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01

Marzo de 2013

Crisis y Crítica - El fondo de la virtud

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Nada de esto les parece un escándalo, y poco les importa que la educación pueda ser otra cosa que preparar carne de cañón para esa entelequia del mercado, algo como ser capaz de elucidar “qué cosa es saber y qué cosa ignorar; qué cosas sean el valor, la templanza y la justicia; la diferencia que existe entre la ambición y la avaricia, la servidumbre y la sujeción; la libertad y la licencia, cuales son los caracteres que reviste lo sólido y el verdadero contentamiento; hasta qué punto son lícitos el temor de la muerte, el dolor y la deshonra” (Essais, I, XXV). ¿Cómo evitar la tentación de pensar que Bloy se refería a esos padres cuando afirmaba: “En lo referente a su ignorancia, esta supera todo lo imaginable. Ni siquiera pueden formarse una idea general y deben vivir exclusivamente sobre seculares lugares comunes que leen a sus hijos como novedades. Tinieblas sobre sepulcros”?[28]

 

Tomemos el caso de uno de los más mundialmente reputados padres para comprobar más claramente cómo nuestra cultura persigue con fruición la fabricación de esos seres ignorantes cuyo desconocimiento los convierte en perjudiciales y más o menos vergonzosos a los que se refería Diderot. Tiempo atrás, el Congreso norteamericano decidió invitar a Bill Gates, un hombre admirado por dos siglos sin ser admirable en absoluto, para que expusiese su opinión sobre las causas y las consecuencias de la bancarrota del sistema escolar público de los Estados Unidos. Como reconocía el gurú informático, solucionar ese estado de postración debía de ser una prioridad para la nación, pero no porque los niños y niñas norteamericanos no tuviesen la menor idea de quienes fueron Platón o Aristóteles, o porque los alumnos universitarios fuesen incapaces de leer un libro completo; ni siquiera porque redactasen con la habilidad de una escoba, o poseyesen una capacidad expresiva comparable a la de un sacacorchos.

 

No: en realidad no era por cosas tan irrelevantes que el señor Gates se personó en el Congreso; el verdadero motivo residía en su gran desasosiego con el hecho de que el sistema de enseñanza no conseguía formar los suficientes técnicos e ingenieros informáticos competentes como para satisfacer las necesidades de Silicom Valley, lo que estaba acarreando la necesidad de importar jóvenes ingenieros de la India, debilitando, de paso, el papel de los Estados Unidos en la global economy. Según este prestigioso humanista, cuantos más técnicos adiestrados manufacturen las escuelas y las universidades, más y mejores posibilidades habrá para que la técnica encuentre soluciones para todos los problemas que ella misma creó. Ese es el pseudo argumento fundamental: necesitamos más tecnología, no menos, y la escuela debe cumplir con su papel de producir técnicos, no ciudadanos autónomos.

 

Goya, Los Caprichos, 30, ¿Por qué esconderlos? (El Prado, 1799)

 

Es sintomático que a esta altura del campeonato, ese entusiasta del “mundo sin papel” (menos del de los billetes, como anota con malicia Manguel), que es el señor Gates, todavía confunda “libre mercado” con regímenes oligárquicos de capitalismo tecnológicamente avanzado, y desconozca, sin duda porque él mismo es uno de esos hombres perjudiciales y vergonzosos de Diderot, que Estado y Mercado son entes antitéticos que se excluyen mutuamente. Cuando se refiere a Mercado, alude a un espacio de control totalitario de las grandes corporaciones, como la mastodóntica que él fundó, que instrumentalizan el Estado en su único beneficio, e hipertrofian el desarrollo tecnológico para rentabilizar al máximo sus transacciones. No existe nada parecido a un Mercado, por lo menos en las transacciones verdaderamente relevantes, del mismo modo que es absurdo pensar que es “libre”. ¿Acaso le fue consultada a los ciudadanos la supuesta necesidad de invadir de ordenadores y demás sonajeros tecnológicos los hogares? Obviamente no, por la sencilla razón de que ningún hijo de vecino los necesitaba; sólo después, cuando vino en auxilio de los fabricantes la delictiva actividad de la publicidad para percutir la necesidad, los ciudadanos resolvieron declarar su amor a la máquina.

 

Sin embargo, lo más significativo de los comentarios de Gates es que cuando proclama la centralidad del Mercado en la vida social, está afirmando que los valores que segrega, a saber: competencia, astucia, codicia, pragmatismo, utilitarismo, y, por encima de todo, irresponsabilidad, son un espejo de los códigos y parámetros que deben de regir el mundo. Esa abstracción del “Mercado”, y sólo ella, determina lo que es bueno por el simple hecho de ser útil, más concretamente útil para ser vendido. Ese Mercado exige, y configura al mismo tiempo, un determinado perfil humano que privilegia el objetivo de enriquecerse por encima de cualquier otra consideración intelectual o moral. En consecuencia, el único criterio que debe comandar la educación, y, por tanto, la formación de los jóvenes, es la utilidad.

