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04

Enero de 2016

II - El intelectual y la ciudad letrada - Paz en el laberinto del intelectual mediático

PAZ EN EL LABERINTO DEL INTELECTUAL MEDIÁTICO

Aureliano Ortega Esquivel

 

 

 

 

 

I
El cuatro de octubre de 1968 Octavio Paz, embajador de México en la India desde 1962 y miembro del Servicio Exterior Mexicano hacía veinticinco años, solicitó al Secretario de Relaciones Exteriores su “separación” del cargo diplomático como “protesta” ante los violentos sucesos del día dos en la ciudad de México, cuyo saldo primario era, según la prensa oficialista, veinticinco muertos, un centenar de heridos e incontables detenidos y desaparecidos. «Ante los acontecimientos últimos —escribió entonces Paz— he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al gobierno. Mi respuesta es la petición que ahora hago: le ruego que se sirva ponerme en disponibilidad, tal como señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano. Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he servido a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud.» Al margen de dicha solicitud, el embajador Paz había escrito la madrugada previa a su “separación” un poema solicitado por el Comité Organizador de los Juegos Olímpicos —a celebrarse en la Ciudad de México exactamente diez días después — que tituló “La limpidez”, en el que evocaba la sangre derramada en la Plaza de las Tres Culturas y el esmero que después de la matanza deberían mostrar las autoridades para que las baldosas lucieran una vez más su “limpidez”.
El hecho acarreó decenas de “pronunciamientos” y descalificaciones oficialistas y el cierre de filas de funcionarios y políticos en torno “al Presidente” y “las instituciones”, tal y como había sucedido en casos similares, o aún más graves, a lo largo del presente sexenio y de cuantos sumaba el llamado “régimen de la Revolución”, llamado “el sistema”, desde su refundación en 1929. Contemporáneamente, y como debería de ser en una ciudad que hacía cuatro meses era escenario de combates callejeros y de un aguerrido movimiento estudiantil —que sumaba sus afanes democráticos a una creciente crítica “al sistema” y hacía adeptos entre una pequeña burguesía ilustrada—, la decisión del poeta despertó simpatías y adhesiones del mundo intelectual “crítico” mexicano y el entusiasta reconocimiento de los estudiantes, quienes, a partir de entonces, en virtud de esa mezcla de incultura y afán de novedades que los caracteriza, convertirían a Paz en una suerte de santón laico: el “único” intelectual de “ese tamaño” que se había enfrentado a los poderes políticos de México y que, haciendo causa común con los estudiantes, había “roto totalmente” con el gobierno tal y como lo representaba en ese momento Gustavo Díaz Ordáz —aunque tal rompimiento no lo fuera necesariamente con el estado mexicano—. Paz iniciaría a partir de entonces un “exilio” cuyos “horrores” únicamente mitigaron los mullidos sillones de los claustros académicos de las universidades de Harvard y de Texas —junto con el aplauso, y los dólares, de sus acaudalados patronos.
