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01

Marzo de 2013

Crisis y Crítica - El fondo de la virtud

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Los militantes piden, reivindican, y a veces incluso exigen, y sus demandas son atendidas, bien en una mesa de “negociación”, en los casos más agradables, bien con la visita de la policía, en los más ríspidos. Pero el truco permanece inalterado: ofrecen la imagen de oposición, de resistencia, la posibilidad de contestar a un sistema que recupera sin mayores inconvenientes esos disturbios. Olvidan, sin embargo, lo esencial: negociar con el sistema es legitimarlo.

 

Además, los militantes mantienen una obstinación inalterable frente a la cuestión fundamental de que las fórmulas de los teóricos obreros del pasado, que no conocieron ni la sociedad de masas ni el dominio de la burocracia técnico-científica, adolecían de una incapacidad radical para entender que las miserias del industrialismo no podían ser modificadas con simples asaltos al poder, y que ninguna revolución rozaría siquiera sus fundamentos. Deslumbrados por la hazañas técnicas de su tiempo, ni anarquistas, salvo excepciones, ni mucho menos los marxistas de cualquier especie, clamaron jamás contra el gobierno de la máquina, limitándose a demonizar su uso capitalista.

 

En los casos de militancia más agudos, por encima de su dogmatismo y monolitismo, lo que resulta realmente embarazoso en los profesionales de la revolución es su tediosa naturaleza personal, la terrible vacuidad de su vida interior, su sentido de misión y el cretinismo con el que, revelando una escandalosa indigencia intelectual, acusan torpemente de “burgueses” ámbitos que no se preocupan en entender puesto que, confeccionados de sensibilidad y delicadeza, ellos los confunden inmediata e invariablemente con manifestaciones de elitismo y “explotación de clase”; ignoran sistemáticamente, en definitiva, que militar en una causa o pasear un nombre (marxista, anarquista, etc.) es “reivindicar un modo exacto de hundimiento” (Cioran).

 

Poco podemos reprochar, no obstante, a algunos desahogos vitales que de vez en cuando sacuden el sopor cotidiano; comprendemos la rabia que los provoca y en lo más íntimo simpatizamos sinceramente con algunos incendiarios de coches y bancos, sin perder nunca de vista los reducidos límites de tales acciones y su elevado coste en términos represivos.

 

Alejados de este perfil de militante convencional, nos encontramos con aquellos que, habiendo vislumbrado con cierta agudeza la naturaleza de los problemas y su verdadera dimensión política, social y ecológica, no pierden un segundo en proclamar que “otro mundo es posible” (de capitalismo keynesiano), en fundar una ONG, en anunciar en la televisión que vieron la luz, o, sin el más mínimo sentido del decoro, en llamar humildemente a las puertas del Estado, una de las piedras angulares de la opresión, para mendigar medidas urgentes como el decrecimiento productivo. Estas caperucitas rojas que suspiran por merendar con el lobo pueden ser encontradas en torno al Le Monde Diplomatique asumiendo la etiqueta de cidadanistas. Su ingenuidad y oportunismo no tienen límites: llegarán lejos, a algún ministerio tal vez.

 

No nos detendremos más en comentar el resto de ámbitos que proclaman, en mayor o menor medida, su hostilidad al sistema. Nos limitaremos a señalar que su denominador común es la caducidad, la parcialidad, el desajuste teórico con respecto a la realidad, y, principalmente, el pánico a ser tomados por rabiosos radicales. Concluiremos, no obstante, este barrido panorámico con una última categoría, definitivamente alejada de los rigores militantes: la de aquellos académicos que consiguieron sobrevivir intelectualmente en esos túmulos funerarios del pensamiento que son las universidades, y manifestando altruistas inquietudes sociales, se vieron en la desagradable, aunque necesaria, obligación de desautorizar a los críticos más exagerados. Así, materialistas francamente inteligentes como Paolo Rossi se sublevan contra los apocalípticos enemigos de la civilización de la máquina:

 