 

No nos debería extrañar, pues, que el señor Gates esté estudiando la posibilidad de instalar un reactor nuclear en China alimentado con uranio empobrecido, el mismo material extraído de un procesamiento igualmente nuclear con el que el ejército de su país revistió los misiles con los que bombardeó despiadadamente guarderías, escuelas, orfanatos y hospitales en Iraq, provocando una hecatombe de proporciones inimaginables entre la población civil. Nada detiene a este filántropo nuclear, ni siquiera el recuerdo de geografías del horror como Pensilvania, Chernobyl o Fukushima, alertas apocalípticas sobre la faústica ilusión de dominio absoluto sobre las fuerzas de la naturaleza, que él toma alegremente como lamentables contrapartidas del innegociable progreso tecnológico.

 

Da cierto vértigo, y mucha pena, pensar lo lejos que está todo esto del concepto de paideia griega, ciencia del hombre que combinaba la excelencia del oikos, de la vida privada, y la pasión por la ekklesia, por el bien común, siempre en un marco de prudencia y temor por los límites; y cómo no sentir envidia de aquella tropheia, la enseñanza de los más pequeños, que consistía exclusivamente en jugar, comer y dormir, cuando asistimos, satisfechos y divertidos, al espectáculo escalofriante de bebés con móviles entre los pañales. Platón sostenía que existen dos clases de individuos: los verdaderos filósofos, a los que les gusta “contemplar la verdad”; y los amantes de los “espectáculos, los predispuestos para la técnica y los hombres de acción”.[29]

 

Triste signo de los tiempos: hasta pocos siglos atrás, Gates habría sido considerado un prototipo de estos últimos, un hombre de rango inferior, un espíritu vilmente práctico, un simple técnico útil para ser consultado en casos puntuales y siempre relacionados con su oficio, pero nunca un modelo de referencia. Hoy son los temperamentos prácticos, los ganadores como él, los que orientan la incierta marcha del mundo. Porca miseria.

 

 

EL HOMBRE DE NEGOCIOS

4Si hay un fenómeno particularmente visible, incuestionable e inquietante en la cultura contemporánea, ese es sin duda el culto desvergonzado del ganador. Los media, la publicidad, los valores empresariales y el aparente sentido común de los discursos populares consolidaron una representación de la vida colectiva cuyo núcleo fundamental consiste en hacer de los individuos mercenarios de la fama y fanáticos de los laureles.

 

Importados del decálogo de los valores definidores del empresario americano: emprendedor, audaz, agresivo y determinado, ese arsenal de atributos impregnó de tal forma nuestro imaginario colectivo que parece que todo aquél que quiera “ser alguien” en la vida no tiene más camino que servirse de ellos para ir dejando cadáveres en la cuneta y ascender triunfante a las cumbres del dinero y la popularidad. Y no deberíamos sorprendernos, porque, ¿no formuló Hobbes aquella verdad eterna del homo homini lupus? ¿Y no demostró Spencer que “la lucha por la sobrevivencia” se manifestaba de forma aún más evidente en el campo social que en el de la naturaleza?

 

No obstante, olvidamos con demasiada facilidad que el culto del hombre de negocios fue en otra época motivo de vergüenza. “¿No te avergüenzas de poner tu cuidado en los medios para detenerte lo más posible en negocios, reputación y honores, cuando nada te preocupas del pensamiento, de la verdad y del alma, ni consigues imaginar hacer de eso lo máximamente bello?”,[30] reprendía Platón a un “empresario” heleno. En el universo griego los individuos que se entregaban a la acumulación de dinero eran ciudadanos despreciables que anteponían la riqueza a los intereses de la polis, de la ciudad. Valor supremo para los atenienses, la forja y transmisión de un espíritu ciudadano era considerado capital para el virtuoso funcionamiento de la vida colectiva, de tal forma que instituyeron la figura jurídica de la atimia, punición que impedía el ejercicio de la ciudadanía. El atimoi, el privado de ese derecho, se tornaba un ser marcado e indigno, incapacitado para ejercer sus derechos cívicos. Aquellos que, imbuidos de un loco deseo de riqueza, y entregados a los negocios (nec otium, sin tiempo para el ocio) prestaban más atención a la esfera privada que a los asuntos de la polis incurrían en idiocia. Acumulando dinero atraían el desprecio de sus conciudadanos y eran considerados “idiotas”, egoístas incapaces de autogobierno. “¡Medrad, medrad, amigos! Procuremos las virtudes después de las monedas”,[31] comentaba sarcástico Horacio; y un “griego” del siglo pasado, D. H. Lawrence, confesaba: “Cuando deseo hacerme rico, entonces sé que estoy enfermo / Pues, a decir verdad, tengo bastante como estoy. Entonces, cuando me sorprendo pensando: ¡Ah, si fuese rico! / Me digo a mí mismo: no estoy bien”.