El episodio de momento dotó a Paz con un aura mesiánica de la que el poeta se sirvió el resto de sus días para presentarse públicamente como un autor crítico, rebelde, marginado, ajeno y alejado del poder, celoso guardián de su propia independencia y de la autonomía de sus emprendimientos culturales; también como un demócrata, como un librepensador… Imagen masivamente falsa de un autor ciertamente dotado, aunque no tanto, que él mismo construyó a lo largo de muchos años y que en la actualidad veneran y conservan comedidamente, en calidad de herencia sacra, tanto sus “viudas” y socios empresariales y mediáticos como sus inconsolables huérfanos intelectuales. Porque lo escasamente verdadero de esa imagen se exhibe en los días y los hechos de una autobiografía reescrita y rectificada varias veces; en el fabulado y fabuloso relato de un esforzado y bravo Ulises que en contra de todas las adversidades encuentra siempre, de la mano de la erudición, del criterio, de la independencia y de la sensatez, el camino de regreso a casa. Falsedad, sin embargo, que se muestra sin pudor alguno en las pequeñas pero importantes omisiones con las que reconstruye el relato de su viaje a España en 1937, en el que se ostenta como “invitado oficial” (de quienes ni siquiera lo conocen) para ocultar el hecho de que alguien “de muy arriba” movió influencias para (in)filtrarlo en el grupo de artistas comprometidos con el Partido Comunista y con la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) que se encargaban de organizar el viaje (y de los que Paz no formaba parte); invento autobiográfico de un supuesto “joven rebelde”, un “alfabetizador de indígenas” y un “estudioso del marxismo” cuya improbable huella existencial y conceptual simplemente no se refleja en sus escritos tempranos y tardíos, en los que, por el contrario, exhibe un imperdonable desconocimiento de la realidad rural mexicana y de lo más elemental del pensamiento de Marx; falsedad de testimonio, que lo hace románticamente “renunciar” al título de abogado para dedicarse de lleno a la poesía cuando no había acreditado más de siete materias del programa; mentira flagrante, al afirmar que en San Francisco, Nueva York y París, “padeció pobreza y limitaciones”, siendo que desde 1943 ya pertenecía al Servicio Exterior Mexicano y en calidad de diplomático viajó a tales ciudades, en donde “padeció” tal condición a lo largo de más de dieciocho años (y en cuyo curso recibió la beca Guggenheim un par de veces, por lo menos); cinismo, del más puro, cuando detrás de la fachada de su “renuncia” a la Embajada de la India los documentos, incluidos los escritos por él mismo, hablan claramente de “disponibilidad” —condición que conservó hasta 1973 al cumplir treinta años de “servicio” y, con ello, el goce de la calidad de diplomático y el derecho a una jubilación completa—; plagios, grandes y pequeños —sí, plagios, la conducta intelectual maldita—, envueltos en retórica erudita o desenvueltos con cinismo expreso en la frase con la que contesta a la incómoda pregunta por los “prestamos” con los que construyó El laberinto de la soledad, y que es también un plagio: “el león devora a los corderos”; rendición y servidumbre absoluta a los poderes políticos y mediáticos de un país que no cambió y que no ha cambiado un ápice desde 1968 (más que en la profundización y agravamiento de sus grandes males políticos y económicos) pero al que desde los primeros años setenta Paz “ve” o “intuye” como si se tratara de otro mundo; finalmente adulación, acomodaticia y cómplice, a los poderes formales y fácticos de una nación en la que desde siempre hace falta casi todo pero que, con Paz, ya cuenta con “un Nobel”, una referencia intelectual moderna, cosmopolita y culta, y una fundación mediático-cultural que lleva su nombre.
Pero si Paz no es realmente el intelectual autónomo y comprometido que él dice (y su coro repite que es) ¿qué es realmente Octavio Paz; además de alguien que se inventó a sí mismo? Un cacique intelectual, un Führer, un Duce, que a lo largo de muchos años dispuso a su antojo de los medios institucionales, editoriales y mediáticos necesarios para construir un poder real, eficaz y despótico, capaz de dictar e imponer el canon de lo que para él mismo y su grupo, para los gobiernos de la república y los medios masivos de comunicación, debería ser la “cultura mexicana” contemporánea. En términos del viejo Kant, recreados por Derrida, Octavio Paz no es más que un mistagogo: «Los mistagogos fabrican una escena… Estas gentes se sitúan fuera de lo común pero tienen en común lo siguiente: se dicen