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01

Marzo de 2013

Crisis y Crítica - El fondo de la virtud

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Pocos son los que se resistieron al influjo de la superstición del ganador. Tendríamos que buscarlos en la provincia mágica de la poesía, donde Baudelaire se preguntaba: “¿Y si nos fuese indiferente ganar o perder?” Pero a veces esas voces surgen en lugares inesperados. En una frase que bien podría haber sido pronunciada por su homónimo griego, un artista de la bola llamado Sócrates reflexionaba: “¿Qué importa ganar o perder? Lo importante es ser feliz”. Sócrates, que vivió como jugó, perdió un Mundial que debió ganar, pero nunca se lamentó. Sólo los necios no guardarán eterno recuerdo de aquella selección fulgurante que maravilló por su escrupuloso respeto por la bola y la plasticidad del juego, no por el resultado. Un carnaval para los ojos, Sócrates, aquél cerbatana que se deslizaba por el campo con su zancada de seda y trataba la bola como a porcelana, enseñó que el músculo jamás estará a la altura del talento y la fantasía. Años después Brasil ganó el Mundial y entró en el reino de las estadísticas; pero la fiesta ya había acabado y el legado de Sócrates fue substituido por la mezquindad y los valores marciales: el fin justifica los medios, decía, mientras levantaba la copa, el capitán, un pretoriano con los pies de madera que no estaba para bromas.

 

Desgraciadamente, el clima moral de nuestra época no permite abrigar muchas esperanzas de que la figura del perdedor con principios y grandeza, incapaz de pasar por encima de códigos de honra innegociables, que, como Quinto Curcio, prefieren “quejarse de su mala suerte que avergonzarse de la victoria”, constituya un ejemplo de conducta para nadie. Hoy el Bogart de Casablanca pasaría por un perdedor de la peor categoría: el imbécil romántico; ¿y quién estaría dispuesto a identificarse con los maravillosos losers de Peckinpah, un Warren Oates en Quiero la cabeza de Alfredo García, Jason Robards, literalmente atropellado por el progreso, en La Balada de Cable Hook, Steve McQueen en Junior Bonner, o William Holden en Grupo Salvaje, o en Picnic, la espléndida película de Joshua Logan? ¿Para quién sería un modelo el Eddie Nelson al que con categoría insuperable dio vida Paul Newman en El Buscavidas de Robert Rosen? ¿Y quién se reflejaría con el propio Newman cuando en la película del maestro Lumet, Veredicto Final, en su papel de Frank Galvin, un abogado decadente y autodestructivo, se presenta en el despacho de un cardenal dispuesto aceptar una fuerte suma de dinero para cerrar el caso de una joven a quien los médicos de un hospital católico habían reducido a vegetal en un caso evidente de negligencia, y contra su propio interés, dice serenamente: “vine aquí para tomar su dinero; pero no puedo aceptar … porque si lo tomo, estoy perdido”? ¿Podrían esas momias tecnológicas o esos precoces aspirantes a Tío Gilito comprender por qué estaría perdido, si con aceptar el dinero acabaría con todas sus preocupaciones? ¿Quién, con menos de treinta años, se emocionaría con Jack Lemmond en El Apartamento; con Alan Ladd en Shane; con Lee Marvin, Burt Lancaster y Jack Palance en Los Profesionales; con Kirk Douglas en Los Valientes andan solos, que él siempre consideró su película favorita, en el papel de un inadaptado tecnológico, que prefiere ser engullido por el progreso que renunciar a los códigos de la amistad? ¿Y qué decir del papel de John Wayne en El Hombre que mató a Liberty Balance, o el de ese adorable viejo de la sublime Una Historia Verdadera, del habitualmente irritante David Lynch, que a riesgo de su precaria salud se lanza a la carretera para recorrer cientos de kilómetros en una segadora con el fin de visitar a su hermano con el que está enfrentado desde hace años? ¿Pero qué puede importarles a los jóvenes de hoy toda esta grandeza moral cuando su única preocupación consiste en no perderse el estreno de la última entrega de la saga de vampiros adolescentes o la última película de un relamido aprendiz de brujo?

