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04

Enero de 2016

I - El mundo todo y uno - Balada del si y el no

BALADA DEL SÍ Y EL NO

Anna Popovitch, Ana March, Paul Fenn, Aureliano Ortega,
Javier Corona, Christopher Britt, Eduardo Subirats

 

 

Una conversación electrónica sobre la dialéctica negativa y la vida poética

 

 

 

Todo comenzó el 9 de agosto de 2015 cuando recibí un mail de Anna Popovitch. Nacida en Moscú, la había conocido en New York, en el acto de lectura de mis “Siete Tesis contra el Hispanismo”. Luego la reencontré milagrosamente en Morelia. Desde un comienzo estuvo envuelta en el proyecto de nuestro Almanaque literario, pero siempre interponiendo una distancia y una crítica. Y esa crítica la formulaba su mail de una forma transparente y cristalina: ella, y la generación entera a la que pertenece, sospecha de la teoría replegada sobre sí misma, desconfía de las representaciones políticas y de las reflexiones abstractas alejadas del pulso de la historia. Siempre nos reclamó un vínculo con lo concreto, con la praxis positiva de organizar la vida. Y su mail encendió una hoguera de voces, luces y matices que reproduzco a continuación. Anna Popovitch:
En cuanto a tu escrito (Eduardo Subirats, Una edad de destrucción – Almanaque literario, num. 1), lo leí con interés. Me llama la atención tu reflexión sobre los intelectuales sesentistas, pues es el tema de mi tesis doctoral. Con respecto a tu crítica de inspiración Frankfurtiana, honestamente y con todo respeto hacia tu trabajo, me parece que tenemos que superar discursos "apocalípticos". Si bien es cierto que es necesaria la denuncia, tal vez ahora más que nunca, me inspiran más propuestas propositivas y críticas empíricamente robustas que registran cambios. Estoy convencida de que tenemos que tejer puentes conceptuales hacia nuevos horizontes, recuperar experiencias históricas vitales para construir vínculos de empatía y de solidaridad y fortalecernos a través de ellos. Tenemos que construir comunidades de bienestar en vez de reciclar quejas que no vislumbran otros mundos posibles. La reiteración de fórmulas y la subyugación del juicio crítico a la veleta de las modas intelectuales forman parte del oportunismo academicista indiferente a la injusticia y el dolor que “se empoza como un charco en la mirada” (César Vallejo) del sujeto “postmoderno”.
El héroe trágico no solloza y añora. “El héroe trágico, en su descenso a los infiernos, experimenta un descuartizamiento que por obra de un proceso alquímico no es otra cosa que una metamorfosis existencial, renace como unidad y conciencia, como una fuerza viva y libre, capaz de dar […] El héroe trágico […] se ha purificado en la noche oscura de un infierno negro que no obstante lo conduce a la experiencia de la iluminación.” (José Ezcurdia Corona, José Hernández Prado. El centinela insobornable) O, como señaló Raymond Williams con respecto a D. H. Lawrence, “He [D. H. L.] was not a vagrant, to live by dodging; but an exile, committed to a different social principle. The vagrant wants the system to stay as it is, so long as he can go on dodging it while still being maintained by it. The exile, on the contrary, wants to see the system changed, so that he can come home.” (Culture and Society)
En el exilio o “en casa”, siempre que la vida no arrase con la esperanza de un futuro mejor, seamos héroes trágicos abiertos a la aventura, conscientes del potencial humanizador del conocimiento y respetuosos del rigor.
Ana March es una poeta y periodista argentina, con una experiencia de varios años de viajes y exilios a lo ancho de Europa. Hoy vive en Málaga y publica un blog literario en la web: CULTURAMAS. Ella había escrito pocos días antes:
Es triste reconocerlo pero tenemos todos sobrados motivos por los que sentirnos al borde de la barbarie, del colapso civilizatorio. La desesperación se ha inscrito en el corazón del hombre, la nuestra es una época de una profunda ruptura. Pero es justamente contra esa desesperación contra la que hay que revelarse y se revelan los defensores de la existencia auténtica, quienes a pesar de todas las razones para la desdicha, siguen levantándose cada día con dignidad de existir y resisten. Quienes no se confinan en ese pobre ‘ser’ sin realidad al que lastra la objetivización posmoderna, que no se identifica con ese existente que apuesta contra su existencia y a favor del sueño vital del espectáculo, quien rechaza ser inventariado por la sistematización dogmática del racionalismo moderno. No se trata de personas que conspiran para eliminar con sistemas de tranquilidad o calmantes intelectuales la angustia, o de una u otra teoría, sino justamente de quienes mantienen viva la inquietud intelectual y la crítica pero evitan dentro de sí mismos que el pensamiento les desintegre en un juego de cifras y de palabras sin peso que matan el misterio, la extrañeza de existir, y con ella toda posibilidad de esperanza y voluntad de cambio, de acción efectiva. “El pensamiento -dice Gabriel Marcel-, es un encaminamiento, más bien que una ordenación, una perforación más bien que una construcción; una roturación siempre repetida sobre el mismo lugar, más bien que un recorrido. No se trata tanto de edificar como de cavar” (G. Marcel, Homo Viator; Du refus á Vinvocation).
