento en una edad de destrucción - Esclarecimiento providencial

ESCLARECIMIENTO PROVIDENCIAL

Christopher Britt

 

 

 

 

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Con la demolición del Muro de Berlín en 1989 y la subsiguiente disolución de la Unión Soviética en 1991 la lógica nihilista de una destrucción mutuamente garantizada que dominó la Guerra Fría cedió el paso rápidamente a visiones algo más esperanzadoras del porvenir. En Occidente y particularmente en los Estados Unidos este optimismo se representó bajo las banderas de un glorioso triunfo. Francis Fukuyama cristalizó la forma definitiva de esta visión victoriosa cuando, en 1992, interpretó el final de la Guerra Fría como el mismo final de la historia. De acuerdo con su fantasía en esta época “post-histórica” ya no le quedaba al “último hombre” mucho más por hacer que atender a la administración global del imperio y disfrutar de las resultantes prosperidad y paz perpetua.
Hoy disfrutamos de esa paz: una guerra global contra el terror que no tiene indicios de un final; una economía de mercado en permanente expansión cuyo frenético consumo de energía arroja rápidamente al mundo a un colapso ecológico; y por todas partes los mismos signos de una desintegración social y política asociada con un llamado estado de excepción elevado a nueva norma de gobierno no solo entre regímenes despóticos, sino también, lo que es más significativo, entre las democracias del mundo entero. El resultado de esta violencia global es el mayor número de refugiados, de peticiones de asilo y de personas internamente desplazadas desde la Segunda Guerra Mundial. No vivimos en una era posthistórica bajo el signo de la paz perpetua, sino en una edad de crecientes guerras globales y de destrucción.

 

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El análisis crítico del esclarecimiento en los Estados Unidos pone de manifiesto un legado que no solamente ha incluido siempre y hasta el presente las semillas de las virtudes republicanas que han sostenido la democracia norteamericana durante siglos, sino también los vicios que repetida y persistentemente han debilitado a esa democracia. Junto a las virtudes y limitaciones de la moderna democracia estos vicios imperiales son británicos en cuanto a sus orígenes. Encuentra su primera formulación filosófica en la identificación de Francis Bacon del razonamiento inductivo como el nuevo y el único órgano y método del pensamiento capaz de liberar a los seres humanos de la ignorancia y de revelarles las leyes por medio de las cuales sobreponerse a la naturaleza y gobernarla. La teoría política de John Locke también identifica el esclarecimiento con el autogobierno: un gobierno de sí mismo que se extiende, en razón de la industria y el trabajo, sobre las “islas vírgenes” y los “pueblos incivilizados” que ese trabajo industrial está supuestamente llamado a incorporar a la marcha del progreso. El esclarecimiento, de acuerdo con estas formulaciones originarias, es la soberanía que libera a los humanos esclarecidos de la ignorancia y al mismo tiempo les capacita para dominar a la naturaleza y al propio humano. Significativamente, tanto para Bacon como para Locke este imperium esclarecido era al mismo tiempo una cuestión providencial, dependiente de la sanción bíblica de una dominación universal sobre la naturaleza.
Cuando, en 1776, los colonizadores británicos de Norteamérica declararon su independencia de la monarquía británica creían que su sociedad era la encarnación más auténtica de este esclarecimiento providencial. Y cuando, en 1789, los Founding Fathers, los Padres Fundadores, ratificaron la Constitution of the United States of America, vieron en esos Estados Unidos una mítica “Ciudad levantada sobre las Colinas” y un modelo de luz en el vasto horizonte de una oscura historia mundial. Más tarde, en 1803, cuando Thomas Jefferson firmó la compra de Luisiana, lo hizo asimismo creyendo que su país estaba llamado a cumplir el objetivo de un “imperio de la libertad” destinado a expandir la luz emancipadora de la razón por el mundo entero. De Franklin a Jefferson y de Washington a Hamilton, los Founding Fathers abrazaron la lógica providencial implícita en la noción imperialista de esclarecimiento como un estado liberador del señorío. En 1823, John Quincy Adams, que creyó firmemente que Dios había otorgado a los Estados Unidos la dignidad de una nación redentora, declaró por medio de la Doctrina Monroe que el imperio de la libertad de Norteamérica incluía por naturaleza a la totalidad de las Américas.
A lo largo del siglo diecinueve la convicción de que América estaba llamada a cumplir un “destino manifiesto” llevó al gobierno de los Estados Unidos a la anexión de cada vez mayores extensiones de tierra, ya fuera por medio de su compra (como fueron los casos de Oregón y Alaska), ya fuera a través de la conquista militar explícita (como lo fueron Florida, el Norte de México, Puerto Rico, Hawái y las Filipinas). Aunque estas conquistas expresaran ciertamente el legado esclarecido del imperio americano, no por ello pusieron menos en cuestión el compromiso de América con los ideales esclarecidos republicanos y demócratas cristalizados en la Declaration of Independence. De hecho, en 1900, la mayor parte de los estadounidenses se habían enamorado a tal punto de la idea de que América había sido elegida por la Providencia para civilizar el mundo por el bien del cristianismo, la democracia y el capitalismo que en las elecciones presidenciales de ese mismo año votó abiertamente contra la república y en favor del imperio.
A comienzos del siglo veinte, los presidentes McKinley y Roosevelt promovieron una política exterior que sostenía la expansión imperial global de los Estados Unidos a expensas de la democracia tanto dentro como fuera del país. El pretexto era, sin embargo, que en el siglo veinte el imperialismo de los U.S.A. favorecía la autodeterminación democrática. Esta fantasía estaba íntimamente relacionada con la noción de que el imperialismo norteamericano era históricamente único: un imperialismo anti-imperial llamado a propagar por las cuatro partes del mundo la prosperidad de la American civilization. Durante los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, Henry Luce resumía este ideal cuando alentaba a los ciudadanos estadounidenses “a perseguir y realizar la visión de América como poder mundial… lo mismo que el Buen Samaritano… como la fuerza motriz de los ideales de libertad y justicia”, y dar forma a una visión del siglo veinte como “el primer gran siglo de América”. Desde este punto de vista, el Siglo de América, habría introducido en el mundo un nuevo tipo de imperialismo anti-imperial, una especie de imperialismo americano que utilizaría su poder con el único objetivo de defender los intereses de la humanidad. Sólo tenemos que recordar los horrores de la venta de armas a Irak, Siria y Afganistán para poder comprender la naturaleza profundamente nihilista y destructiva de esos llamados “intereses humanos” que el imperialismo esclarecido defiende.