 

Volviendo a nuestro blogger galo, en una de sus entradas encontramos una severa censura de la “ambición vehemente de salir victorioso, allí donde sería más natural salir vencido, pues la primacía singular por encima del común de las gentes no habla bien de un hombre de honor tratándose de cosas frívolas” (Essais, I, L). He ahí, en pocas palabras, la clave del asunto: la cuestión principal no reside en ganar o perder, sino de la naturaleza del emprendimiento. Si se trata de una empresa sin altura, participar ya es garantía de fracaso. Empeñar el alma en la consecución de fortuna material nos obligará a negociar con Mefistófeles, a adaptarnos a la cultura de casino, a ser hombres prosaicos, y poco importa que lo consigamos o no.

 

***

 

No obstante, el pecado capital del mundo de los ganadores, por encima de cualquier otra consideración, es la fealdad. Como se lamentaba D. H. Lawrence, casas feas, feos muebles, feas ropas, feas relaciones, feos modales; nada escapa al reinado de la fealdad en esta era tan bajamente lírica.

 

Domicilio permanente del mal gusto, la arquitectura contemporánea es, sin excepción, fea, desabrida, uniforme, dura, fría, inhumana y concentracionária: rascacielos espejados, sedes reales del gobierno del dinero, que nos mira sin ser visto; horripilantes colmenas de apartamentos; ciudades infernales, sacrificadas a la circulación; aparcamientos, dependencia extrema de movilidades motorizadas; casas saturadas de artefactos tecnológicos; centros comerciales, aeropuertos, oficinas, y demás espacios totalitarios donde todos los movimientos son controlados hasta en los menores detalles, seres humanos sometidos a un condicionamiento técnico extremo (falta de luz natural, aire acondicionado, confusión entre día y noche y entre estaciones, fijación del comportamiento, desplazamientos internos limitados, ausencia de puntos ciegos de vigilancia); segregación física y fragmentación del espacio en guetos, de ricos o de pobres; supresión de la calle; aceleración de la urbanización del campo; y todo eso sin olvidar esos esplendorosos homenajes a la imbecilidad humana que son los parques de atracciones, donde exangües trabajadores intentan distraer su miserable condición procurando desesperadamente divertirse, sin reparar en que “trabajar es menos aburrido que divertirse” (Baudelaire). Naturalmente, esos fósiles ambulantes que duermen con las biblias obreras del siglo XIX debajo de la almohada, equivocando como siempre el enemigo, ignoraron el triunfo incontestable de uno de los mayores infames de la Modernidad, Le Corbusier, aquél suizo que con su lema: “matar la calle”, hizo de su vida una cruzada política contra los peatones y la comunidad.

 

Ni siquiera aquellos espacios privilegiados de conversación que eran los cafés sobrevivieron a la quema, barridos por el tumulto de bares y discotecas. Comentaba el propio Baudelaire que un conocido suyo nunca entraba en un café sin una cierta emoción; pero, ¿qué emoción puede sugerir antros que aniquilan la palabra, como las discotecas, donde nada romántico, en ningún sentido, podrá jamás acontecer?

 

Si la morfología física del mundo daría para escribir una enciclopedia ilustrada de monstruosidades, el arte de vestir alcanzó en la vulgaridad actual el límite de lo sublime. En su blog, Montaigne deploraba, consternado, “el descuido que se ve en nuestros jóvenes en el modo de llevar sus ropas” (Essais, I, XXV); ¿podemos imaginar qué opinión le provocaría, en materia textil, contemplar a esos jóvenes actuales que se presentan en el espacio público como si fuesen de acampada, a trabajar en una cantera, o acabasen de salir de un corral de dar de comer a las gallinas?

