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04

Enero de 2016

II - El intelectual y la ciudad letrada - Angel rama, el intelectual, america latina

ÁNGEL RAMA, EL INTELECTUAL, AMERICA LATINA

Erna von der Walde, Eduardo Subirats

 

 

 

 

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Ángel Rama solía decir que “en las bibliotecas de Estados Unidos se encuentra todo, menos lo que uno quiere leer”. Exilado de su Uruguay nativo desde 1973, Rama tuvo que adaptarse a las vicisitudes de una carrera intelectual en el exilio, sin los libros que quería leer, sin los espacios de circulación de ideas, sin interlocutores, sin los debates, sin los públicos, sin los compromisos y la conexión con la realidad, en atención a los cuales se había acostumbrado a pensar el proceso crítico e histórico de América latina. El golpe militar de Uruguay lo sorprendió en Venezuela y, privado legalmente de la nacionalidad, se radicó allí por unos años, impulsando la magnífica tarea editorial de la Biblioteca Ayacucho. La penúltima etapa de su vida transcurrió en los Estados Unidos, de donde se vio nuevamente exilado en 1982 al negársele la renovación de su permiso de estadía. Llevaba apenas unos meses radicado en París cuando perdió la vida en un accidente aéreo cerca de Madrid, en 1983.
Fue en el exilio norteamericano que redactó las tres obras más punzantes de su quehacer como crítico: La transculturación narrativa (1982) y las dos póstumas y truncas obras, La ciudad letrada (1984) y Las máscaras democráticas del modernismo (1985). Las tres pueden verse como un testamento intelectual de quien muy prontamente notara la “balcanización” de los bienes culturales latinoamericanos que estaban produciendo las dictaduras militares en el continente. Pues con los golpes militares se asestó también un golpe mortal a la labor intelectual que había construído la generación de medio siglo, la que el mismo Rama llamara para Uruguay “la generación crítica”, denominación que puede hacerse extensiva a enormes sectores del continente. En la década del 70 en América latina se sufrió el desmonte sistemático, la destrucción cabal de un proyecto político y cultural de envergadura continental. En pocos años, vimos la muerte y desparición de artistas, intelectuales, críticos, activistas; la disolución irreversible de un espacio público y un discurso crítico elabordo a lo largo de décadas; la irreparable disrupción de proyectos de investigación y la dispersión de valiosos saberes; la destrucción de archivos, de materiales acumulados a lo largo de años y años de laboriosas indagaciones; la disolución de una industria editorial, cada vez más volcada al quehacer latinoamericano; la irremediable diáspora de creadores, investigadores, docentes e intelectuales de todo orden.
Estos últimos estudios críticos de Rama pueden leerse como el esfuerzo monumental de uno de los más lúcidos intelectuales que haya tenido América latina en toda su historia por preservar la visión de un proyecto político, social y cultural, ante el proceso de visible fragmentación, desarticulación y banalización que comenzaba a sufrir con la diáspora de su comunidad intelectual. En su diario íntimo, Rama registraba la angustia del vacío que sentía en el exilio, un vacío que no era sólo personal, sino cultural en un sentido denso: la producción intelectual en América latina y para un público latinoamericano suponía un sistema de referencias, tanto textuales como de la experiencia, que le otorgaban al trabajo crítico la dimensión no sólo de “deconstrucción” de un proceso, sino de construcción de un proyecto conjunto. En palabras del mimso Rama, “si la crítica no construye las obras, sí construye la literatura, entendida como un corpus orgánico en que se expresa una cultura, una nación, el pueblo de un continente, pues la misma América latina sigue siendo un proyecto intelectual vanguardista que espera su realización concreta”.
Era en función de este proyecto de vanguardia que Rama dialogaba con sus congeneracionales, que buscaba trazar los puentes entre las dos grandes vertientes culturales, la hispanoamericana y la brasileña, que indagaba por los procesos que conectaban la cultura letrada con sus raíces populares, que pensaba las complejas reconversiones a las que la cultura latinoamericana sometía los modelos europeos de los que se valía.
Como Walter Benjamin, a quien reconoció como el crítico más influyente en su pensamiento,29 Rama concebía la tarea crítica como la compleja elaboración de un sistema de conexiones. Una obra era apenas una molécula de un gigantesco organismo; pero, como si se tratara de un genoma, a través de la lectura de una obra, Rama detectaba la función que tenía dentro de unidades mayores de significado cultural y podía, al mismo tiempo, a partir de ella, trazar los rasgos definitorios de la cultura. Es decir, Rama era un pensador dialéctico. Al igual que Benjamin, no postulaba una teleología histórica. El proyecto latinoamericano se hacía sobre la marcha, y al intelectual crítico le correspondía, entre otras cosas, estar atento a los peligros del momento, a las falsificaciones que los oportunismos políticos podían hacer de una historia que, aun cuando no podía reconstruirse “tal como fue”, tenía que construirse rigurosamente, eruditamente, en atención a las necesidades del presente.