Creen de verdad e intensamente en el Ocaso de la Civilización, identifican la Naturaleza con la Inocencia y teorizan su Sacralidad; hacen un uso continuo y cotidiano de máquinas de las más variada especie y naturaleza y al mismo tiempo detestan todo lo que es artificial, odian la industria, la química, la tecnología, la modernidad; se muestran más sensibles a las masacres de cachorros de foca que a los niños africanos o brasileños; son hostiles al presente en nombre de una inédita mezcla de nostalgia por el pasado y expectativa sobre el futuro; asocian, en una alarmante fusión, tradicionalismo de derecha y utopismo de izquierda, comportamientos nostálgicos y futurísticos; ven la Naturaleza como una Diosa Amiga y al hombre como el Enemigo de esa benevolente Divinidad; defienden el localismo y se burlan del universalismo; se adhieren (en muchos casos) a posiciones radical anti humanistas sin haber leído nunca ni a Spengler ni a Heidegger, sin haber oído siquiera hablar de ellos.[8]

 

En esta línea, a otros, como Ferrarotti, les parece que “en los actuales lamentos de la literatura catastrofista se respira el mismo aire retórico que destilaban los himnos ditirámbicos de los progresistas por vocación”, mientras Bunge ridiculiza el “lamento romántico contra la supuesta maldad de la tecnología”. “La seducción del anti industrialismo es perenne”, sentencia otro crítico de los críticos, Adam Ulam; “incluso en los países más penetrados de ethos industrial, una catástrofe nacional o una crisis económica resucitarán el sentimiento anti industrial, y lo revestirán de nuevas y, sin duda, más sofisticadas formas de protesta social y de teorías sociales”.

 

El historiador alemán Karl-Heinz Deschner, en la introducción de un educativo estudio sobre la deliciosa historia criminal del cristianismo, reflexionaba sobre la muy extendida opinión de que criticar es fácil; al menos eso afirman los que, por “oportunismo, indolencia o por incapacidad jamás se atrevieron a criticar nada en serio”. No faltan los que piensan que criticar es una actividad vil,

 

especialmente cuando son ellos los criticados, aunque esto no lo confesarán nunca. Muy por el contrario, afirman siempre que no tienen nada contra la crítica, que todas las críticas son bien recibidas, pero, eso sí, siempre y cuando sean críticas positivas, constructivas, y no negativas y deletéreas. Entendiéndose que la crítica negativa es aquella que no profundiza demasiado, en el fondo, están de acuerdo con nosotros. En cambio, juzgan ‘negativo’, ‘estéril’, ‘condenable’, el ataque que apunta a los fundamentos con intención destruirlos. Cuanto más convincente sea dicho ataque más se expondrá su autor a verse denigrado… o silenciado.[9]

 

En consecuencia, avancemos que no tenemos la menor intención de elaborar una crítica “constructiva’ o “positiva”; y pretendemos menos todavía ofrecer “alternativas” o “soluciones”. Quien quiera “alternativas” debe dirigirse a quien las vende: banqueros, presidentes de gobierno, altos burócratas, políticos, ejecutivos de corporaciones, formadores de opinión, bufones televisivos, traficantes inmobiliarios, ídolos deportivos, crápulas bursátiles, ONG’s, dirigente sindicales, periodistas de culto, elaboradores de planes pedagógicos, escritores de auto ayuda, especialistas en marketing, cantantes de moda, vedetes intelectuales, gerentes de toda laya, ingenieros informáticos, astrólogos, vendedores de autos, autoridades eclesiásticas de cualquier credo y demás administradores de la muerte cotidiana.


 Goya, Los Caprichos, 50, Los Chinchillas (El Prado, 1799)

 

Por otro lado, debe quedar claro que en un mundo sin escapatoria, como el mundo fue y será siempre, en el que estamos obligados a existir, sin un grado elevado de asimilación, nadie, sin excepción, podría sobrevivir. ¿Quién, en una sociedad que condiciona la supervivencia a una adaptación mecánica extrema, podría mantenerse al margen de ese condicionamiento técnico? ¿Cuál sería la procedencia de esos recursos de autonomía personal que nos permitirían abolir la dependencia de las máquinas, si todo nuestro universo cotidiano está poblado de artefactos de cuyo funcionamiento ignoramos todo, y sin los cuales nuestra existencia biológica sería imposible?