 

“Una cierta manera de vestirse, escribía Balzac, anuncia una cierta esfera de nobleza y de buen gusto”; además, el refinamiento en la indumentaria constituye una manifestación exterior de un modo de entender la existencia basado en la delicadeza, el gusto, el cuidado de sí, y en la deferencia y el respeto a los demás. Enemiga acérrima del confort y de la moda, la sutileza en el vestir delata un deseo de distinción que nuestros cibernéticos tiempos desconocen; hoy la negligencia y el descuido no necesitan justificarse, y ya nadie desconfía, por principio, como Baudelaire, de un hombre mal vestido. Arruinada estéticamente por la cultura del dinero, el arte de vestir quedó emparedada entre la falta de decoro y los estragos del prêt-à-porter. Y no se piense que se trata de una cuestión de “clase” o de recursos financieros, ni que los acaudalados escapan de la fascinación por la vulgaridad. Baste recordar la ocasión en que el genial Billy Wilder, ya nonagenario, reprendió a Tom Cruise por aparecer de vaqueros en su oficina: “En mi tiempo, le espetó, las estrellas aparecían siempre impecables; aunque fuesen a comprar el pan”. Respondamos sin dilación a las previsibles e pueriles acusaciones de elitismo. Cualquier vistazo a las fotos de los congresos obreros de hace un siglo nos mostrará que, inclusive para los trabajadores sin cualificación, vestirse de cualquier forma era, más que un ejercicio de estética, una cuestión de honra y dignidad.

 

Análogamente al descuido de la apariencia, la degeneración de los códigos de comportamiento y total ausencia de modales apenas provocan un murmullo de desaprobación. Es difícil creer en los extremos de incorrección y grosería que alcanzó la vida pública. “No saludar a quien saluda, o no volver una buena respuesta a quien te habla, o es una barbaridad extrema o de una descuidad molicie. ¡Qué poco es, y qué poco cuesta, saludar, ser afable, ser bien criado, honrar a todos!”, reflexionaba Juan Luis Vives.

 

Sin embargo, entrar sin permitir salir, abalanzarse sobre los asientos libres en el transporte colectivo en una competición feroz, hablar a un volumen similar al que usaríamos para pedir socorro si nuestra casa fuese pasto del fuego, ser impertinente, impaciente y practicar la grosería con el prójimo, escupir con preparativos acústicos, sonarse con aparato y pompa, convertir la calle en un estercolero a cielo abierto, hacer manicuras de emergencia en lugares públicos, sin mencionar prácticas de mayor tenor escatológico, siendo como son prácticas repudiables e inadmisibles, hoy parecen no vulnerar los códigos más elementales de convivencia, ni ultrajar el sentido de urbanidad, ese “deseo de de recibirla, y de ser tenido por educado”,[36] como la definía La Rochefoucauld. “Los hombres, nacidos para vivir juntos, nacieron también para agradarse; y quien no observase los usos recibidos, incomodaría a todas las personas con las que tratase, y se desacreditaría de manera que se tornaría incapaz de hacer ningún bien”,[37] declaraba Montesquieu, mientras Molière afirmaba: “Si somos del mundo siempre se presume que debemos usar la urbanidad como una vieja costumbre”. Pero en un mundo en el que las novedades envejecen en cuestión de días y las costumbres son fabricadas e inmediatamente descartadas por la publicidad, esas viejas costumbres a las que se refería el francés perdieron toda su vigencia y su perdurabilidad.

 

 Goya, Los Caprichos, 24, No hubo remedio (El Prado, 1799)

 

Wilde, ese genio, constataba que en los pobres “no se puede encontrar la menor gracia de maneras, el hechizo de la palabra, la civilización, la cultura, el refinamiento en el placer, la alegría de vivir […] La miseria y la pobreza tienen tal fuerza degradante y ejercen un efecto tan paralizador sobre la naturaleza humana, que ninguna clase es jamás, de hecho, consciente de sus propios sufrimientos”.[38] En efecto, quien nace y se cría en uno de esos horrorosos nichos del suburbio de cualquier metrópoli, ¿qué puede saber de la belleza, del buen gusto y de la sensibilidad estética? Pero, insistimos, sería un error trágico pensar la vulgaridad y la carencia de gusto es patrimonio exclusivo de las capas más bajas de la población. Los ricos de hoy son tan indigentes en gusto, refinamiento y modales como los más humildes. Como afirmaba Flaubert de la estupidez, es una grosería formidable, formidable y universal.

