logo-univalle
logo crisis&critica
01

Marzo de 2013

Crisis y Crítica - El fondo de la virtud

Imprimir Descargaaumentar mermar Tamaño de la letra

Pero tal vez ese querer vivir más, y no mejor, encubre también un temor enraizado en lo más hondo al taedium vitae, al ennui baudelaireriano, al pánico a una vida estacionaria, o sea, a toda existencia no automatizada. Portadores de la angustia de no pertenecer a ningún presente, avanzamos sobre lo perentorio y no conseguimos detener nuestra inercia porque sopesamos esa posibilidad con la zozobra del conductor que ve en la reflexión la garantía de la hecatombe. Resultaría cómico, si no fuese dramático, comprobar cómo toda nuestra civilización se erige sobre los pilares de una mecanización cuyo único fin es matar el tiempo sin que nos demos cuenta, en distraer el tedio, mientras esperamos una muerte que disimulamos.

 

 

EL TIMO

(CONSIDERADO COMO UNA DE LAS CIENCIAS EXACTAS)

3La consolidación de la sociedad digital vino acompañada, como acontece en cada periodo de ofensiva tecnológica significativa, de una ambigüedad fundamental que se convirtió en el último refugio de los espíritus bien intencionados dispuestos a amortiguar el impacto de las nuevas imposiciones y a conceder que con discernimiento y mesura sus aspectos más nocivos podrían ser driblados. Ese elemento ambiguo es, claro, el argumento del “doble uso”, el favorito de los ingenuos que creen que el sistema de dominio técnico ofrece el antídoto junto con el veneno.

 

Según un lugar común avasalladoramente dominante la máquina es susceptible de ser usada “bien” o “mal”. La diferencia entre un uso y otro depende exclusivamente del usuario. Este instrumentalismo, que constituye la gran ilusión en la que se precipitó de forma suicida el movimiento obrero clásico, es tan antiguo como la tecnología característica de la era moderna.

 

En una crítica pionera sobre la televisión, Jerry Mander anticipaba que a sus consistentes argumentos contra el artefacto per se, “la mayoría de los americanos, de izquierda, centro o derecha, responderá que toda la tecnología no pasa de un instrumento neutro y benigno, de una herramienta usada de esta o de aquella manera conforme las manos en las que caiga”. No obstante, se apresuraba a replicar Mander, “una dada tecnología no puede ser usada mal o bien; no existe nada de intrínseco en la tecnología o en las circunstancias de su aparición capaz de determinar su buen uso, así como el control o los efectos que ejerce sobre la vida de los seres humanos o las formas sociales y políticas que nos rodean”.[23]

 

Efectivamente, no existe ninguna opción de uso diferente de aquella que viene adherida a la máquina, pero antes de examinar ese argumento, es preciso esclarecer un malentendido. “Bien” y “mal” son términos que pertenecen a la esfera moral, y, por tanto, no tienen absolutamente nada que ver con la técnica, dominio de la eficacia, la objetividad pura y el máximo rendimiento. ‘Bien” y “mal” no pertenecen a ese vocabulario porque las premisas y los objetivos de la técnica son de orden práctico, no moral. El desarrollo técnico se orienta a la satisfacción de necesidades que fueron creadas dentro de un marco general que engloba el conjunto de la técnica anterior, y que condicionó inexorablemente la subjetividad y el comportamiento humanos. Las nuevas tecnologías subsumen el conjunto de toda la técnica disponible, no constituyen un producto aislado sin conexión con todos los descubrimientos precedentes, y es absurdo pretender desligar su existencia del legado de opresión técnica propiciado por la consolidación de las representaciones del mundo propias del capitalismo.