en relación inmediata e intuitiva con el misterio. Y quieren atraer, seducir, conducir hacia el misterio y por el misterio. Mystagogein es exactamente eso: conducir, iniciar en el misterio; esa es la función del mistagogo o del sacerdote iniciador. Esta función agógica de conductor de hombres, de duce, de Fürher, de leader, lo pone por encima de la multitud a la que manipula por intermedio de un pequeño número de adeptos agrupados en una secta o en un lenguaje críptico, una banda, una camarilla o un pequeño partido con sus prácticas ritualizadas. Los mistagogos pretenden detentar como en privado el privilegio de un misterioso secreto… La revelación o el descubrimiento del secreto se lo reservan ellos, ellos lo preservan celosamente. Los celos son aquí un rasgo mayor. No lo transmiten jamás a otros en el lenguaje corriente, sólo por iniciación o por inspiración. El mistagogo es philosophus per initiationem o per inspirationem. Kant contempla toda la lista diferencial y una tipología histórica de esos mistagogos; pero reconoce en todos ellos un rasgo común: jamás dejan de verse ellos mismos como señores, seres de élite, sujetos distinguidos, superiores y aparte dentro de la sociedad…»
Referido a nuestra escena político-cultural y al papel que desde hace cuarenta años juegan en ella Octavio Paz, sus “amigos” y sus empresas mediático-culturales (las revistas Plural y Vuelta y su retoño Letras libres; la Fundación Cultural Televisa, la Fundación Octavio Paz y otros “pequeños partidos” como Nexos o “palafreneros” ideológico-culturales como el “crítico” Carlos Monsivais), la descripción kantiano-derridiana del mistagogo resulta sorprendentemente justa. En su caso, el “gran misterio”, eso que únicamente puede ser develado por el leader y sus iniciados es el conjunto de arcanos llamados “México”, “Cultura”, “Arte”, ”Literatura”… a los que el leader, ya cobijado por los poderes político y mediático y en plan de polítólogo, agrega a su haber la “Democracia”, la “Libertad” y el “Libre mercado”.
Pero lo mejor de todo ello es el hecho de que su obra, cuando no es leída o glosada por sus hagiógrafos y corifeos, es una abigarrada suma de banalidades, de sofismas, de cursilería y de abundante, pero muy abundante, mala fe. En la imposibilidad de abordar todas y cada una de las “malas artes” cultivadas por Paz a lo largo de su vida, solamente examinaremos algunos elementos de sus ensayos, específicamente los que dedica a la historia reciente y la política, para demostrar que se trata de un autor en muchos aspectos improvisado y superficial que construye su discurso con saberes y dichos de segunda mano, ubicados más en la línea de la propaganda que del conocimiento. Pero, sobre todo, que el de Octavio Paz es desde siempre un discurso inocultablemente ideológico, reaccionario y racista, pletórico de intenciones justificativas y aun apologéticas del hecho capitalista en su fases liberal-democrática y neo-liberal-globalizada, y de un estado de cosas en donde privan la explotación, el hambre, la violencia y el miedo.

 

II
Existen algunos trabajos que examinan críticamente la obra ensayística de Octavio Paz que por vías inciertas y marginales se han salvado de la “gran pira” editorial y mediática que las falanges pazistas han logrado mantener viva cuando se trata de la opera sacra de su Führer. Entre ellos, el libro de Jorge Aguilar Mora: La divina pareja: historia y mito en Octavio Paz,y los de Enrique González Rojo: El rey va desnudo y Cuando el Rey se hace cortesano,15 conservan la virtud de sustituir el vituperio con el análisis, la impaciencia de la diatriba con la paciencia del esclarecimiento. Junto a ellos asimismo existen, en una abigarrada y más que dispersa colección, cientos de intervenciones que, nunca tan cuidadosas como las mencionadas, se regodean en el descuartizamiento ritual del “enemigo” de capilla y de clase, y, del todo ajenas a la finura quirúrgica de las primeras, resultan a la postre un tanto rudas, pero infinitamente más divertidas… y atinadas. Nuestra intervención se sitúa a medio camino entre unas y otras; de una parte, porque siendo una de las piezas maestras del actual aquelarre mediático-cultural mexicano e hispanoamericano, la obra de Paz merece un examen esclarecedor, sin concesiones; de otra, porque, al margen de que Paz y los pazistas jamás se ahorraron el vituperio o la diatriba cuando se trató de destruir a sus “enemigos”, es materialmente imposible reprimir el juicio, y el adjetivo fuerte, cuando de quien se habla es efectivamente un simulador, un autor superficial y efectista, un mistagogo.