 

2
La ciudad letrada de Ángel Rama apareció por primera vez en 1984, y como una gran ironía, en una editorial norteamericana, justo en el momento en que comenzaba ese período de intensiva reacomodación de América latina a las demandas de subalternidad hemisférica encubierta bajo el nombre de “transiciones a la democracia”. En los veinte años y más que han transcurrido desde entonces, el concepto de “ciudad letrada” ha cobrado peso específico dentro de la crítica de la cultura, y se ha convertido en una cifra y clave de una postura ante la intelectualidad letrada del continente. Paradójica o significativamente, el acceso a esta obra ha sido muy limitado y muchísimo más en América latina, en donde ha circulado escasamente. Esta presencia ausente de La ciudad letrada ha permitido su interferencia y desfiguración por parte del latinoamericanismo anglosajón, que se ha servido de la crítica del intelectual letrado como coartada de sus retóricas micro-políticas y sus emancipaciones performáticas, y como pretexto para eliminar en cuanto a su concepto a aquel mismo proyecto artístico, musical, literario y arquitectónico de una civilización latinoamericana socialista y democrática que las dictaduras hemisféricas destruyeron con las armas.
La ciudad letrada es una obra que analiza históricamente, reconstruye críticamente y traza programáticamente la figura del intelectual independiente latinoamericano en una edad de escarnio por las industrias culturales, de autoritarismo político y violencia militar, y de expolio económico masivo. Es, a la vez, un ajuste de cuentas con una tradición humanista que se mostró incapaz de una reflexión auténtica sobre el proceso histórico, político y social del continente, atrapada como estaba dentro de una visión de la historia prestada de modelos foráneos que no se le ajustaban y a los cuales pretendía acomodar la realidad. Por eso no puede considerarse en modo alguno como el legado de otros tiempos. Rama pone más bien de manifiesto una crisis de la conciencia del intelectual latinoamericano, hoy más aguda que ayer en la medida en que arrastra y expande aquellos mismos estigmas que él había puesto en cuestión.
La ciudad letrada traza la historia de América Latina en las múltiples entonaciones y manifestaciones de ese desencuentro constitutivo de su quehacer intelectual entre los modelos analíticos importados y una realidad que lo rebasa plenamente. Y Rama lo remonta al acto colonizador por excelencia: la fundación de ciudades. En ese sentido, esta obra de Rama se inscribe dentro de la reflexión que inauguró José Luis Romero con Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Romero fue el intelectual latinoamericano que con más claridad entendió que la fundación, “más que erigir la ciudad física, creaba una sociedad. Y a esa sociedad compacta, homogénea y militante correspondía conformar la realidad circundante, adecuar sus elementos –naturales y sociales, autóctonos y exógenos— al designio preestablecido, forzarlos y constreñirlos, si fuera necesario”. La tarea que asumió Rama en La ciudad letrada fue la de desentrañar el papel fundamental que le correspondió al letrado como sujeto colonizador en este orden de las cosas.
La noción de “ciudad letrada” que atraviesa el texto se construye acumulativamente a través de la reflexión del proceso histórico de inscripción de la letra, de sus sutiles mecanismos de inclusión y exclusión, de su capacidad ordenadora, clasificadora y reguladora. Pero comprende algo más que una metáfora urbanística o un concepto sociológico de intelectual. La “ciudad letrada” recoge las letras, las palabras y los discursos que trenzan el logos de la colonización constituyente de América latina, desde el día cero de la conquista hasta la crisis contemporánea. Rama arroja una mirada crítica al intelectual moderno desde esta perspectiva histórica amplia, y a partir del instrumento que define su actividad y traza los contornos de su lugar, de su “ciudad”: la escritura. Al intelectual latinoamericano Rama lo descubre reflexivamente como el medio y el portador del logos de un proceso de colonización que se funda, entre otros discursos, en la gramática, en el sentido que tenía ésta para su fundador en lengua española, Antonio de Nebrija. Una colonización que, por tanto, puede interpretarse como un proceso gramatológico.
Rama recorre en sus manifestaciones políticas y literarias las vicisitudes de este letrado, que no es un home de lettres de la tradición humanista europea, sino un hombre de leyes, y cuya función intelectual consistió y consiste estrictamente en dar forma escritural al poder político colonial y postcolonial. Y Rama identifica los valores morales, las acciones políticas y los discursos literarios que se repiten en cuanto a sus categorías constituyentes y fundamentales en el funcionario colonial, en el revolucionario independentista, en el hombre de estado liberal y en el intelectual autónomo de las democracias autoritarias.
Su crónica de las vicisitudes políticas, económicas y cultural-industriales que han formado a este “letrado” a lo largo de la historia colonial y neocolonial latinoamericana es prolija, y se inserta como uno de sus momentos culminantes en la tradición crítica del pensamiento latinoamericano del siglo 20, cuyo origen puede trazarse a José Martí, seguido por figuras como José Carlos Mariátegui, Gilberto Freyre, Darcy Ribeiro, José María Arguedas, João Guimarães Rosa, Josyué de Castro, Augusto Roa Bastos o Eduardo Galeano. Nos parece importante, sin embargo, subrayar otros aspectos centrales de la obra de Rama que son particularmente actuales y polémicos en la edad de crisis política y sociales progresivas en que vivimos.