 

Por tanto, anticipemos que, como hace Rossi, etiquetar de incoherentes a quienes se valen de la técnica que deploran y a los que condenan su realidad por el simple hecho de vivir en ella es un argumento tan hueco y malintencionado como la ausencia de verdaderos argumentos que encubre, que con frecuencia acaban abandonando el campo de la crítica para desaguar en histéricos ataques ad hominem. “Se pueden desear tiempos mejores, decía Montaigne, pero no escapar de los presentes”.

 

Un mínimo grado de adecuación de los individuos a la cultura de su época es un requisito obvio sin el cual la sociedad se desintegraría en pedazos; pero eso no implica necesariamente una aceptación servil de lo dado, ni una reconciliación con el mundo. Nuestra tradición exige, por el contrario, un permanente estado de vigilia crítica con respecto a nuestras acciones y nuestras instituciones. Lo que constituye un vicio devastador para la vida colectiva no es la crítica feroz e implacable, sino su ausencia, instalarse en un sopor desmobilizador, forjar nuestras acciones en la banalidad y en la estupidez, disolver el concepto de límite en pro de ridículas hazañas técnicas, pasar por encima de toda sensatez con el propósito de acumular artefactos que sólo sirven para ser vendidos, o desterrar la belleza y hacer del mundo un lugar tan indiscutiblemente feo que ningún habitante de cualquier Cámara de los Horrores que se precie consentiría en vivir en él. No hace tanto tiempo, los literatos inducían a sus personajes a vender el alma al diablo por algún motivo grave y trascendente, como la inmortalidad o la gloria; hoy somos más prosaicos y la vendemos únicamente por dinero, pero, como en el cuento de Stevenson, no deberíamos olvidar que junto con la botella viene el diablo, y que éste siempre exige su parte.

 

En “Un descenso al Maelström”, uno de los maravillosos relatos de Edgar Alan Poe que dan título a las partes de este texto, un remolino pavoroso procedente de algún confín absorbe a su paso todo aquello que encuentra en su camino. Esa “curva mortal que apunta al abismo o saca a la superficie”, es una metáfora de nuestro tiempo. “Modelo de una amenaza, escribe Ernst Jünger, que en medio de la creciente turbulencia, forma parte de nuestra experiencia cotidiana. La salvación se siente como algo milagroso, pero la reflexión lúcida contribuye a ella”. He ahí donde reside, en definitiva, toda la cuestión social: recuperar la reflexión lúcida. Observemos más de cerca todo lo que hoy la impide.

 

 

NUNCA APUESTES TU CABEZA AL DIABLO

2Por un reciente libro sobre la vida y el legado de la obra de Michel de Montaigne nos informamos de que el sublime francés fue el primer blogger de la historia. Por lo menos eso declara la autora, aunque con “reservas”. Naturalmente, este tipo de afirmaciones son meras frases de efecto y no deben ser tomadas en serio; constituyen una prueba palmaria de la necesidad de promocionar libros que sin un extravagante bombardeo mediático pocos comprarían. Pero también son esclarecedoras en el sentido de que expresan los resabios de la ideología del progreso que todavía ejerce un enorme poder de seducción; en verdad, la frase podría ser traducía así: Montaigne se adelantó a su tiempo y anticipó el nuestro, un tiempo de exposición personal, de abertura de la intimidad, de expansión ilimitada del yo. El futuro acariciado por los antiguos era esto que nosotros disfrutamos.

 

En todo caso, para examinar el mundo sin ceder a sus trampas Montaigne constituye siempre un excelente punto de partida. Comencemos, pues, usándolo como hilo de Ariadna, como él usaba a los clásicos greco-latinos, para ver qué tenía que decir aquél espíritu superior desde la soledad de su torre que nos pueda ser útil para desacreditar nuestra lastimosa realidad.