 

La tecnología, en cualquier periodo histórico, nunca admitió sino un único uso, aquél que está en armonía con el espíritu de la época que la engendró, un espíritu que, a su vez, la tecnología contribuyó a forjar. Contemplar la posibilidad de usos diversos es un espejismo y prueba que “no se entendió nada del fenómeno técnico, en el que todos los elementos están ontológicamente unidos y cuyo uso es inseparable de su ser”, comenta Ellul. Lo que se desprende de las tesis del doble uso es que la técnica puede ser librada por el usuario de su idiosincrasia, de sus fundamentos, y que las calamidades que de ella se derivan son responsabilidad exclusiva del hombre que la maneja. La cuestión central, continuaba el francés, reposaba sobre el desconocimiento técnico y en la confusión entre máquina y técnica. “Se pueden hacer diversos usos de la máquina, pero sólo uno es un uso técnico: la máquina no es la técnica, que es el mejor medio de hacer alguna cosa. La técnica es un medio, con una reglas del juego, con una “manera de servirse de ella”, manera única, que no depende de nuestra elección porque no nos serviría de nada la máquina o la organización si no las utilizásemos como es debido”. Por tanto, cuando se afirma que se hace un uso indebido o “malo” de un medio técnico “significa que no hace de él un uso técnico, que no se le hace rendir   lo que podría rendir […] el hombre está situado frente una elección exclusiva, utilizar la técnica como se debe según las reglas técnicas, o no utilizarla en absoluto”.[24]

 

De todo lo anterior se desprende que si queremos posibilitar un “doble uso” de la técnica, deberíamos modificar su estructura, es decir, deberíamos modificar radicalmente su esencia técnica, lo que sería un perfecto absurdo. Obstinarse en sostener la existencia de usos a gusto del consumidor es abrazar el timo fundamental.

 

La opresión técnica deriva de una relación compleja y problemática entre el hombre y sus invenciones. Sin un esfuerzo por intentar prever, o por lo menos anticipar imaginariamente, los resultados de una determinada innovación técnica, su aplicación introduce un elemento de incertidumbre que nos condena a la expectativa y a los imponderables. Y esto es así porque en determinados campos de innovación la voluntad humana no interviene más que como impulso ciego que no cuestiona ni el medio ni la finalidad. Ciertamente, una operación técnica ya entraña en sí el resultado, lo determina, excluye el “doble uso”, y esa operación reposa sobre coordenadas mentales y materiales sedimentadas en un periodo de tiempo dilatado que no pueden ser modificadas inmediatamente por la libre acción de los individuos. Es la propia estructura la que determina el uso que se hará de una tecnología, y determinará de igual modo la subjetividad del usuario, puesto que encuadra la acción de los individuos. Una tecnología asentada se convierte en nuestro punto de anclaje mental y práctico, crea marcos de referencia, y altera el ambiente al que se incorpora; en consecuencia, transforma las representaciones colectivas. No hay una sociedad sin ordenador y la misma sociedad con ordenador: hay una sociedad pre informática, y una sociedad pos informática.

 

Por consiguiente, sea cual sea el uso que hagamos, por ejemplo, de Internet, esta siempre limitará la experiencia y atomizará a los individuos, a pesar de la cantinela apologética en sentido contrario; impondrá un nuevo sentido a la existencia dependiente de un artefacto electrónico; y mutilará sensorialmente, ya que por muy “interactiva” que sea una pantalla, siempre privilegiará la vista y el oído en detrimento del resto de sentidos. La intuición, la percepción, el olfato, la sensualidad, no tienen cabida en el mundo paralelo e irreal de la virtualidad. De modo análogo, la limitación de la experiencia acarrea una pérdida irreversible de habilidades que en otros tiempos sirvieron para una tarea tan banal y sin importancia como la preservar la especie humana. Es risible afirmar que la experiencia puede ser adquirida mediante un polo emisor de rayos.