Recordemos: los mistagogos fabrican una escena en cuyo centro se representa el develamiento de un “misterio”, el desciframiento de un arcano: «Y luego esas gentes abusan de las metáforas, de las expresiones figuradas para sensibilizarnos…» agrega Kant. Parte de la fascinación que ocasionalmente producen se deriva de la presunción de que ellos, y sólo ellos, poseen las claves de desciframiento, los conjuros, las fórmulas capaces de abrir a la luz del entendimiento lo que por ignorancia, pereza u ofuscación permanece lejano a la comprensión de los simples mortales o de los espíritus “no libres”. Como se sabe, esas claves son dichas y escritas en caracteres únicos, accesibles exclusivamente a un puñado de iniciados. En el caso de Paz los “misterios” que debe descifrar se agrupan en por lo menos tres registros: en primer lugar, el elusivo Ser de México y los mexicanos, lo que queremos ser y lo que en verdad somos, qué clase de accidente histórico informa y deforma nuestro pasado, nuestros días y nuestras expectativas de futuro, lo que configura un cuestionario/conjuro de naturaleza histórico-filosófica; en segundo lugar, y dados los saldos negativos y un tanto frustrantes de la pregunta por el Ser de México y el diagnóstico de sus posibles causas, la pregunta interroga por el “misterio” de nuestra politicidad, por la presencia secular y omnímoda de un estado político que lo engulle todo y cuyos modales autoritarios, corruptos y despóticos, requieren una impostergable cura, misma que para Paz no puede ser otra que la “democracia” y el “libre mercado”, por lo que la segunda pregunta es de naturaleza claramente político-propagandística; el tercer arcano, el más oscuro, el más difícil porque compromete la calificación del ser y el hacer propios, se presenta como interrogante por la postura y el papel de “los intelectuales” tanto en el proceso de desciframiento de nuestro ser como en la crítica, el modelaje y el fortalecimiento de “nuestras instituciones” ahora ya no sólo políticas, sino artísticas y culturales, lo que la presenta como una pregunta ideológica. ¿Cómo responde Paz a cada uno de estos “misterios”?
De entrada habría que señalar que tales registros mistéricos, tanto como el esfuerzo por resolverlos, presentan una armazón sistemática, cuando no unitaria, dado que lo que Paz responde sobre alguno de ellos impacta necesariamente en los restantes: 1) el mexicano es sentimental, irresponsable, esquivo y festivo —un verdadero, “hijo de la Malinche”— porque “no se atreve a ser él mismo”, y porque no ha sabido resolver positivamente la relación tradición/modernidad, limitación moral de la que ha sido cómplice un estado propietario que solapa la insuperada minoría de edad de sus ciudadanos; 2) el estado mexicano y sus satélites corporativos, cuando es objeto de crítica y no de adulación, es como es: autoritario, despótico y antidemocrático, por efecto de un “accidente histórico” asociado al hecho de haber sido conquistados/colonizados por una nación como la España imperial, atrasada, centralista y contrarreformista, y por haber construido su institucionalidad republicana sobre modelos extranjeros sin haber destruido previamente los restos del aparato burocrático colonial; 3) la cultura y las artes están, en México, acosadas por el provincianismo porque tanto artistas como intelectuales, salvo contadas excepciones, no han sabido, o no han podido, sacudirse la tutela de un régimen en exceso “estatalista” y “mexicanista” y no han querido encuadrar su quehacer en el sentido, el tiempo y la “verdadera universalidad” de las vanguardias europea y norteamericana. A partir de aquí es posible identificar, en el amplio arco de intervenciones que componen la trayectoria de Paz como ensayista, uno o varios hilos conductores. Algunos de ellos atañen a la configuración problemática final que adquieren sus preguntas, otros, a los recursos metodológicos con los que son abordados; los últimos, se refieren a la posición de discurso del autor Paz y a su filiación ideológico-política: alfa y omega de sus luces y sus oscuridades.