En el monopolio erigido por la razón abundan quienes se jactan en su arrogancia de la revelación de lo real, de haber descifrado al hombre; y desahuciándolo con ideas conclusivas y definitivas sólo instigan la desesperanza. ¿Cuánto ayuda a esa sensación apocalíptica del presente la dialéctica que no oscila entre la vida y la muerte, entre las fuerzas positivas de la continuidad y aquellas negativas de la destrucción? La crítica es hoy más que nunca necesaria, pero se debe reparar también en los aspectos positivos. Entiendo que este mundo a vista de pájaro pueda resultar una fiesta de locos y suicidas, pero si uno aguza su mirada y se vuelve pastor de lo inmediato, comprende las batallas por las que pasan los demás y ve que no son distintas a las de uno, nota que a pesar del pesimismo, la confusión y el cansancio que se percibe, se puede vislumbrar el destello de algo enigmático y benévolo que, aún con todas sus imperfecciones, o mejor dicho, gracias a ellas, dotan al ser humano de una luz que le redime. Existe algo bello en ese acontecer, en esa resistencia y fricción. A pesar de todo hay poesía. Hace falta dejar de pensar en el hombre como algo abstracto, recuperar el asombro por cada existencia.
Millones y millones de historias de amor y buena voluntad brotan cada día en este mundo, suelen hacerlo acompañadas de otras emociones no tan delicadas y con idéntica liviandad con la que lo hacen sus contrarias. Pero, a diferencia de éstas, las emociones positivas y sus grandes obras suelen quedar silenciadas bajo toneladas de negatividad, reducidas al ámbito de lo excepcional. No son objeto de estadísticas, pues el amor, en un mundo dominado por la violencia, se ha vuelto revolucionario. A pesar de ser sentenciado por débil, banalizado, expoliado por el sarcasmo y la violencia, reducido a categoría de venta y, como la belleza en el arte, condenado, aun así no han podido con él. El amor sigue moviendo la mano del artesano, el juguete del niño, la caricia del padre, las sonrisas de los amigos…, éste diálogo. Hay mucho amor bajo el silencio de los que resisten.
Si removiéramos historias entre quienes más padecen veríamos que la solidaridad y la empatía suelen ser hierbas que crecen más fuertes en terreno inhóspito. Lo cual me lleva a pensar que es necesario hacer una lectura más justa para con esas millones de personas que, a pesar de todo, siguen levantándose cada día y agradeciendo al suelo por su existencia, y tienen la valentía de ser esos héroes trágicos de proporciones mitológicas que señalaba Anna Popovitcha a própósito de Antonio Caso, y que desde su humilde parcela de trabajo logran grandes avances humanos. Se debe creer en la posibilidad admonitoria que nos proporciona el fracaso, y otorgar al futuro toda la promiscuidad de posibilidades que encierra la incertidumbre. Creo que la teoría de la inteligencia debe superar la representación materializante que se forma del individuo y dar cuenta así mismo de lo emotivo y afectivo, dejar vivo el misterio que entrañan la realidad, el pensamiento y el ser humano. Abandonar el anquilosamiento academicista y los excesos respecto a las ideas y las cosas, y afrontar el desafío crítico-creativo que nos propone esta encrucijada de la historia.
Paul Fenn es un joven intelectual norteamericano. Una encarnación del espíritu democrático que ha recorrido la historia de los Estados Unidos de Norteamérica, pero hoy agoniza. Le he preguntado: “How may I present you, as an activist, as a negative+positive dialectician, or as a world wanderer?” Su respuesta: “Eduardo, many thanks. Not an easy question to answer, as I am a trespasser in each, so had better commit to negative+positive dialectician, as I cannot stand (the missionary aspect of) activism, and travel less than I would like to!” He aquí su intervención:
I am thrilled by the opportunity to discuss negative critique/positive dialectics with you and your colleagues. I will develop a more studied response in ongoing writings, but want to reply now, directly and impulsively.
Negative dialectics itself contained a strategic oscillation between transcendent critique and immanent critique. In this sense it was never one thing. Positive dialectics for me was not a renunciation of negative dialectics, but rather a modification of its existing complexity.
The greatest mistake was plethocratic concern with the masses and the obsession with controlling or designing culture(as Herder said), and a withdrawal of the intelligentsia from genuine civic participation that was hardened by academic overspecialization (and defunding of the "humanities" - the ex-wife of the sciences). Intellectual non-participation causes the death of civil society.
In a political sense it was certainly a shift in the focus of work from negative critique as a way of writing to a new way of writing, but this would never become romantic in the sense of throwing off negative clarity. The world is dying, and war is both unending and accelerating. Yes, the Enlightenment has brought positive things - that is why we seek to rescue it from itself. We must clearly see the negative to be capable of the positive. But we should not pretend that what is great about Enlightenment could possible redeem it if current trends toward democratic collapse continue for much longer. As Voltaire said, sometimes the most dangerous man in the room is the one who says everything's going to be alright.