 

Desarrollada como instrumento de transmisión instantánea de información por la “inteligencia militar” (aberrante abuso del lenguaje), ni Internet, ni ningún otro artefacto, puede obedecer a algún fin que a aquél que está inscrito en sus medios. No por común y extendida esta confusión entre medios y fines deja de ser uno de los absurdos más catastróficos que sirven de base para los pensamientos de aquellos que muy cómodamente se auto dispensan de la tarea de pensar. Expresión acabada de del viejo sueño del capitalismo de encoger el tiempo para reducir al mínimo el intervalo de retorno del capital; en otras palabras, de pulverizar los aspectos físico-temporales que dificultaban la acumulación acelerada de lucro, el “espacio virtual” fue ideado para lo inmediato, apunta a lo evanescente y lo fulgurante, al destello, a no dejar marca. En ningún caso surgió de una preocupación con la curiosidad intelectual, con la profundidad del saber, o con una formación espiritual y política de rango superior.

 

En un entrañable homenaje al universo de los libros, Alberto Manguel resume bien la esencia de lo virtual:

 

Informe como el agua, demasiado vasta para que ningún mortal pueda aprehenderla, la Red tiene excepcionales cualidades que nos permiten confundir lo inaprensible con lo eterno. Como el mar, es volátil: el setenta por ciento de sus comunicaciones duran menos de cuatro meses. Su virtud (su virtualidad) implica ese presente constante que para los eruditos medievales era una de las definiciones del infierno. Alejandría y sus eruditos, por el contrario, nunca confundieron la verdadera naturaleza del pasado: sabían que era la fuente necesaria de un presente mudable en que nuevos lectores establecían conversación con viejos textos que se renovaban en el proceso de una nueva lectura.[25]

 

Pero penetremos en el territorio de la fábula e ignoremos por un momento que el ciberespacio fabrica muertos vivientes en serie, que genera seres desorientados y letárgicos, etc., y concedamos crédito a esa fantasía que admite un “buen” uso. ¿En qué consiste ese uso “positivo” según sus panegiristas? Básicamente, en la posibilidad de disponer de un enorme reservatorio de información en “tiempo real”, en facilitar el acceso a todo conocimiento acumulado por la humanidad durante siglos, y en propiciar la comunicación instantánea. Comunicación, información, conocimiento: sobre estos tres ejes giran las supuestas virtudes de la Red.

 

Una vez afirmado lo anterior, las mistificaciones surgen de inmediato. Comencemos por la información: en su Arte de la Prudencia reparaba Gracián en que se “vive lo más de información: es lo menos lo que vemos; vivimos más de fe ajena; es el oído la segunda puerta de verdad, y principal de mentira”, y no tenemos motivos para pensar que las cosas cambiaron sino para peor a lo largo de los siglos que nos separan del moralista español. Resulta literalmente imposible que la realidad genere tal cantidad acontecimientos dignos de ser destacados que puedan saturar diariamente hojas y más hojas de periódicos, de papel o virtuales, y alimentar una chocante cantidad de programas de radio y de televisión, sin tener que hacer pasar por noticia, novedad o información las cosas más nimias y estúpidas, y sin tener que inocular el deseo de esas naderías entre los individuos que las consumen como si fuesen la propia realidad. En una de sus entradas, Montaigne se lamentaba de que cualquier contemporáneo suyo, “debiendo poseer el alma llena, la trae hinchada; en lugar de fortificarla, se conformó con inflarla” (Essais, I, XXIV).

 

Pero, sin duda, el equívoco más dilacerante reside en ese truco de prestidigitación que, igualando conocimiento y sabiduría, insinúa que con la virtualidad seremos una sociedad a las puertas de la excelencia intelectual. “¿Dónde está la sabiduría que perdimos con el conocimiento? / ¿Dónde está el conocimiento que perdimos con la información?”,[26] se preguntaba escéptico T. S. Elliot, en una década en la que la avalancha cibernética era impensable. La cultura dominante parece haber olvidado que conocer no equivale, en modo alguno, a saber, y ninguna injusticia haremos a sus ardorosos entusiastas “llamándolos amigos de la opinión antes que amigos de la sabiduría” (Platón).