El horizonte problemático en el que se ubican la mayoría de las preguntas formuladas es, en Paz, inequívocamente histórico-filosófico. Es decir, que su preocupación fundamental estriba en el develamiento de un “sentido”, una finalidad y un posible destino/desenlace (ciertamente salvífico) de nuestro derrotero histórico. En esa perspectiva, quien ha leído (así sea superficialmente) a los representantes más conspicuos del pensamiento histórico-filosófico —hablamos de Vico, Voltaire, Herder o Hegel—, esperaría, por lo menos en calidad de guiño, alguna apelación más o menos firme a la Razón, a un “finalidad” a una “providencia” o algún “espíritu del mundo” que, de acuerdo a los clásicos, introduciría un orden y un sentido en el que el aparente caos y la masiva gratuidad con la que se presentan los acontecimientos puede ser reducido, ceñido a un canon histórico-cultural cuya impronta, si se sabe preguntar por ella, está inscrita indeleblemente en cada hecho, en cada acto, en todos y cada uno de los pequeños y grandes actos humanos, sociales y culturales con los que finalmente se hilvana “una historia”. En un primer momento parece que Paz va a responder positivamente a tales expectativas cuando constatamos que la estructura misma de El laberinto de la soledad (1950) Posdata (1970) o algunos de los ensayos que conforman Corriente alterna (1967), El ogro filantrópico (1978) y Tiempo nublado (1983) no sólo responden a un ordenamiento histórico-cronológico, sino se articulan discursivamente a partir y a través de observaciones y apuntamientos reflexivos cuya materia no es otra que los “hechos” más emblemáticos de nuestra historia y nuestro posible destino. Ahora bien, la perspectiva histórico-filosófica en la que tales hechos se encuadran responde a un canon específico, el del historicismo; mismo que le permite a Paz el reconocimiento de cierta “unidad” de la historia mexicana y, contemporáneamente, concebir sus desenlaces como efecto del quehacer de un Sujeto-nación: “México”, que así considerado deviene, por una parte y contradictoriamente, transhistórico, porque la “unidad histórica” de esa entelequia que llamamos México no es bajo ninguna circunstancia un hecho histórico-concreto, sino un invento político y retórico; pero, por otra parte, Paz se hunde en la perplejidad al afirmar —quizá con base en una lectura mal digerida de Karl Popper— que la historia no puede estar en ningún concepto regida por “leyes” o “destinos” porque es absolutamente contingente y azarosa: «Muy pocas veces la historia es racional; todo aquel que la haya frecuentado sabe que siempre hay que contar con un elemento imprevisible y destructor: las pasiones de los hombres, su ambición y su locura.»
Con esto Paz cubre el primero de sus compromisos reflexivos incurriendo en una desviación historicista y sin lograr salir de un horizonte aprehensivo-expresivo masivamente metafísico. Una desviación que abusa de la identificación de las naciones como Sujetos y, en consecuencia, concibe a los Sujetos-nación como el “lado activo” de la realización de su destino histórico en el curso de una operación discursiva, pletórica de frases grandilocuentes y retruécanos, que sustituye a los sujetos reales —cuyos actos y destinos particulares están ceñidos a condiciones concretas que no les es posible trascender sino por la vía de su resistencia y eventual rebelión, sus pasiones, su ambición o su locura—, por un Sujeto de consistencia abstracta y metafísica cuyo “triunfo” o “fracaso” de todas formas nos involucra a todos. Destino histórico que, de acuerdo con el último Paz, no necesariamente responde a una ley inexorable de la razón, pero que sí se encuentra ceñidamente unido a ciertos “accidentes” con capacidad de constituirse en tradición infausta o feliz, dependiendo de la interpretación y el uso que el Sujeto-nación, a través de sus intelectuales, sepa o quiera darle. (Todo ello, por cierto, hilvanado a través del abuso de generalizaciones, universales abstractos, metáforas, analogías y licencias retóricas.)

