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01

Marzo de 2013

Crisis y Crítica - Apuntes para una nueva crítica

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APUNTES PARA UNA

NUEVA CRÍTICA

(VARIACIONES SOBRE UN VIEJO TEMA REVOLUCIONARIO)

Aureliano Ortega Esquivel*

 

A lo largo de los últimos treinta años se ha venido construyendo un discurso teórico que parece ya no tener como objetivos la verdad, el saber o siquiera el ejemplo de algo intrínsecamente bueno, bello, saludable o feliz. Se trata de un relato un tanto redundante que ha renunciado incluso a la necesidad de convencernos de que todo va bien, o de que si no va bien ya irá mejor, reforzando en cambio la idea de que no hay nada mejor de lo que ya es o de que en última instancia no hay posibilidad de algo distinto.

 

Este desenlace masivamente nihilista que regularmente pone el acento en el fracaso de la Modernidad y el fin de sus Grandes Relatos se solaza en subrayar, particularmente, el fin de algunos de sus dispositivos emblemáticos: el poderío político-discursivo que obtiene el que habla por el hecho de ocupar el centro o un centro, la despótica y siempre violenta y antidemocrática primacía de la Razón y la autoritaria perspectiva pedagógica en la que aquellos Grandes Relatos disponen sus mensajes; perspectiva que, de acuerdo con una oportuna remisión a Marx, olvida que el educador (el intelectual) debe a su vez ser educado y, por tanto, supone la división de las sociedades en dos partes “una de las cuales está por encima de ella”.

 

Junto con todo lo que debe dejarse atrás se incluye a la crítica, y se aconseja renunciar a todo punto de vista crítico en favor de algo que en su momento Gianni Vattimo llamó debilidad y Jean-Francois Lyotard retorsión, dado que la crítica, por una parte, siempre queda afuera y se construye como periferia, es decir, como algo siempre relativo al centro, del que depende por completo, eliminándose a sí misma como alternativa; y, por otra, porque regularmente es absorbida por el centro, ya sea en el marco democrático de la tolerancia o como momento de su propia dinámica interna. Dos casos, concluye Lyotard, de muerte gloriosa.

 

En su radicalidad, la crítica a la crítica incluye como objetivo fundamental la crítica marxista del capitalismo tardío, dado que en aquella se privilegia lo negativo, y lo negativo, se dice, esconde una peligrosa espina positiva resuelta en pedagogía: lo negativo en la crítica es el elemento motor de la convicción, educa destruyendo lo falso, dice Lyotard. Ya dispuestas las cosas de ese modo el exanarquista francés enuncia el programa teórico de la posmodernidad: romper con una tradición de pensamiento que cuenta con la eficacia de lo negativo, que predica la fuerza de la convicción y que quiere suscitar el despertar de una conciencia. Frente a ello, la debilidad posmoderna pregona el quebrantamiento de la palabra y un “nuevo comienzo” que no se hace ilusiones, mientras la retorsión propone la astucia o maquinación mediante la cual los pequeños, los débiles, se vuelven por un momento más fuertes que los fuertes, buscando como efecto no despertar la conciencia de las masas sino la desorganización del enemigo.

 

Estos señalamientos, provenientes paradójicamente de un autor de derecha y otro autor de izquierda, ilustran de manera más o menos plástica y completa el estado de perplejidad, por darle un nombre, en el que permanece el pensamiento hasta ahora llamado crítico. Perplejidad, empero, que en el espacio del discurso determina el desmantelamiento de toda oposición al relato capitalista – el que sin enemigo se constituye y domina como pensamiento único – y que en el plano de las luchas sociales privilegia la pulverización de sus agentes a través de la formación de agendas reivindicativas exclusivas y excluyentes – las que, en su condición minoritaria “retorcida” o “débil” cobijan a indígenas, indignados, ocupas, feministas, homosexuales, mistagogos, fascistas y fanáticos...; cuyas experiencias frustradas y desiguales luchas asimismo prueban que no es posible siquiera maquinar astutamente acciones mediante la cuales los pequeños (los débiles) se vuelvan por un momento más fuertes que los fuertes – o emprender la desorganización del enemigo – sin romper, convencer(se) y despertar una conciencia. Pero todo ello también indica que sin romper, convencer(se) y despertar una conciencia tampoco es posible pensar el presente y transformarlo, sin necesidad de rendirse a un centro ni establecer uno nuevo, suponer la división de las sociedad en dos partes “una de las cuales está por encima de ella” o renunciar a los privilegios de la razón o a la potencia destructiva de la crítica negativa.

 

Sin embargo, pensar y hablar del presente de otra forma implica mucho más que situarse en un punto de vista crítico, usar pasamontañas o sentarse en la Plaza del Sol. Dado que en realidad se trata de romper, convencer(se) y despertar una conciencia, es preciso situar dicha intención en un enclave teórico-discursivo en el que, en función de su radicalidad, se configuran las posibilidades de verdad y objetividad del significar dominante; eso que podríamos llamar su código general: ese fundamento, propiamente epistémico que determina el carácter, la forma y los límites del saber dominante y que espontáneamente los dota de sentido y de verdad.

 

En la perspectiva abierta por la necesidad de pensar y hablar del presente en términos que remonten la crítica tradicional y su trillado repertorio de lamentos o descripciones vacuas (o que en cada marcha de indignados imagina una revolución cultural), es posible anclar nuestra propuesta en torno de algunos nudos problemáticos cuya complejidad es también efecto de su necesaria interrelación e interdependencia, de modo que no podemos abordarlos por separado sino a condición de tratar, más adelante, de restablecer su unidad bajo el amparo de alguna formulación tan aparentemente inverosímil como necesaria: la categoría de revolución.