 

No estableciendo “distinción alguna entre memoria y entendimiento” (Essais, I, IX), obviamos el hecho de que el saber exige esfuerzo y recogimiento; ocupándonos “únicamente para llenar la memoria, dejamos vacíos consciencia y entendimiento” (Essais, I, XXIV). “La facultad de juzgar está hueca” (Essais, I, XXIV), y en el mar de igualdad de Internet fluctuamos sin criterios de diferenciación entre lo superfluo y lo importante, entre lo anecdótico y lo esencial. La Red creó un nuevo marco cognitivo que condicionó todo el proceso de aprendizaje, e impuso un nuevo paradigma epistemológico en el que las tradicionales aventuras del espíritu que exigían movilización constante de la voluntad, la inteligencia y la memoria en marco de lentitud, están siendo suplidas por una habilidad mínima en el uso de un ratón y un deseo irreprimible de aprender “divirtiéndose”.

 

El hecho de que el nuevo Oráculo de Delfos, la Wikipedia, que es, según un reconocido lingüista, “mucho mejor que la Enciclopedia Británica” debido al “hipertexto”, contenga el triple de páginas sobre lastimosas calamidades como Justin Biber, Shakira o cualquiera de los millones de ejemplos disponibles, que sobre Scarlatti, Corelli, o Pergolesi, o que quintuplique la “información” en relación a Marsilio Ficino o Petrarca, será para casi todos prueba de que esa es la natural proporción de sus respectivas valías, y el metro con el que medir su trascendencia. “Debe prescindirse de todo lo que no sea provechoso” (Essais, I, XXV), sentenciaba Montaigne; pero si incluso así el alumno prefiere la divagación anestesiada y la disipación, no se ve más alternativa que la de que el “preceptor lo estrangule cuando nadie le observe, o que lo coloque de aprendiz en la pastelería de alguna ciudad”; el consejo del francés conduciría hoy a la sanción del asesinato en masa, o a la mucho más agradable superproducción de pasteles.

 

Según el lingüista mencionado, cualquier lector digital es capaz de establecer contextos sin mayores problemas gracias al “hiperlink” (¡qué término risible!), “siempre que tenga discernimiento y una educación a la altura”; cuestionando sobre si realmente el nudo gordiano no residiría ahí, en la imposibilidad de orientarse entre la dispersión, el reputado especialista se apresura a objetar: “la educación es un asunto a parte”. He aquí una prueba ejemplar del argumento del “doble uso” (sólo quien está educado correctamente lo usa adecuadamente), pero también del hecho de que no son únicamente las nuevas generaciones las que habitan en el limbo, sino que comparten ese dominio con una legión de intelectuales y especialistas en charlatanería, mistificación e irresponsabilidad. La educación, ¿es un asunto a parte de qué? ¿De la existencia? Epicentro de la vida social, ¿la informática no tiene un impacto extraordinario en la educación? ¿No es la “cultura virtual” la grande pedagoga de los jóvenes de hoy?

 

En el siglo XVIII, Diderot, en un panegírico de Voltaire, defendía una esencia universal y duradera de la función educativa: “En lo referente a la educación pública, no hay nada variable, nada que dependa de las circunstancias: el fin será el de todos los siglos: hacer hombres virtuosos y esclarecidos”. Y a continuación desenmascaraba la torpe ilusión de creer que la sabiduría podía ser adquirida sin un proceso inagotable y permanente de estudio:

 

¡Qué erudición no encontramos en Homero y en Virgilio! ¿Cuánto no debieron estudiar antes de escribir […] ¿Qué distingue a Voltaire de nuestros jóvenes literatos? La instrucción […] La finalidad de una escuela pública no es configurar un hombre profundo en un área cualquiera, sino iniciarlo en un gran número de conocimientos cuya ignorancia lo convertiría en un hombre perjudicial en todos los estados de la vida, y más o menos vergonzoso en otros muchos.[27]

 

Expuestos permanentemente a la intemperie del mundo virtual, excluimos los márgenes de sombra necesarios para la meditación y la reflexión, y entre el estrépito y la velocidad apenas conseguimos escuchar nuestra propia voz.