Pero aquí aparece una clave, no menor, para una interpretación crítica. La historia, para Paz, es fruto del azar y de la contingencia, no hay en ella plan alguno que conduzca a los Sujetos-nación hacia un futuro que no sea aleatorio e incierto; bien, aquí el historicismo de Paz se atempera con el anti-historicismo de Popper. Sin embargo, la revisión no llega a los cimientos, porque siempre está ya ahí el Sujeto-nación que en calidad de tal, es decir, de agente de su propio devenir, “hace” también su propia historia. Pero atención; ese “hacer”, que dejado a la fuerza pura de las masas es absoluta contingencia (porque permanecen presas ellas sí de las pasiones, la ambición y la locura), en manos de sus gobiernos y sus élites empresariales e intelectuales es otra cosa; ni más ni menos porque éstos sí entienden de “misterios”, cuentan con planes, visión de futuro, proyectos de transformación y don de mando… Con lo que queda claro que cuando Paz habla de “México”, ya no se refiere más a ese Sujeto-nación que no ha sabido encontrar el camino de su Ser, sino a esos sujetos concretos: los gobernantes, los empresarios y los intelectuales que sí saben que hacer, que reconocen qué le conviene y qué no le conviene a “México” (es decir, a ellos mismos); que han sabido descifrar el misterio y reconocer lo poco de rescatable y valioso que conserva nuestra historia para trazar, con claridad y “compromiso”, el camino de su hasta ahora postergada entrada a la cabal modernidad.
El historicismo subjetivo y elitista de Paz se apoya en un emplazamiento metodológico preciso, aledaño a la analogía histórica, las antinomias lógicas y la historia comparada. A lo largo de toda su obra ensayística —presente ya en El laberinto… y superviviente en sus últimos ensayos e intervenciones político-mediáticas—, Paz entreteje en su visión histórico-filosófica de México (y el mundo) un recurso argumentativo con el que logra dotar con cierta consistencia sistemática sus cuestionarios; nos referimos a la introducción de pares contradictorios de la forma tradición/modernidad, estado justo/estado propietario, democracia/totalitarismo y su aplicación antinómica, como herramienta metódica a la que recurre cuando interpreta y juzga el curso de la historia. Se trata de un arma comparativa poderosa porque, inscrita en el despliegue argumentativo que le es propicio a Paz, quien regularmente se apoya en el uso y el abuso de la analogía y la metáfora, la descalificación del antagonista o del hecho que se interpreta y juzga negativamente resulta contundente; como podría ilustrarlo el caso de su crítica al estado mexicano en El laberinto… y en Posdata, su “deconstrucción” del marxismo en Corriente Alterna o su descalificación absoluta del régimen soviético en El ogro filantrópico. Sin embargo, ese poderío se pone en entredicho no por sus limitaciones lógico-metodológicas, sino en razón de que los materiales históricos con los que Paz amasa su discurso (eventos, procesos y tendencias) son la mayoría de las veces soberanamente pobres o rotundamente falsos, como lo ilustra el caso del uso del par tradición/modernidad en la interpretación de la historia moderna y contemporánea de México —de lo que resulta que Carlos Salinas de Gortari, según el juicio de Paz, es el único presidente mexicano que ha sabido equilibrar inteligentemente la tradición revolucionaria mexicana con la modernización acelerada del país—. Lo que hace exclamar a González Rojo: «Nunca, en ninguna circunstancia se puede inventar artificialmente un pasado. En esencia el salinismo y su concepción estatal no brotan de la Revolución Mexicana, democrático-burguesa, sí, pero profundamente antiimperialista, sino de fuerzas exógenas y concepciones internacionales. Su origen está más en el neoliberalismo de Simpson, Nogaro, Einaudi, que en ninguna realidad histórica del país. Octavio Paz trata, sin embargo, de hacerle al salinismo una tradición, de otorgarle un pasado, de darle credibilidad histórica. Para esto utiliza el método que le es caro, entrañable, empleado con frecuencia y deleite: el método analógico… Pero el método analógico tiene una falla, una limitación evidente: si destaca las semejanzas, oculta las diferencias.»19 Aunque en el caso de la apología del régimen salinista, caracterizado por cierto como ejemplo de “estado justo”, a Paz no sólo le falla el método analógico; en ausencia casi absoluta de ejemplos concretos y enunciados objetivos a los que recurrir para probar los presumibles hechos de ese “estado justo”, la consistencia misma de su relato se hace polvo y se trueca por la falsa moneda de la propaganda.