 

Antes de nada, debemos reseñar que no es cierto que nuestro blogger fuese el primero en hablar de sí mismo. La tradición de hablar sobre uno es mucho más antigua que Montaigne; aparece con los poetas clásicos, que exteriorizan sus males y reparten sus consejos a quienes la vida coloca frente a situaciones de desasosiego interior similares. Catulo, Propércio, Horacio, pero también los latinos Cicerón o Séneca, por ejemplo, erigieron sus obras como una especie de manuales de vida fundamentados en su propia experiencia. Desgraciadamente para su biógrafa, el propio Montaigne la desmiente: “¿De qué habla Sócrates más ampliamente que de él, ni hacia donde encamina la conversación de sus discípulos sino a conversar sobre sus respectivas personas?”[10]

 

Esclarecido esto, es cierto que Montaigne opta por el retiro del mundo y en esa esfera de silencio y soledad en la que los días comienzan a desfilar idénticos, abraza la idea de registrar por escrito las lecciones extraídas de su propia experiencia con el objetivo de alcanzar la excelencia en la siempre compleja arte de vivir. “Hace ya algunos años que que no me tengo sino a mí mismo como objeto de mis reflexiones, que no examino ni estudio otra cosa que mi propia persona, y si a veces mis pensamientos y miradas se dirigen a otro lugar lo hago únicamente por aplicarlo sobre mí o en mí, para provecho personal” (Essais II, VI). El resultado de esa visión retrospectiva fue una grandiosa obra coral que adquirió inmediatamente la categoría de clásico, y que de igual forma que los antiguos en los que se inspiraba, constituye una referencia ineludible para todos los que colocan la reflexión y la sabiduría en el centro de sus preocupaciones.

 

Sin embargo, equiparar el descenso de Michel de Montaigne a las profundidades del alma para extraer criterios por los que guiar la conducta con esos limbos en los que por el módico precio de un elemental conocimiento técnico cualquiera puede crear un altar consagrado a su mayor gloria personal es un malentendido de dimensiones faraónicas, en el mejor de los casos, y en el peor, una boutade sin fundamento, sin descartar que sea ambas cosas al mismo tiempo. La explicación é sencilla: un mundo que oculta su ausencia de sentido en el desarrollo frenético de la tecnología y en la reproducción maníaca de máquinas de toda índole no se puede permitir el lujo de desacelerar la marcha, condición indispensable para el ejercicio del pensamiento reflexivo.

 

Si Montaigne procuró abrigo fuera del mundo era porque en el siglo XVI un individuo todavía podía ocupar márgenes de existencia relativamente autónomos, siempre que la fortuna personal lo propiciase y la situación política no lo impidiese; hoy, la búsqueda de esos espacios es una quimera, ya que, como aseguraba precozmente Anders en los años 50, el mundo real se volatilizó y aparece ahora como sombra, como imagen: en otras palabras, como fantasma.

 

Los pocos que todavía optan por un retiro en el campo, o lo que restó de él, arrastran tras de sí todo el estrépito de un mundo que irrumpe a través de la pantalla a cada golpe de tecla. En esas condiciones, y sin noticias de la ekklesia, de la esfera común, la delimitación entre lo público y lo privado se torna difusa e indistinguible. La intemperie de lo público, invadido violentamente por lo privado, dejó sin vigencia el epicúreo “no hagas nada en la vida que te cause miedo en el caso de que tu vecino llegase a enterarse”.[11] Sea lo que sea, hoy tu vecino acabará por enterarse.

 

Pero hay un aspecto más importante todavía que imposibilita la emulación del escritor francés: las nuevas generaciones plenamente digitales parecen haberse deshecho hasta extremos sorprendentes del sentido del pudor e ignoran por completo el recato más elemental. La posibilidad de permanecer constantemente a la vista de otros desembocó en una explosión de exhibicionismo, y de su complemento-contrario, el voyerismo, que favoreció el desarrollo de una especie de imperativo social: la exposición y la visibilidad personal sin interrupciones. No era precisamente eso lo que tenía en mente Montaigne cuando se decidió a describir abiertamente su experiencia: “No relato mis gestos, sino mi individuo y mi esencia. Entiendo que es indispensable la prudencia en el juicio de sí mismo”. Naturalmente, su tiempo no vio con bueno ojos esa poco frecuente tendencia individual a la extroversión, y percibiendo que le serían pedidas algunas explicaciones, se apresuró a contestar a sus futuros críticos: “Les parece que en hablar de sí mismos se experimenta complacencia; que observar y sondar su alma es quererla con exceso; pero este exceso nace sólo en aquellos que se observan superficialmente” (Essais II, VI).