 

Es necesario reservar un fondo que nos pertenezca por entero, en el cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro y soledad. En él precisamos procurar nuestro ordinario mantenimiento moral, sacándola de recursos propios, de tal forma que ninguna comunicación e influencia alteren nuestros propósitos […] Tenemos un alma capaz de doblarse sobre sí misma; ella sola es capaz de acompañarse” (Essais I, XXXVIII)

 

 Goya, Los Caprichos, 39, Al igual que su abuelo (El Prado, 1799)

 

En todo caso, ¿por qué los jóvenes deberían escoger el camino tortuoso, demorado, demorado y sinuoso que conduce al “palacio de la sabiduría” (Blake) cuando las nuevas tecnologías les ahorran la ingrata tarea de pensar?

 

La inclinación del Homo Technologicus es la poseer un profundo conocimiento de prácticamente todo, excepto de lo imprescindible; carente de la menor curiosidad intelectual no ignora nada, salvo lo necesario. Atrofiado por horas de consumo digital compulsivo se torna crédulo, inauténtico, tornadizo, obtuso, y olvida que el secreto para interpretar el mundo y dar sentido a su propia existencia es el mismo desde que el hombre se dotó de razón: la contemplación, la reflexión, el estudio, la perseverancia, el diálogo y la experiencia. ¿Qué podría un joven de hoy responder a los versos de Shelley: “Espíritu, belleza que consagra / con su lumbre el humano pensamiento / sobre el que resplandeces, ¿dónde has ido?” Seguramente entraría en la Wikipedia para ver dónde fue a parar.

 

Por otro lado, resulta estremecedor el espectáculo de las asociaciones de padres exigiendo la invasión cibernética de las escuelas; cuando esa exigencia, compartida entusiásticamente por profesores, burócratas estatales, y esa masa amorfa denominada “opinión pública” sea una realidad y todo el espacio escolar se haya informatizado, estaremos en condiciones de certificar definitivamente la muerte de la cultura de la paciencia y de la contemplación, atropellada por la agitación frenética que impedirá todo pensamiento conceptual y abstracto. En todo caso, no debemos esperar pedagógicamente nada de esos padres que exigen inundar las escuelas de ordenadores; es más, no debemos esperar absolutamente nada de ellos en ningún sentido, pues “basta ver lo que hacen y el género de vida que llevan” (Pico della Mirandola). Tras ser instruidos por décadas de terrorismo televisivo, trabajo compulsivo y dependiente, océanos de diversión ultrajante, convertidos en adoradores de esa suntuosa chatarra tecnológica que pretenden endosar a las escuelas de sus hijos, ¿por medio de qué milagro les sería otorgada una mínima sensibilidad y una pizca de perspicacia?

 

“Oí asegurar a personas inteligentes que los colegios donde reciben la educación (sus hijos), de los cuales hay tantísimo número, los embrutecen y los adulteran” (Essais, I, XXV), pero nuestros padres no se inmutan por esas inanidades, y lejos de preguntarse cuál es la verdadera función de esos presidios infantiles, consienten en atornillar a sus hijos delante de artefactos con los que pueden “interactuar” de manera “dinámica”. Ignoran que el prefijo latino inter, interceder o mediar, tiene aquí un uso corruptor, puesto que concede a la máquina el papel de intermediaria entre un ser vivo dotado de inteligencia y un sistema electrónico basado en códigos binarios, o sea, los códigos con los que operan los mamíferos menores, como los ratones; y no comprenden que un ordenador es una máquina programada para ordenar, clasificar, computar, de una forma veloz, y que, en consecuencia, como el resto de las máquinas, puede “interactuar” dentro de arco limitado de opciones, como esos sofisticados artefactos que oponen a los grandes maestros del ajedrez. Lo nunca, jamás, hará una máquina es pensar, porque carece de la facultad de razonar.