 

In some ways this is a dethronement, but not a postmodern one - we reassert modernity, and modern history as a specific epiphenomenon that must be rethought - rather than a generic de facto activity in empty time.
Positive dialectics should not be construed as a shift to positive action or praxis - nothing could be further from the truth. Positive dialectics is an epistemological trespass of the negative dialectician within the immanent critique. It is the immanent critique that must be positive, and this is a shift out of critique and into law, or governance - the textual opportunity of legal democracy, which I believe intellectuals (born in monasteries or serving princes) have had a hard time facing. Our epistemologies face away from politics: intellectual trespass is a change in the definition of knowledge and the way knowledge is acquired. Meanwhile, the experience of positive law under the establishment causes conflict and controversy: the dialectical action necessary to bring new life into transcendental negative critique as proposed by the Frankfurt School.
We should not think of a choice between negative and positive, but a changed relationship and role. This brings the discussion out of merely a theory and into a consideration of academic specialization as alienated labor and proletarianization, and a broad discussion of epistemology around training and certification. Specifically, trespass involves straying not merely out of specialties but across broad ranges of knowledges that must be mastered in the context of a political battle that absolutely depends upon intense negative transcendental critique in order to define and defend against counterattack by incumbent (establishment) interests. I am trying to make my own experience illustrative because it involves changing the largest, most powerful concentrations of capital with an umbilical cord to imperialism.
It is the epistemological front, the most important insight for me has been realizing how empty the technical world is of philosophers, and how powerful philosophy can be in technical environments if the epistemological trespass can be achieved - the establishment's nomenclature and magic understood and repurposed in entirely new structures. Positive dialectics within immanent critique specifically involves philosophical trespass and transformation of scientific knowledge.
When I say powerful, this is the power of the propagation of new ideas and possibilities for activists and elected officials, but more importantly powerful in being able to see through the opaque dark lens of technical myopia under industrial domination - in other words powerful in finding and realizing major, even glaring errors in status quo technical disciplines such as energy economics. Once you have penetrated through energy economics you can see what is really causing climate change or nuclear proliferation, for example, rather than the cost of nuclear power or coal power. Walking through a no-man's land of blind technicians, I have realized that it is not merely the moral abandonment of democracy by the intellectuals, but de-skilling - the abandonment of knowledges into controlled hermetic containers, that is causing the crisis of enlightenment as embodied in war/proliferation, climate change, worldwide species death, drugs, disintegrated society, non-participation, etc..
Aureliano Ortega es un profesor de filosofía de talla humanística en la Universidad de Guanajuato, un referente esencial en la academia mexicana y un intelectual de inquebrantable honestidad. El 11 de agosto envió el siguiente e-mail:
Siguiendo la sugerencia de Eduardo inscribo mi participación en este coloquio virtual, como dice Paul Fenn, de manera directa e impulsiva:
Creo que en primer lugar es preciso separar lo que concierne a la "dialéctica negativa" de lo que atañe al "pesimismo". La dialéctica negativa, tal como yo la entiendo, es un recurso de índole epistemológica que, de acuerdo a su enunciación clásica dice: "...en la inteligencia y explicación positiva de lo que existe abriga a la par la inteligencia de su negación, de su muerte forzosa; porque crítica y revolucionaria por esencia, enfoca todas las formas actuales en pleno movimiento, sin omitir, por tanto, lo que tiene de perecedero y sin dejarse intimida por nada". Mientras, en su versión radical supone dejar atrás el principio lógico de identidad y de no contradicción para hacer saltar la impronta económica que anima y deforma afirmativamente al discurso dominante. En efecto, no cito primero a Adorno sino al viejo Marx, porque si se lee cuidadosamente el fragmento podemos encontrar en él una respuesta (por lo menos en grado de tentativa) tanto a las preocupaciones de Anna como a las de Ana; es decir, la necesidad de producir casi inevitablemente diagnósticos "apocalípticos" junto con la posibilidad de entender, al mismo tiempo, que ese "pleno movimiento" no es mecánico sino histórico y que, por ello mismo, nos incluye, siempre y cuando asumamos la crítica sin concesiones de "todo lo que existe" y que no nos "dejemos intimidar por nada".