 

Aunque ya no restase casi nada del espíritu democrático que brilló en Atenas, esa percepción sobre el gusto corruptor por la riqueza sobrevivió en algunos poetas y literatos latinos. Así, Juvenal escribía:

 

Sí, estos de quien hablo, viles avaros / son por el Pueblo en gran número habidos, / son de la fortuna artífices famosos, / que prosperar con grandes artes saben. / Trabajan de continuo, y no cesan nunca / de riqueza amontonar sobre riqueza. / Tal padre que antoja del avaro la suerte, […] / seguir la misma senda exhorta al hijo. / Elementos hay propios en este vicio, / en los cuales se afana el padre, que en el alma imprimen / los hijos, lucros sórdidos buscando.[32]

 

Curiosa subversión de los tiempos modernos, hoy son los “viles avaros” y los cazadores de “sórdidos lucros”, los “idiotas”, quienes dictan las pautas que definen al buen ciudadano.

 

Mandeville fue el primero en denunciar en los albores de la era moderna el absurdo de considerar que los “vicios privados” deberían ser domesticados en beneficio de la comunidad, argumentando que, por el contrario, esos vicios estimulaban las “virtudes públicas”. Así, los impostores que reclamaban restricciones a los impulsos de la codicia,

 

acordaron con otros en chamar VICIO a todo lo que el hombre, sin consideración por lo público, fuese capaz de cometer para satisfacer alguno de sus apetitos, si en tales acciones vislumbrase la más mínima posibilidad de que fuese nociva para algún miembro de la sociedad y de hacerlo menos servicial para los demás; y en dar el nombre de VIRTUD a cualquier acto por el cual el hombre, contrariando los impulsos de la Naturaleza, procurase el bien de los demás o el dominio de sus propias pasiones mediante la racional ambición de ser bueno.[33]

 

Smith y Locke, entre otros muchos, ensancharon ese meandro moral que desembocó, siglos después, en el imperio incontestable de los “vicios privados”. Poco o nada sorprendente resulta hoy que “cada uno se ocupe de saber el precio de sus mercancías y que tan pocos tengan el cuidado o la curiosidad para entender el verdadero valor de su ser”, algo que todavía conseguía asombrar en La Disimulación Honesta al italiano Torcuato Accetto, otro blogger que compartió durante unos años el mismo mundo que Montaigne.

 

Lo contrario del ganador es el loser, el perdedor, esa figura condenada al agravio imperdonable de no llegar el primero. Ridiculizado y fustigado sin contemplaciones, el perdedor es un fracasado sin esperanza, un ser destinado a la impotencia, un permanente motivo de escarnio y de piedad. Tener vocación de perdedor es condenarse al desprecio ajeno y a coleccionar injurias. “En mi diccionario no existe la palabra perder”, proclaman con orgullosa complacencia deportistas de elite; “eso es de perdedores”, se afirma, con espléndida ignorancia, de todo lo que no apunte a las vanas satisfacciones de los oropeles públicos; “no me gusta perder ni cuando juego con mis hijos”, exclaman, pagados de sí mismos, individuos que se consideran padres responsables; “fulano nació para perder”, se afirma de quien se niega a ser un cazador de recompensas. Así son los perdedores, individuos irredimibles que si no fuese porque con su existencia justifican a los ganadores deberían ir preparando el vaso con cicuta.

 

La cultura del perdedor como paria fue exacerbada hasta niveles extraordinarios por el desembarco cibernético. Dos décadas atrás esto ya era evidente para una inteligencia sagaz como Postman, que había captado perfectamente la “manera de ser de los vencedores”, esos elegidos que fantaseaban con el nuevo mundo que el ordenador convocaba, un mundo en el que las personas podrían “verificar el saldo en el talón de cheques con más exactitud, podrían aprender más recetas y hacer listas de la compra más lógicas”; lo que ignoraban los exaltados apologistas del ordenador era que, además de todas esas cosas estúpidas, ellos mismos “son seguidos y controlados con más facilidad; son sometidos a más exámenes; son mistificados cada vez más por las decisiones que son tomadas sobre ellos a sus expensas; muchas veces son reducidos a meros objetos numéricos. Son inundados de correspondencia inútil. Son blanco de las agencias de publicidad y de las organizaciones políticas”.[34] Alcanzada la magnificencia en el ejercicio del control de las mentes y los cuerpos, hoy “cada casa es un imperio separado”,[35] como escribió Montesquieu; pero, ¿a quién le importa eso si podemos verificar el saldo en nuestra cuenta bancaria, elaborar postres tailandeses, o comprar ventosas que adheridas al cuerpo nos hacen adelgazar mientras dormimos?