 

3
La ciudad letrada no es un ensayo de „crítica cultural“, cualquiera que sea el significado de ese slogan. Es un ensayo intelectual. En el sentido fuerte de la palabra ensayo: experimento, aventura, polémica y reflexión; y en el sentido fuerte de la palabra intelectual: el intelectual como “pervertidor” de la juventud, es decir, como corrigió el propio Rama: el intelectual como conciencia esclarecedora, práxica y socialmente liberadora.
En primer lugar, dos palabras sobre el sentido fundamental del pensamiento de Rama: la crítica como autorreflexión. Esta crítica no era para Rama la mera “aplicación” de modelos corporativamente globalizados de pensamiento académico. Tampoco se trataba de una sociología de la literatura o del arte. Y mucho menos aún nos encontramos con los estudios literarios como medio de estetización de lo social y la política. Lejos se econtraba esta crítica del academicismo puro y simple. Autorreflexión significa atención a los procesos que constituyen lo social, de lo cual la literatura, sus creadores, sus lectores y sus redes son parte integral, y no apenas una sintomatología intertextual autónoma. Autorreflexión significa atención a los peligros de una reificación de los conceptos y de una fetichización de los instrumentos de la crítica. Autorreflexión quiere decir pensar a partir de la crítica de las propias premisas lingüísticas y condiciones institucionales desde la que se enuncia un discurso literario: y este es precisamente el proyecto vertebral de La ciudad letrada.
Esta inmersión reflexiva en la memoria intelectual latinoamericana es, al mismo tiempo, la construcción histórica de una conciencia intelectual latinoamericana. Rama traza en este libro un “repertorio americano”. Pone de manifiesto lo que ha sido la clave de su trabajo de investigación, enseñanza y edición que cristaliza en un proyecto como la Biblioteca Ayacucho. "Repertorio americano": así se llamaba la revista que creó Andrés Bello en el exilio londinense y otra aventura editorial de similar ambición creada por Joaquín García Monge en Costa Rica en 1919 y que se publicó con regularidad hasta 1958. También este aspecto del pensamiento de Rama posee hoy una clara relevancia frente a la presión antiintelectual de los estudios latinoamericanistas por deconstruir este “repertorio” o tradición crítica en nombre de estrategias conceptuales que delatan el mismo universalismo provinciano de los teólogos y filósofos del colonialismo de Valladolid del 16 o del Oxford un siglo más tarde: los hibridismos, las subalternidades, los desguaces literarios e históricos en nombre de la diferencia, los grandes discursos de la micropolítica, y los campos de concentración y esterilización intelectual de los estudios culturales, que le han dado la espalda a la cultura latinoamericana.
La ciudad letrada se inscribe dentro del vasto proyecto de una “crítica culturalista e histórica”. Así definió Rama un quehacer que prestaba atención a la pluralidad cultural, a las diferencias sociales y a las estructuras de poder en América latina, con cuidadosa atención a los procesos históricos. Un quehacer que se nutría de un prolijo estudio de las teorías políticas, sociales y literarias y de un diálogo permanente con productores y lectores, y que se entretejía con “esa especie de