Y aquí hace su entrada el pesimismo, una de nuestras actuales "pasiones tristes".
Es igualmente necesario establecer matices; primero, distinguir el pesimismo sin más (amigo de la acedia nihilista y el conformismo) de cierto pesimismo "activo" u "orgánico" que, creo, conservamos la mayoría de los que eventualmente conversamos aquí, en el Almanaque y en Crisis y Crítica. Pesimismo crítico- negativo relativo a las instituciones caducas o podridas, a los relatos académicos acríticamente edificantes y pesimismo respecto a las viejas formas de participación política mediatizada (en donde lo inevitable negativo actúa como recurso deconstructivo y esclarecedor) pero que finalmente se resuelve en "optimismo de la voluntad", porque en el fondo también se nutre de lo que menciona Ana, de ese amor que mueve la mano del panadero...
Javier Corona es Rector de la Universidad de Guanajuato. Autor de Theodor Adorno. Individuo y reflexión crítica. Recientemente ha publicado el artículo “México. Tierra devastada” en El viejo topo.
El diálogo, el cambio, la intranquilidad, la forma de esperanza... esa sería para mí una forma de concebir la esencia de la dialéctica negativa. Sin embargo, a la crítica se le asocia por lo común con el diagnóstico apocalíptico y el pesimismo, pero cabría advertir que, al menos en las reflexiones de la teoría crítica, tal pesimismo no representa una actitud moral o existencial que en lo personal se elige como postura ante la vida. Si la negatividad sólo fuera eso, todo lo creativo y poético que acaece en el trascurrir cotidiano, pasaría inadvertido; por el contrario, el pesimismo es una posición histórica ante el desenlace de la civilización, no una elección moral ni un pesado fardo existencial. Para una mirada crítica como la de Benjamin, la revolución tiene una consigna radical: cortar la mecha antes de que todo vuele en mil pedazos. Y eso significa detener el progreso, o lo que es lo mismo, no olvidar lo que ha pasado. Pero por otra parte, dialéctica positiva tampoco tendría que significar necesariamente la elaboración de propuestas edificantes, parecería que la obligación posmoderna de "tener que proponer algo" nos ha convencido de que la crítica no basta. Paralelamente, si vamos al plano epistemológico, tendemos a caer en el atolladero de siempre: la creación de dualismos y polaridades, dialéctica negativa versus dialéctica positiva. Para Husserl la superación de los dualismos epistemológicos se lograría en tanto que la lógica se conciba como un campo de fuerzas en el que tienen lugar diversas series de atracciones y repulsiones, aquí me parece que está la simiente de la reflexión filosófica de Adorno sobre la constelación discursiva, que permite no sólo ir más allá de la espiral hegeliana de la crítica que supera y conserva, sino entrar al vórtice del pensamiento, que en la actualidad, a la vista de la violencia y crueldad que impera en México, no puede ser optimista, sería un insulto para todas las víctimas.
Christopher Britt se doctoró en Princeton con una tesis sobre la ideología española: “Quixotism”. En ella revisaba la tradición protofascista de Unamuno, Maeztu, Ortega... Hoy trabaja con Paul y Eduardo en el proyecto: Enlightenment in an Age of Destruction.
Negative dialectics helps us identify and denounce the perverted logic that animates the major deceptions of our time. These are, in no specific order, the idea that slavery is freedom, the pretense that empire empowers democracy, and the argument that the destruction of entire civilizations is an internationally sanctioned project of “nation building” and “peace keeping” intended to defend the so-called “human rights” of those whose lives are thus summarily destroyed. Negative dialectics enables us to occupy positions from which we can negate that slavery is freedom, empire is democracy, or war is peace. It helps us demonstrate the fact that we can’t countenance lies. Not just because we are philosophical and love the truth, but also because we are all-too-well aware that the perversions involved in these deceptions, in these lies, in these shams and scams and “wham-bam, thank-you ma’ams” are morally reprehensible. The danger involved in sustaining this negative position is, of course, as several of you have pointed out already, feeling discouraged and pessimistic about our ability to change the world: feeling like, once we have unveiled the deceptions, there is nothing left for us to do but resist.
