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01

Marzo de 2013

Crisis y Crítica - El fondo de la virtud

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EL FONDO DE LA VIRTUD

“Oh, siglos sin gusto ni discernimiento”

Cátulo, XLIII, 8

 

Michel Suárez*

 

UN DESCENSO AL MAELSTRÖM       

1Superada la primera década del siglo XXI, el rumbo de la civilización no parece ofrecer grandes oportunidades para la celebración ni para el entusiasmo. Las antiguas y siempre renovadas promesas de un futuro de abundancia material y felicidad individual permanecen en el imaginario colectivo como la desembocadura inevitable para los hombres, como el único premio a la altura de su formidable capacidad técnica para arrancar sus secretos a la naturaleza y ejercer sobre ella un imperialismo que nos resguardará de toda penuria, de toda necesidad. No obstante, en ocasiones, una sombra de duda se instala en el límpido cielo del progresismo más recalcitrante, y el núcleo duro de las certidumbres de una redención por la tecnología muestra algunas brechas: catástrofes aéreas, “accidentes” automovilísticos, fugas de material radioactivo en centrales nucleares, trastornos y enfermedades originadas por la experimentación con organismos genéticamente modificados, “fallos” del sistema que colapsan poblaciones enteras, etc. Pero las exigencias de la vida cotidiana rápidamente nos reinstalan en nuestro letargo habitual, lejos de toda lucidez y de todo sentido cuestionador. Condicionados y mantenidos en un permanente estado de necesidad por la máquina como artefacto de intermediación con la realidad, la conmoción de esas desgracias nos sacude violentamente y activa las escasas reservas de conmiseración y la empatía que todavía nos restan, para pasar inmediatamente a atribuir al mero azar y a la fortuna adversa, al “accidente”, en suma, lo que en realidad es la normalidad de un estado de ruina general. La orientación tecnológica obedece ya únicamente a la disparatada premisa de la viabilidad. De igual modo que cuando le preguntaron al alpinista británico Georges Mallory por el motivo de escalar el Everest, y este respondió “porque estaba allí”, la tecnología contemporánea entró en una espiral de demencia en que si algo pude ser hecho será hecho, sin que las consecuencias y los riesgos potenciales sean tenidos en cuenta. Sepultados en algún lugar de la mítica montaña los restos de Mallory continúan sin ser encontrados.

 

La cuestión principal es que olvidamos que los designios de la fortuna no son tan aleatorios; ella establece límites, hybris, que no se rebasan impunemente sin conocer la furia de la nêmese, el castigo: “La tierra era poco, y a los hados agregamos el mar: con la técnica multiplicamos los caminos desgraciados de la Fortuna”.[1]

 

La deriva civilizatoria introducida por el industrialismo, que impuso la felicidad, entendida como plenitud material como único objetivo humano, ocultó la funesta locura que se esconde tras el deseo de precipitarnos con placer en ese abismo del siempre más y más rápido sin considerar cuanto pagamos por ese poderío. “¿Cómo? ¿La humanidad se embrutece en beneficio del progreso técnico, y nosotros sin aprovecharlo? ¿Debemos dialogar con la estupidez cuando podemos huir de ella en automóvil?”, se burlaba Karl Kraus con su cáustica ironía.

 

La historia no registra épocas que hayan conseguido sofocar todas las voces críticas contra a maldad y la estupidez de su tiempo. Poetas, filósofos e inconformistas de toda laya elevaron su voz por encima de la mediocridad y la nulidad de sus contemporáneos, y se convirtieron en la consciencia vigilante de sus vicios. Sin embargo, es a nuestra era a la que le corresponde el triste y desmoralizador privilegio de haberse mostrado, por vez primera, incapaz de ofrecer la menor resistencia a la marcha de un mundo que posee una excelente opinión de sí mismo.

Advirtamos ya que la tentación de fuga a los tiempos ejemplares del pasado no sólo es imposible sino también indeseable. Tras esa puerta falsa no encontraremos ni edades de oro, ni paraísos perdidos, ni “primitivos” ideales, sino las mismas encrucijadas, las mismas miserias y la misma grandeza de la condición humana. Con lo que raramente nos encontraremos es con un pantano tan extenso en el campo de los espíritus refractarios a su tiempo, una masa unánime de individuos tan perfectamente acomodados a la realidad que no hayan experimentado nunca el deseo de ir contra ella. Goethe sostenía que lo que “llamamos espíritu de los tiempos, en el fondo no es más que el espíritu de los amos”; pero, San Agustín fue más certero: “Nosotros mismos somos el espíritu de los tiempos que corren”.