 

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Hoy, más de cien años después de la elección presidencial de 1900, vivimos las consecuencias de esta traición histórica en favor del imperio. El legado del esclarecimiento estadounidense se ha fundido tan íntimamente con la visión providencialista del destino imperial manifiesto de América que es casi imposible separar lo uno de lo otro. Consideremos, por ejemplo, la creación por el gobierno de los Estados Unidos, como respuesta al ataque terrorista del 11 de septiembre, de un programa de recolección de inteligencia que pretende “una conciencia total de la información” (“total information awareness”). Domiciliado en las Oficinas de Conciencia de la Información (“Information Awarness Office”) de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa o DARPA, este programa comprende esencialmente el desarrollo y la implementación de un aparato de vigilancia capaz de controlar las comunicaciones electrónicas del mundo entero. Su objetivo era asegurar que los terroristas nunca más tomaran por sorpresa a los estados Unidos. Pero este programa desarrolló un logo que confunde intencionadamente el destino providencial de los Estados Unidos como imperio mundial con la retórica revolucionaria del esclarecimiento. El logo de DARPA usurpó el significado subyacente a una de las metáforas fundamentales de este esclarecimiento precisamente – que la luz de la razón nos libera de la ignorancia. Pero al mismo tiempo pone sobre su cabeza su lógica emancipadora. Más que representar la libertad de la ignorancia, del miedo y de los controles externos y arbitrarios, la luz radiante del esclarecimiento se ha convertido en la representación de la libertad de un control total a escala global.

 

total-awareness

El ojo de la providencia, que figura de manera tan prominente en este logo, también es, por supuesto, un componente esencial del Sello de los Estados Unidos. Pero en este sello el ojo omnisciente no está vinculado al ideal imperialista de un dominio total y global. Más bien subraya la aserción esclarecida de que el ser humano, cuando usa su poder de razonar es capaz de comprender el orden del universo y de gobernarse a sí mismo en concordancia con las leyes de la naturaleza. La unidad armónica simbolizada por el Sello de los Estados Unidos es radicalmente diferente de la que representa el logo del DARPA. No es la unidad providencial de tecnología, capitalismo e imperialismo, sino aquella unidad ética de la mente y la comunidad humanas, y el cosmos a la que Emerson dio un sentido trascendental en sus ensayos filosóficos sobre la naturaleza.

 

Seal of the US


Este ideal de una unidad racional, armónica y cósmica ha adquirido las dimensiones de una amarga ironía. En lugar de la razón universal tenemos hoy las divisiones epistemológicas de los expertos del conocimiento y las limitaciones morales de la mentalidad burocrática; en lugar de la comunidad racional de una humanidad solidaria y responsable tenemos las divisiones y los conflictos de un capitalismo global descontrolado, y en lugar de la relación armónica con la naturaleza tenemos una dominación tecnológica, industrial e imperial tanto de la naturaleza como de la humanidad. Esta es la crisis de nuestra así llamada edad post-histórica: en lugar de establecer nuestra mente en una relación armónica con nuestras comunidades y con la naturaleza, el poder esclarecedor de la razón ha fracturado nuestra inteligencia, ha fragmentado nuestras comunidades y nos ha alienado de la naturaleza.
Y sin embargo, pese a sus evidentes fallos y su nihilismo destructivo, el legado del esclarecimiento sigue siendo para nosotros hoy la única fuente viable de poder creativo a través del cual aspirar a la construcción de una unida ética de inteligencia, comunidad humana y naturaleza. Lo es, no en el sentido del esclarecimiento providencial e imperial, sino más bien en términos de los esclarecidos ideales seculares, democráticos, y comunitarios que propuso Thomas Paine a comienzos de la Revolución Americana. Tanto por su oposición al imperio, la monarquía, y la religión como por su insistencia en la democracia popular, el sufragio universal, la abolición de la esclavitud, y la educación pública y gratuita, los Founding Fathers consideraron a Paine como un radical, un demagogo, y un peligroso partidario de una forma de democracia que resultaba demasiado genuina para quienes pretendían más bien construir un nuevo imperio de libertad.46 En nombre de estos ideales esclarecidos denunciamos hoy todos los nacionalismos e imperialismos que impiden la construcción de un futuro humano.
(Traduccion de Eduardo Subirats)