 

Basta un rápida ojeada en cualquier página de Facebook o similares para descubrir que los frecuentadores de la realidad virtual son la quintaesencia de la complacencia y de la superficialidad; abundan en ellas la autopromoción, la banalidad, un narcisismo fuera de control y una cantidad sorprendente de propósitos turbios, espoleados por la impunidad y el anonimato cobarde. Nada de esto debería resultar extraño en una cultura que procedió a la demolición de códigos de conducta fundamentados en la estricta separación entre el oikos, lo privado, y el agora, lo público, propiciada principalmente por décadas de infinita perversión y embrutecimiento televisivos. Así, son pocos los que no estarían dispuestos a degradarse hasta extremos lastimosos con el propósito de aparecer un segundo en esa máquina de triturar carne humana que es la televisión, y son cada día menos los que no se dejarían filmar 24 horas, inclusive en los momentos más escatológicos, por la vana recompensa de ser reconocidos en esos templos del exhibicionismo y la egolatría que son los centros comerciales y los gimnasios. Desconocen la grandeza porque procuran la fama; ignoran la gloria porque trabajan para la popularidad; jamás serán ilustres porque persiguen la celebridad; porque sólo ansían el éxito carecerán siempre de honor; teniendo como meta la futilidad no serán reconocidos por la posteridad. “La fama ganada con el talento no se perderá”;[12] pero, ¿qué puede saber de talento quien vive para satisfacer las permanentes exigencias de su narcisismo? ¿Es posible alimentar “sentimientos grandes y nobles, cuando no se hace nada que no sea mezquino y vil? No; del mismo modo que realizando acciones bellas y gloriosas no se pueden tener sentimientos pequeños y mezquinos. Es la manera de obrar lo que da su calidad al alma; no puede ser de otra manera”.[13] Sin embargo, ¿cómo obrar de una manera bella y gloriosa sin tener siquiera una idea aproximada de la belleza y de la gloria, si nos asedian absurdos ardores siempre insatisfechos? Es sorprendente, se maravillaba otro blogger coetáneo de Montaigne, el moralista Juan Luis Vives, “cómo la soberbia humana y el ansia de celebridad cosecharon alabanzas y fama, no sólo en aquello que tiene apariencia de valor, o de bien, sino en lo indiferente, en lo frívolo, en lo ridículo, en lo vergonzoso”. Y todo en alta velocidad.

 

***

 

En las primeras décadas del siglo pasado, el filósofo alemán Hermann Keyserling a la pregunta: “¿Qué tipo encarna el espíritu de las masas modernas?”, respondía sin vacilar:

 

El conductor. Él es el prototipo de esta era de masas, no menos que para otros tiempos era el sacerdote, el caballero, el gentil hombre. El conductor es el primitivo tecnificado. La actitud es muy próxima al sentido de la orientación del salvaje; la técnica por sí misma es evidencia; despierta en el hombre que es su dueño […] sentimientos de libertad y de poder.

 

Posteriormente, Ellul, incidiendo en esta imagen, concluía que en una sociedad lanzada a toda velocidad, los reflejos, y no la reflexión, constituían la única alternativa de salvación para los conductores. Circulando a alta velocidad, la reflexión, que exige un tiempo de evaluación de posibilidades que la inercia del vehículo no concede, condena a la catástrofe; los reflejos, por el contrario, son fruto del condicionamiento técnico, de la pericia entrenada en situaciones límite: ellos garantizan la posibilidad de continuar en la carrera.

 

En consecuencia, el vértigo se convirtió en el único revulsivo contra sí mismo. “Yendo a alta velocidad, adelantando a los otros, se tiene una sensación ilusoria de poder y de dominio sobre el mundo, se obtiene una victoria - imaginaria, sin duda – porque se ganó tiempo, y tal vez también por el riesgo que se corrió con la muerte”.[14] Esa sensación de dominio sobre el medio físico explica en parte el impulso criminal que la oportunidad de flirtear con el peligro y de disponer de poder sobre la vida y la muerte de los demás constituye para los conductores, esos seres sacrificados en incesantes y absurdos desplazamientos. Únicamente corriendo al vacío el espíritu parece ya experimentar alguna emoción.