 

Paradójicamente, esta época posee más motivos que ninguna otra para la insubordinación crítica. Pocas cosas cambiaron desde que Comenio en su Didáctica Magna de 1657 clamase:

 

¿Qué, en nosotros y en las cosas, está en el modo y lugar debido? Todas las cosas, revueltas y confusas, o están por tierra o en ruinas… En lugar de amor y candor recíprocos, enemistades, guerras, mortandades. En lugar de justicia, iniquidades, injurias, opresiones, hurtos, rapiñas […] En lugar de simplicidad y de verdad, mentiras, fraudes, engaños. En lugar de humildad, soberbia y odio recíproco.[2]

 

Y, a semejanza de las facciones que denunciaba Tucídides, en nuestros días “la audacia irracional pasó a ser considerada valerosa lealtad en relación al partido; la hesitación prudente se convirtió en cobardía disimulada; la moderación pasó a ser una máscara para la debilidad cobarde, y actuar inteligentemente equivale a la inercia total”.[3]  Rousseau se unió a este coro y afirmaba que en su tiempo de “filosofía, humanidad, urbanidad y máximas sublimes […] sólo tenemos un exterior engañoso y frívolo, honra sin virtud, razón sin sabiduría, y placer sin felicidad”.[4]

 

Pero lo que ni Comenio, ni Rousseau, ni mucho menos Tucídides pudieron imaginar es que a esa indigencia moral de sus respectivas épocas los siglos venideros agregarían un colosal elemento de alienación técnica que alcanzó en nuestros días un carácter paroxístico. La subordinación del hombre a un universo tecnológico configuró un sistema de dominio que supone la culminación de una de las tendencias incubadas en el seno de la Modernidad: la consagración de la racionalidad abstracta y productivista.

 

Las nuevas modas en la esfera del pensamiento contemporáneo, tratando de invalidar la razón como instrumento exclusivo de interpretación del mundo, acabaron por fulminarla sin contemplaciones. La demolición posmoderna, que tuvo su origen en la arena de la arquitectura, con resultados estremecedores, no tuvo en consideración su carácter contradictorio, su mezcla de libertad y de opresión, ni deslindó el racionalismo cientificista, depredador de la naturaleza y esclavizador del hombre surgido junto al industrialismo, de la razón crítica. En consecuencia, algunas certezas de antaño como la universalidad de la dignidad humana, tal y como la formularon los clásicos, el valor de la libertad y de la igualdad, la existencia de parámetros estéticos, etc., fueron condenados por totalitarios. Si la magia valía lo que la ciencia moderna (Lévi-Strauss dixit), si la verdad era un prejuicio, la historia una fábula, y si el único sentido histórico reconocible es “que vivimos sin referencias ni coordenadas originarias, en miríadas de acontecimientos perdidos”, [5] ¿para qué preocuparnos más con la búsqueda de códigos morales sobre los que cimentar una idea del hombre, de la buena vida?

 

Saboteado por la audacia sin límites de algunos pretendidos philosophes parisinos y por la charlatanería de moda de la French Theory, el papel crítico de la filosofía se volatilizó en un carnaval de “giros lingüísticos”, “metanarrativas”, “pensamientos débiles”, “microfísicas”, y la Historia, pretendiendo superar de una vez por todas las tendencias historicistas que ofrecían visiones globales oniexplicativas resultantes de cadenas causales inexorables, se refugiaba en un miserable relativismo que ni siquiera era capaz de explicar con un mínimo de aseo su supuesta superioridad teórica. La crítica fue substituida por la deconstrucción, por el desmontaje de estructuras lingüísticas, por la abominación de los sentidos literales, y la racionalidad científica se diluyó en la duda nihilista que niega toda epistemología y cualquier sentido al concepto de verdad. Jordi Llovet, un filólogo español, relataba que en su juventud había asistido a un “seminario catastrófico de Gilles Deleuze y Félix Guattari, conjuntamente, y un día se pasaron una hora entera de clase preguntándose el uno al otro: La verité... qu’est-ce que c’est, la verité? (La verdad… ¿qué es la verdad?)” ¿La verdad? Oh, nada, apenas un asunto sin importancia, o una oportunidad para que los intelectuales representen sus óperas bufas.

 

No obstante, la consecuencia más grave de esta verbena pseudocrítica actual es que la crisis de la validez de la ciencia como uno de los fundamentos del saber resultó en la impugnación de la posibilidad de conocer con cierta verosimilitud nuestro pasado común, y, por tanto, de abrigar esperanzas sobre aprender de la experiencia del proceso histórico. En todo caso, ¿para qué preocuparse si, como escribió Nietzsche “sólo existe y sólo puede ser conocido el yo”?

 

Reducida a la más completa inutilidad, la razón era jubilosamente proscrita, y de nada sirvieron las discriminaciones entre los distintos vectores de la razón surgidos de las Luces realizadas, entre otros, por Adorno o Horkheimer, y menos todavía las tesis de Sombart, Tönnies, Simmel, Anders, o Simone Weil, que coincidían en señalar, obviamente con grandes matices y grados diferentes de radicalismo, la paradójica circunstancia de que el estadio de máxima racionalidad equivalía a la disolución de la razón misma. Pascal resumió en una frase la locura de nuestro tiempo: “Dos excesos: excluir la razón, no admitir otra cosa que no sea la razón”.[6]

 

No sería justo, no obstante, describir el páramo actual de la contestación sin referirnos a algunos irreductibles que reivindican para sí el papel de adversarios del mundo. En primer lugar, encontramos los restos petrificados de un pasado no lejano que se ilusionó de forma fantástica con la posibilidad de transformar un sistema industrial avanzado en un paraíso obrero en el que las máquinas soportarían todas las cargas de un trabajo agotador y el producto de la riqueza sería distribuida de forma equitativa: son los militantes obreros.