III
El pensamiento y el discurso del último Paz son lastimosos. Se sitúan ya de lleno en el horizonte de la propaganda y construyen su sentido con las sospechosas notas de la más pura ideología liberal-capitalista. Para ello no existe, por más esfuerzos que sus herederos intelectuales y empresariales hagan al respecto, remedio o paliativo alguno. Paz es, positivamente, el ejemplo máximo del “intelectual comprometido”, pero, en su caso, comprometido con el dominio mundial norteamericano, con las élites empresariales y con un gobierno represor y cleptocrático como pocos —por cierto, en un país que presenta los índices más alarmantes de concentración de la riqueza y, contemporáneamente, la cota máxima de pobreza extrema—. Estos hechos lo sitúan, sin cortapisa alguna, del lado de nuestros enemigos.
Pero dejemos finalmente que hable Paz, y que, en los fragmentos citados, se defina a sí mismo como comprometido apologista del libre mercado y de las bondades de la “mano invisible”; que defienda y rinda honores al impresentable Ernesto Zedillo y que adule, trayendo a cuento al irreductible William Blake, a un empresario acomodaticio y ladrón apodado “El Tigre”.
Paz como apologista del “libre mercado”: «El mercado libre es el sistema mejor —tal vez el único— para asegurar el desarrollo económico de las sociedades y el bienestar de las mayorías. Así como las libertades políticas, en regímenes democráticos, implican el respeto a los derechos de las minorías y de los individuos, el libre juego de las fuerzas económicas —liberado de la voluntad arbitraria del Estado tanto como de los monopolios privados— debe estar regido por la ley y por la sociedad misma, es decir, por los productores, los intermediarios y los consumidores. El mercado no puede ser un simple y ciego mecanismo sino que es el resultado de un acuerdo colectivo…»; Paz como adulador de los políticos en quienes reconoce una “zona luminosa”: «Cuando el presidente Zedillo me encargó presentar ante ustedes los grandes lineamientos de este proyecto cultural que lleva mi nombre, bueno, me sentí aturdido pero no pude menos que aceptar porque me ligan lazos recientes, pero muy profundos, de amistad con él… Él me ha hecho, incluso, cambiar en buena medida mi idea no sólo de los hombres, sino, muy especialmente, de los hombres políticos... Hay en su corazón una zona luminosa, generosa, solar… Creo que una de las cosas que distingue a la historia de México es la frecuencia con que aparecen los amigos y benefactores de los escritores, poetas…»; Paz como protegido y amigo del jefe de fila de la industria mediática mexicana y de sus políticas de idiotización, pero quien para el Nobel mexicano es otro ser “solar” que ha exaltado la vida pública mexicana con “novedad”, “originalidad” y “generosidad”..: «Quisiera decir algo sobre alguna de las personas que me han ayudado de un modo tan amistoso. Acaba de hablar, en representación de estos hombres, el hijo de mi amigo Emilio Azcárraga Milmo. Acabo de pronunciar un nombre sulfuroso, con un poco de tranquilidad. Antes, cuando decía que yo era, de todos modos, amigo de Emilio Azcárraga, este apasionado de las discusiones, era muy difícil defenderlo. Era un personaje que había exaltado la vida pública mexicana... con una gran dosis de novedad, de originalidad y, digamos la verdad, de generosidad. Pues ese hombre difícil, huraño, no era nada más difícil y huraño: no era sólo El Tigre sino también un ser solar: los tigres son animales solares como nos recuerda William Blake: 'Tiger, tiger burning bright / in the forests of the night'. Bueno, esta mezcla de oscuridad y de luz caracteriza no sólo a El Tigre, sino también a todos nuestros amigos: todos tienen algo de tigres.»22