 

 

EL PODER DE LAS PALABRAS

5En un magnífico estudio sobre los salones franceses del siglo XVII, Benedetta Craveri radiografía con brío y erudición un tiempo en el que el refinamiento y la sofisticación eran los únicos códigos de conducta admitidos por aquellas mujeres integrantes de la alta nobleza, las Madames, en reductos donde la gran violencia del mundo y la vulgaridad no tenían cabida.

 

En una época como la nuestra, donde los modelos de comportamiento postizos, fijados desde fuera, se suceden a ritmo incesante, próximos muchas veces de la caricatura, resulta difícil no admirar la soberana naturalidad de aquellos mundanos, que con un perfecto dominio de los gestos y de las palabras interpretaban el único modelo que se habían dado y en el que se reconocían. ¿Cómo, además, no comparar con melancolía nuestra percepción apresurada del ‘tiempo libre’ con una cultura del loisir donde el arte, la literatura, la música, la danza, el teatro y la conversación constituían una escuela permanente del cuerpo y del espíritu?[39]

 

Evitemos ante todo la demagogia: es obvio que el cortejo de personajes que desfilaban por los salones que describe Craveri pertenecían en su totalidad a la clase nobiliaria, con excepción de notables plebeyos y burgueses que se singularizaban por una brillante inteligencia (Diderot, D’Alembert, Voltaire, La Brùyere), y a quienes siempre se les recordó convenientemente el límite que constituía su origen; en otras palabras, estos espíritus sensibles formaban parte la clase dominante del Antiguo Régimen. Sin embargo, por esas mismas circunstancias, en lugar de a la cortesía y al heroísmo del gusto podrían igualmente haberse dedicado a emular a Gengis Khan o a Calígula.

 

Últimos vestigios de un universo que se desmoronaba gracias precisamente al culto a la razón incubado en sus salones, las Madames y sus frecuentadores inquirían en el espíritu humano con las armas del ingenio, la perspicacia, la intuición y la inteligencia, siempre desde el respeto exagerado por los buenos modales y la educación más refinada. ¿Y adivinan quién era su principal inspiración en esa tarea? Efectivamente, él mismo, nuestro querido blogger Michel de Montaigne, que había escrito sus Essais un siglo antes.

 

Con las questions, las maximes, las sentences, los mundanos descubrían una literatura que indagaba sobre el hombre, sobre sus pasiones, sobre sus debilidades, sus anomalías, una literatura para la que no se requerían estudios de retórica ni conocimientos específicos. Ahora bien, para poder practicarla era preciso conocer el ‘mundo’, su superficie visible, y sus mecanismos ocultos […] Un saber del que aquella sociedad se enorgullecía y que cultivaba, para distinguirse mejor, por medio de una observación sistemática de los comportamientos, de una penetración psicológica muy aguda, de una constante psicoanálisis, de un ejercicio muy minucioso de la politesse y del arte de la palabra.[40]

 

El arte de la palabra reposaba ciertamente sobre la capacidad discursiva, pero también sobre la palabra escrita. Prolijas escritoras de cartas que constituyen auténticos homenajes a la camaradería, al valor de la amistad, al amor, casto o carnal; profundas reflexiones sobre una época, y en muchos casos obras maestras de elocuencia, las Divinas sabían que el papel exige un tempo diferente: es la soledad del autor frente a pensamientos que no se amotinan para salir en estampida como en el correo electrónico. De manera contraria a los mails, el papel discrimina entre los verdaderos afectos y las exigencias de su banco, entre la propaganda y la confidencia de un amigo o de un amor. El papel recoge los matices que el mail volatiliza, y es una invitación, como bien sabía Vives, a “tratar mucho la pluma, que es la mejor maestra del mundo, la que más sirve y mejor enseña a hablar”.