 

En términos generales, y en su versión más vulgar, estos representantes de la justicia y la emancipación humanos porfían en la adoración de la literatura preceptiva de los maestros del pasado que soñaban con una clase obrera mítica llamada a heredar el reino de los cielos en la Tierra. Que sepamos desde hace mucho tiempo que la clase obrera no va al paraíso, es un hecho del que no se dan por informados. Muchos, persuadidos de la validez de la doctrina y convencidos de las profecías decimonónicas sobre el papel apocalíptico de un proletariado ya exiliado de la Historia como clase, continúan con su demencia ideológica como si el mundo no se hubiese movido ni un ápice desde entonces. Estos bravos militantes no se amedrentan por tan poca cosa; y si el mundo cambió, ¡peor para el mundo!

 

Para ellos la realidad continúa ajustándose a explicaciones más o menos mecánicas y a subproductos de la razón teórica, como la lucha de clases o la teoría del valor. Su obsesiva defensa de estos supuestos instrumentos de análisis es bastante comprensible: habituados a resignar el pensamiento crítico a las fórmulas episcopales son incapaces de razonar el mundo sin las categorías con las que se formaron como militantes, y desconocen otra opción que reproducir sistemáticamente sus plúmbeas homilías carentes de sentido. Acostumbrados a operar con posicionamientos ideológicos reducibles a slogans no pueden renunciar a sus conceptos llave sin el temor de encontrase sin red en el alambre, enfrentados a la tarea de pensar por sí mismos. Naturalmente, su jesuítica disciplina, del signo que sea, les hace ciegos frente a la evidencia de que hay una crítica social más precisa, magnética y radical, por eterna, en Antígona, Electra o El Rey Lear que en los indigestos panfletos obreros del siglo XIX que recitan con el fervor del creyente. “Los espíritus necesitan una verdad simple que les libre de sus interrogantes, un evangelio, una tumba” (Cioran); y además ya se sabe, los militantes no leen, por principio, “literatura burguesa”.

 

Así como reconocemos en algunos, pocos, de estos militantes una pureza de intenciones y un verdadero deseo de hacer del mundo un lugar más honrado, lamentamos del mismo modo la ofuscación que les impide comprender el estado de demolición en que se encuentra una teoría que, pretendiendo ver desde fuera y desde lo alto la totalidad del mundo, conduce inevitablemente a un callejón sin salida. Presos a una geometría política heredada que no significa literalmente nada, izquierda versus derecha, colocan en el ojo del huracán ora la pusilanimidad y la traición de la primera, ora la perversidad congénita de la segunda, sin arañar, en el mejor de los casos, más que una capa muy superficial de la realidad.

 

Reducido a un ejercicio sin trascendencia práctica, para ellos el pensamiento no es nunca acción teórica, sino teoría pura, un antónimo de obrar o por lo menos algo diferente de la actividad. Son los hechos, y no las palabras, los que aproximan del ideal.

 

Creo que hay mucha gente que confía firmemente en la realización de ese ideal, reflexionaba William Morris, sin que ignoren a que lamentable distancia de ese ideal se encuentran las cosas en la actualidad: sé que hay hombres que sacrifican su tiempo, su fortuna, su placer, hasta sus propios prejuicios, por ese ideal […] ¿Qué lograron? […] sobre aproximarse del ideal de que el sistema de convierta en algo más humano y decente, se aproximaron a él tanto como un hombre subido a un pajar se aproxima a la luna.[7]

 

En la altura histórica en la que Morris pronunciaba estas palabras, la lucha de los obreros, incluso corrompida en buena medida por la adopción implícita del imaginario capitalista, todavía constituía un proyecto admirable y en algunos casos verosímil. Pero la posibilidad de una transformación traumática de régimen social por efecto de una abracadabrante revolución pronto se revelaría como el mayor de los espejismos. Si los contemporáneos de Morris podían escalar a un pajar, nuestros militantes mal consiguen subir un escalón. Ni siquiera cuando regresan de sus militancias y confirman que el eje del mundo no cedió ni un milímetro se cuestionan el significado de sus inútiles desvelos. Y menos capaces se muestran se sospechar que su furia activista favorece en muchas ocasiones la legitimación de la opresión, ya que un sistema consolidado sobre la unanimidad permanece siempre sospechoso, en tanto que aquellos que permiten márgenes de actividad de rebeldía periférica se auto justifican como plurales y permisivos. Si no hubiese yonkis, marginales, sediciosos, o militantes, excrecencias todas ellas permitidas por la tecnoburocracia actual, ¿cómo podrían esas madres piadosas afirmar que sus hijos son legales, responsables, gente de bien?