Después de leer lo dicho por Paz ¿en dónde está la autonomía del poeta hacia el poder económico o político? ¿En qué momento se perdió la independencia crítica respecto del estado mexicano y la industria cultural? ¿Qué paso entre 1968 y 1998 que haya obligado a Paz a rectificar y a encontrar en el estado no un “ogro” totalitario sino un “amigo”? ¿En qué momento y debido a qué clase de transformación, o de misterio, dejó Paz de preguntarse “si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al gobierno” para caer de bruces en una descarada y abierta adulación de “el Presidente”? ¿No fue Ernesto Zedillo también un asesino? ¿Cómo y por qué medios llego Paz a estar completamente de acuerdo “con los métodos empleados para resolver (en realidad reprimir) las demandas y problemas” de las mayorías aplicados inescrupulosamente por todos y cada uno de los gobiernos mexicanos a los que no tuvo empacho en adular? ¿Qué fue del presunto “resistente” o del “contestatario” y sus “reservas mentales” durante todos los años que sirvió como intelectual orgánico a un estado que hizo de la represión y del “ni los veo ni los oigo” (Salinas) su “método” para resolver/reprimir las demandas sociales y económicas de un pueblo cada día más paupérrimo? ¿Es que el régimen de Ernesto Zedillo, a diferencia del de Gustavo Díaz Ordáz, efectivamente recurrió a la “apertura” y al “diálogo” en lugar de la represión y las armas cuando mandó asesinar a los campesinos de Acteal, El Charco o Aguas Blancas? ¿Cuándo el estado mexicano, ese feroz, inescrupuloso y tóxico “ogro filantrópico” de los escritos pazianos de los años setenta, se convirtió en “amigo” de escritores y poetas? ¿O cuándo Televisa y su mendaz propietario hicieron de lado su campaña de idiotización permanente y dejaron de transmitir basura “cultural” enajenada y enajenante para merecer la “amistad” y los elogios del autor “más internacional” de México? Todas esas preguntas deberían ser respondidas por sus albaceas intelectuales en las páginas de El País o Letras libres; pero ellos no lo van a hacer. «Sin duda, —escribe Oriol Malló en ocasión al centenario del poeta— esta secta cultural es tan masiva y devota que si a algún marginal (antes llamado heterodoxo) se le ocurre decir, por ejemplo, que el primer letrado de México terminó siendo el intelectual orgánico del salinismo no tendrá futuro alguno en el mundo cultural. El guión de este centenario se escribe con pluralidad, crítica, disidencia y otras soberbias palabras de la retórica liberal. Pero ¿y eso qué tiene qué ver con el real personaje que dio en llamarse Octavio Paz?
Biografías, homenajes y reediciones infinitas de sus ensayos y poemas nos presentan el lado “bueno” de un autor que debe más a las circunstancias —y a su oportunismo— que a su obra, pero que en calidad de Fürher, encontró la manera de encuadrar su ambición personal, su egolatría, sus ganas de mandar, con las necesidades apremiantes de justificación y apología de un sistema político decadente y corrupto, y de una industria cultural presta a pagar los favores empresariales y gubernamentales con el florido dicho del más notable de sus intelectuales orgánicos. Porque entre las mentiras o falsificaciones más evidentes de Octavio Paz está su falaz independencia frente al poder, su autonomía como intelectual. No hay, y tal vez nunca hubo, nada de eso: Octavio Paz eligió consciente, calculada y voluntariamente, y, como queda claro, llegó a ser, el ejemplo más elocuente del intelectual al servicio de un gobierno despótico y corrupto que requería justificarse a sí mismo con trivialidades y lugares comunes, pero capaces de presentar sus hechos y los hechos del régimen de explotación capitalista como “modelo de virtudes”. Alineamiento con el poder que, por otra parte, fue abundantemente gratificado con uno y mil premios, incluyendo el Nobel, y con infinidad de canonjías institucionales, editoriales y mediáticas: Paz estuvo siempre dispuesto a pasar por alto la ambición y la ignorancia de sus jefes, siempre dispuestos a retribuir generosamente las lisonjas tras de las cuales se esconden sus intereses, su voracidad y su estupidez de clase. Pero no sólo sus intereses, su voracidad y su estupidez de clase, sino sus crímenes y conspiraciones, su cleptomanía y sus infinitas corruptelas, su estulticia supina y su inocultable ignorancia, su malhadada, nociva e infinita mala fe.