 

Además, estaba la delicadeza de procurar un papel digno del sentimiento que se vertería sobre él, el esmero en la caligrafía, la estética del conjunto, del sobre al sello, cosas que se perdieron irreversiblemente. Las cartas como expresión de un sentimiento transmutaron en horrible monotonía electrónica. Los historiadores tendrán, de aquí en adelante, que naufragar entre cordilleras de mails perentorios y burocráticos para encontrar un miligramo de aquella naturaleza interior de los corresponsales que en otros tiempos, no tan lejanos, habrían hallado en unas breves líneas escritas en una carta a una hermana, un amigo, una pasión. ¿Podríamos hacernos una idea aproximada de temperamentos únicos como Voltaire si no hubiésemos preservados sus más de dieciséis mil cartas? ¿Y quién se aproximaría hoy a ese prodigioso volumen, cuando el simple hecho de llevar un diario constituye una raridad? ¿Quién sería capaz de elaborar un texto con una cierta altura literaria si nunca, a pesar de la cantidad de libros editados, se leyó tan espantosamente mal como en nuestro tiempo?

 

Ciertamente, ninguna época acogió un número de lectores superior al de no lectores; empero, lo fundamental será siempre qué leer y cómo. La carencia actual de grandes literatos no constituiría en sí misma un problema; al contrario, podríamos aprovechar este desierto para leer todo lo que las generaciones anteriores nos legaron. Ya Diderot se asombraba de la enorme cantidad de libros publicados y de la inutilidad de la mayor parte de ellos, y es claro que ningún hombre sería capaz de absorber siquiera los imprescindibles. Pero nada de eso posee algún interés frente a la hipnótica fascinación de la trepidante innovación tecnológica que ahora amenaza, nada menos, que con crear “bibliotecas virtuales”.

 

Al comparar una biblioteca virtual con la tradicional de tinta y papel, señala Manguel, debemos recordar varias cosas: que leer, para permitir la reflexión, exige con frecuencia lentitud, profundidad y contexto […] que ojear un libro o deambular entre estantes está íntimamente ligado al oficio de leer y no puede ser substituido enteramente por la lectura de un texto que de desplaza por una pantalla.[41]

 

En permanente estado de trance tecnológico, en general, los jóvenes no consideran los libros como amigos fieles, como tesoros permanentemente disponibles, y mucho menos, como afirmaba Borges, como “una promesa de felicidad”. El fetichismo electrónico deslumbró a aquellos que no son, y no serán nunca, lectores; esto es, a aquellos que confunden los libros con una sopa de letras encerrada en una máquina.

 

Un lector es otra cosa, y no debe ser identificado con el ciudadano que lee porque busca la facilidad y que le rapten de lo cotidiano, que busca “novelas cursis para satisfacer la vida sentimental que no tiene, novela noir para compensar la rutina diaria, y novela porno para evadirse”, pero no le procurará, en primer lugar, salvo raras excepciones, nada que le “eleve el espíritu’, le pida un esfuerzo, provoque una reflexión o una toma de conciencia y exija continuidad. No debemos culpar al hombre por eso, sino a la propia condición de su vida, a todos los niveles y para todas las profesiones”. La precisión en el diagnóstico de Ellul parece poco discutible, y todos los remedios resultarán inútiles si no se procede a un cambio radical de los anclajes mentales del hombre moderno.

 

Hace falta, prosigue el francés, un esfuerzo excepcional, una eminente virtud y un sacrificio de la vida familiar para dedicarse a lecturas que no sean de entretenimiento. Y puesto que es lo que el lector desea, ¿por qué no le ofrecerían lo frívolo y lo beatífico? Después de todo, los productores de literatura no tienen por qué ser mártires ni héroes: hacen dinero. Para eso están. Y de paso embrutecen un poco más al lector.[42]

 

Los idólatras de los e-readers prescinden sin cargos de conciencia del libro porque, además de los motivos obvios relacionados con la superioridad incontestable del papel y su facilidad para la lectura, no les conmueve en absoluto imaginar el recorrido de un ejemplar con más de un siglo adquirido en una librería de viejo, real, no virtual, donde el librero les confió las peripecias del último propietario; no les interesan sus cicatrices físicas, que delatan su edad; no sienten la menor emoción en encontrar una dedicatoria del autor, un ex-libris, inclusive alguna nota del dueño original, ni en el hecho de asociar un libro con un momento de su vida, con un regalo de alguien querido, un acontecimiento, un viaje. Nada de eso les conmueve porque son hijos de la transparencia absoluta y desconocen el misterio.