Positive dialectics adds an opportunity for protagonism to this unveiling of deception. It is not simply a matter of paying witness to the existence of better forms of life, as much in the past as in the present and in the foreseeable future; but a matter of constructing these forms of life. The moral dangers involved in such a move are, of course, multiple. To the past belong the melancholic temptations of nostalgia; to the present, the blissful temptations of myopia; and to the future, the confident temptations of foresight. Each would tempt us with a false hope, a deceptive utopian vision. So we must guard against these tempting false hopes and distinguish them from true hope. Positive dialectics places us in a position to do just that, by redirecting our intellectual attention and reorienting our emotional energy toward something far more powerful than hope: trust, and not just the self-trust of radically self-reliant individuals but the mutual trust of radically interdependent families and communities. Unlike hope, which looks away from the present with longing for either the past or the future, trust is based in the here and now of experience.
Pessimism : Hope : Optimism : Trust
You wake up. You see that the world is a mess, that the survival of human life and human civilizations the world over faces growing threats from global economic and political forces, that the oceans are dying, that the rivers are being poisoned with mercury, that the trees are being cut down to make room for cows, that people are dying of hunger, of violence, of desperation … and you also see that the powers that be insist that we are, to all intents and purposes, living like Voltaire’s Pangloss in the best of all possible worlds. And so begins your daily rant: slavery is not freedom, empire is not democracy, war is not peace: your daily negative dialectical rant and rave. Working yourself up into a frenzy, pessimism visits you. It wants to confuse you and get you to hope against your hope. When what you really need to do, in order to overcome yourself of pessimism, is remove yourself from hope. Trusting life – trusting the fact that you are still breathing, still seeing, still thinking, still desiring, still living – you affirm your indomitable lust for life and you take a bite of the apple of the tree of knowledge.
El 16 de agosto de 2015, meditando sobre las sagas populares de jagunços y cangaceiros a orillas del mítico río São Francisco, en las proximidades de la joya barroca de Penedo, Eduardo Subirats, un filósofo exiliado de origen europeo, encontró un manuscrito encerrado en una botella. Estaba escrito a tinta, con trazos fuertes de una letra gótica y en alemán. Debía ser una carta antigua. Quizás las notas de un misionero que se inició en los misterios de la vida y el universo con un chamán, abandonó su misión colonial y murió olvidado en el sertão brasileiro: Occidente, la humanidad representada por el espíritu cristiano de la civilización capitalista, ha olvidado que el relato mítico de sus orígenes como civilización universal condena expresamente y somete a un olvido absoluto a la Diosa Eva del Edén. La primera mujer, que en todas las mitologías es la Gran Madre y el origen sagrado de la creación, se transforma en Bereshit de la Torah – literalmente la arché de la sabiduría que el cristianismo redujo al concepto gramatológico de Libro – en su contrario. El arte cristiano representa a Eva como encarnación de una belleza femenina voluptuosa y sin espíritu, estigmatizada por el castigo, la culpa y la constricción. No posee la menor independencia biológica con respecto al hombre, que en este génesis puesto sobre su cabeza es elevado a la categoría de madre de la primera mujer. Su signo es la ausencia de voluntad, la facilidad con la que se deja seducir y engañar, e incluso sus señales de primera madre de la humanidad se ocultan tras la sentencia condenatoria que Jaweh le impone: obedecer y servir al hombre, y dar a luz a través del dolor.