acumulación crítica que se ha producido dentro del continente”.34 Habría que añadir de todas maneras que Rama hace más y hace menos que una crítica culturalista a secas. Hace muchos menos porque Rama fue ante todo un profesional de la literatura, no en el sentido de que profesara algunos de los credos que entonces como ahora se rezan en la academia, sino en el sentido de que el rigor hermenéutico, de la reconstrucción textual sistemática y de la sensibilidad estética literaria eran el piso en que se tenía en pie.
Pero la crítica literaria de Rama era mucho más que esa “crítica cultural” que reduce su campo de pensamiento corporativamente permitido a juegos representacionales y llegan incluso a subsumir a éstas bajo la premisa mayor de la cultura espectacular administrada como única y exclusiva posibilidad. En su reconstrucción de Yo, El Supremo, por ejemplo, punto de inspiración y de partida de La Ciudad letrada, lo que Rama pone en cuestión no es una “representación cultural”, sino un logos histórico: el hilo de oro que atraviesa la colonización, la independencia y la desintegración subalterna y neocolonial de América latina. La crítica literaria se convierte en la interpretación de esta obra en una crítica del proceso autodestructivo de la civilización latinoamericana.

No es preciso repetirlo: en esta obra, cuyo objeto de análisis y reflexión textual es la realidad política de la escritura, la crítica va mucho más allá de la “cultura” entendida como intertextualidad y sistema de performances, cuyo sentido último no logra ser más que el valor que le otorga el mercado de bienes culturales. Lo que plantea son las condiciones de posibilidad de una reforma política, de una apertura social de signo democrático e igualitario, y de las vías de solidaridad intelectual y social que permitan esta radicalización democrática. Lo que Rama plantea es la inserción del intelectual, y de su crítica literaria lo mismo que de su creación literaria, en un proceso de emancipación y florecimiento sociales como el que despertó en los años 60, fue decapitada por los fascismos de la Guerra fría y finalmente vaporizada por la dominante posmoderna. En esta dimensión programática y práxica reside precisamente el núcleo de la definición del intelectual que entre otros escritores encarnó Angel Rama.
Una última consideración tiene que hacerse sobre este ensayo. La ciudad letrada se alinea con una serie obras que desde diferentes constelaciones políticas han planteado sin embargo una y la misma cuestión: la traición de los intelectuales, la connivencia, cooperación y cooptación de los intelectuales con y por el poder político, y las subsiguientes dificultades de generar un proyecto político de justicia, igualdad y respeto de las culturas y los pueblos. Dos nombres nos vienen enseguida a la memoria que deben celebrarse al lado de Rama. La crítica del “letrado” que Klaus Mann plasmó en su novela Mephisto: una denuncia de la pasividad y la connivencia de los intelectuales frente al imperialismo nacionalsocialista. Y Wright Mills: la crítica a la “irresponsabilidad organizada” del intelectual en el sistema corporativo de administración neoliberal. Con ellos, Rama comparte la tradición independiente y crítica del intelectual humanista e ilustrado de Ralph Waldo Emerson o Simón Rodríguez.