 

Hoy ya casi ningún joven ambiciona hacer una biblioteca. Visitar la casa de un adolescente y encontrar más de veinte libros razonablemente juntos pretendiendo ser algo parecido a una biblioteca es un acontecimiento que debe ser festejado como el espectáculo insólito que es. Encontraremos, eso sí, toda la panoplia de artefactos electrónicos obligatorios: millares de CDs con los que tratan, con bastante éxito, de perforar e inutilizar sus pabellones auditivos, DVDs de películas aptas para inteligencias mínimas y de desoladores conciertos ofrecidos por ídolos adolescentes, los cincuenta modelos de camisetas de sus equipos favoritos lanzados en los últimos tres meses, Playstation 2, 3, 4, y pantallas que compiten en tamaño con las del cine. Encontraremos eso, pero no encontraremos bibliotecas.

 

In summa, es obvio que el hombre de la realidad virtual está a una galaxia de distancia del espíritu de los salones franceses. Sin embargo, lo que resulta preocupante es que la progresiva aceleración del tiempo en las sociedades contemporáneas está evaporando un sentido de la tradición imprescindible para la forja de individuos capaces de responder a sus referentes históricos. Convertidos en apéndices del ordenador, los jóvenes ignoran todo lo que no haya acontecido dentro de un arco temporal de unos pocos años, y en muchas ocasiones ese cuadro cronológico no va más allá de su edad biológica. Las nuevas tecnologías “consiguieron aniquilar el tiempo convencional, recurso precioso de la democracia. Las decisiones, como las armas, son de disparo rápido; el principal resultado es que, si bien puede haber una transición, es menos probable que haya una memoria”.[43]

 

La tiranía de la urgencia favoreció la proliferación de individuos que flotan en un limbo temporal sin consciencia de sus raíces ni sentido de la continuidad histórica, cuyo único interés se cifra en la satisfacción de alguna necesidad banal, con frecuencia compulsiva. Sin bases intelectuales firmes, son incapaces de seleccionar criterios de actuación ni de escoger lo que más le conviene. Si no saben cómo aprender tampoco sabrán qué aprender.

 

La posibilidad de establecer un diálogo con la tradición humanista y su incalculable legado de sabiduría se tornó una actividad profundamente desagradable y tediosa para individuos que no sienten ninguna necesidad de encontrar un sentido a su existencia, de cuestionar sus actos, sus elecciones, de ir más allá del próximo fin de semana que probablemente emplearán deglutiendo toneladas de indecible estupidez sentados frente a una pantalla, en algún viaje relámpago en el que harán millones de fotos para mostrar a los amigos los maravillosos lugares que no tuvieron tiempo de ver, o consumiendo ruido y cuerpos en alguno de esos infiernos a escala llamados discotecas. Reflexionar sobre estas cuestiones exige cierta distancia con el presente, aislamiento, meditación, silencio, y una mínima predisposición para el esfuerzo intelectual.

 

¿Qué máquina enseñará el gusto, el refinamiento, a valerse en el mundo, a proceder con honor, a ser galante? ¿Qué máquina enseñará a ser paciente y vivir en la espera antes de procurar la satisfacción inmediata? ¿Qué artefacto nos enseñará urbanidad, el respeto exagerado por el amor propio ajeno? ¿Y cuál nos dará la perfecta medida de las implicaciones prácticas, morales y estéticas de nuestras acciones? Se justifica la ignorancia del pasado porque se da por supuesto que tendía a esto, a este presente cautivo que no consigue reflexionar sobre sí mismo, puesto que no sabe de dónde viene y no tiene el menor interés por saber adónde va.