La señal sagrada que presidía a las grandes diosas madre antecesoras de la Eva bíblica – las diosas mesopotámicas Ishtar e Innana, o las mediterráneas Isis, Artemis o Deméter (la misma señal sagrada que Platón reconstruyó en una medida ya debilitada por el poder de las elites homosexuales de una Atenas políticamente corrupta y decadente) es el conocimiento. Innana y Deméter son las mediadoras del conocimiento supremo de los misterios del amor, la vida y la muerte. Nuestro amor por Sofía, por el saber en el sentido en que lo definió el humanismo renacentista, es un soplo exánime de aquella veneración religiosa de las fuentes de la vida en todos los cultos y las culturas precristianos.
Innana o Afrodita, como también la sulamita del Cantar de los cantares o Radha, la amante de Krisna en Gita Govinda, son diosas vinculadas al amor tanto físico como espiritual. Son representaciones del amor y la procreación en la belleza. La sabiduría de Ishtar, Innana o Deméter están inextricablemente unidas a la vida y la creación. Al mismo tiempo, el conocimiento de las diosas madre, mediado siempre por el símbolo de la serpiente y por su belleza física, es un conocimiento de los misterios del árbol de la vida y eje del universo.
Pero este conocimiento, que entraña la magia y la medicina, y en el otro extremo los saberes cósmicos y espirituales, es hecho añicos bajo la violencia despótica y misógina de Yahweh, der Herr, the Lord, el Señor – el significante que originalmente nombraba el espíritu de un volcán mesopotámico. Esta sabiduría es reducida ahora, en el mito bíblico, a una curiosidad perversa, una expresión lasciva y una voluntad sumisa.
El resto de la historia la podemos dar por conocida. El Gran Patriarca impone el castigo, desata las tormentas de la culpa e infringe una continua constricción de los cuerpos y las almas. A la diosa de la vida la degrada a una función procreativa, constrictiva y dolorosa sometida al poder político del hombre. Y al primer hombre, Adán, le condena a extender su dominación agresiva por el mundo entero. Dominación providencialmente fundada. Dominación de la mujer, de la naturaleza y de los restantes pueblos. Dominación en nombre de un poder único, excluyente y absoluto, Yahweh-Elohim, Señor y Dios. Una dominación humana de la naturaleza y una dominación del hombre sobre la mujer fundados en la culpa. Sus principios mitológicos son kabash y radah, verbos hebreos que comprenden los significados de someter, encadenar, forzar o violar; radah se traduce por prevalecer, dominar o reinar.
La historia de Occidente es el desarrollo de este principio mitológico del logos de la dominación. Es la realización del misterioso poder de lo negativo. Un espíritu y una dialéctica destructivos de los vínculos eróticos del humano con la naturaleza y el ser. Hoy asistimos a sus últimos…
(La tinta del manuscrito se había disuelto en las aguas del río a partir de esta última palabra.)
Ana March respondió inmediatamente:
Nuestro amor por la razón tiende a embalsamar con ungüentos epistemológicos y teóricos el goce sensual. Presa de su propia insuficiencia, de la permanente querella que mantiene consigo misma, la razón se ha vuelto cómplice de esa falta de poesía y de belleza a la que quiere acostumbrarnos el monstruo utilitarista. Sus ornamentos temporales nos arrancan de las manos la abundancia de las flores y los frutos, nos privan de saborear la simplicidad del misterio, la fascinación sencilla que se erige en el espíritu cuando, abandonando la palabra, nos entregamos al instante. Los hombres sufren de futuro, irrumpen en la vida, huyen en el tiempo, buscan. La búsqueda nos ha hecho caer víctimas de un tumultuoso hechizo, hemos olvidado temporalmente cómo saborear también las estrellas. El hombre es un ser de proyectos líricos, siempre a medio camino entre la materia y el sueño. Todo es más que posible, pero el futuro nunca está, nunca llega. Sólo prevalecemos en lo efímero. Pero poco hemos aprendido de las turbulentas vorágines y las odiseas del corazón. Nos hemos postrado ante la lógica olvidando mezclar nuestras ideas con la floración de las emociones. Y con la desdicha que nos otorga el absurdo y la desesperación, hemos buscado por demasiado tiempo lo real sin cosechar esencias e intensidades, reusando de la belleza la emanación de un nuevo misticismo. Nuestras convicciones son estériles sin las potencias del espíritu. Sin nutrir la espesura de las sensaciones en la sangre, hemos rebajado a la altura del tedio lo indescifrable. Nuestro tiempo demanda otra sabia, otro murmullo en sus venas. Una dialéctica capaz de aprehender con sutil equilibrio la promiscuidad de fuerzas en lucha que labra nuestra existencia; esa compleja y misteriosa danza entre la vida y la muerte.