logo-univalle
logo crisis&critica
01

Marzo de 2013

Mitología, Literatura, Arquitectura - Mito, magia, mimesis

Imprimir Descargaaumentar mermar Tamaño de la letra

LA NATURALEZA SAGRADA

Macunaíma es un founding father de la nación brasileira. Crea una lengua propia y configura una geografía y una cultura nacionales. Al mismo tiempo instaura una conciencia latinoamericana. Es el trickster que representa el alma lúdica y erótica, y transgresora y transformadora que creó el Brasil moderno. Medio siglo más tarde, el Dictador Supremo de Roa Bastos señala un punto final de este renacimiento latinoamericano, coincidente con las dictaduras globalmente tuteladas, sus campos de concentración y tortura, su miseria social, y un exilio intelectual masivo.

 

Las siguientes dos novelas que quiero considerar aquí, Pedro Páramo y Los ríos profundos, son dos obras maestras de la literatura del siglo veinte que dan la palabra a esa agonía latinoamericana. Ambas narran historias hasta cierto punto paralelas. Son dos obras que relatan la vida de sendos muchachos que ostensiblemente fracasan en el proceso de su formación. El protagonista de Los ríos profundos, Ernesto, es abandonado por su padre en el colegio católico de una provincia andina, donde experimenta toda clase de vejaciones y sufrimientos. En Pedro Páramo, Juan Preciado viaja a Comala a conocer a su padre, y se encuentra con una aldea arruinada por el despotismo político y el abuso sexual de ese cacique. Ambas novelas se confrontan con un mundo cerrado, radicalmente negativo, a lo largo de un itinerario que puede interpretarse como un Bildunsgroman. Pero invertido. Ninguno de los protagonistas encuentra un espacio real en sus respectivos medios sociales en el que puedan desarrollarse ni siquiera como sujetos estéticos.

 

Se suele clasificar a ambas novelas como relatos de “literatura fantástica”, utilizando la categoría desemantizada y deshistorizada de fantasía que en su día proclamó Todorov. ¿Pero son fantasmas, fantasías y simulacros realmaravillosos lo que estas novelas describen? ¿Nos encontramos realmente frente a un neosurrealismo tropical? ¿No se habrán olvidado los especialistas del lugar histórico y cultural desde el que se enuncian esas fantasías y ficciones?

 

El desastre escolar de Ernesto y el descalabro de la identificación edípica de Juan Preciado, los ejes narrativos de ambas novelas, pueden leerse como manifestaciones de la misma crisis histórica que describe el relato del Dr. Francia de Roa Bastos. Ni Rulfo, ni Arguedas exponen episodios personales de sujetos trascendentales por medio de fantasías de una imaginación pura. Lo que las múltiples escisiones internas de sus personajes ponen en escena son dramáticas constelaciones históricas y sociales reales. Son conflictos con poderes coloniales a partir de memorias religiosas precoloniales. El protagonista de Pedro Páramo, Juan Preciado, es hijo de una madre violada, despojada y ultrajada por un cacique colonial. Esta madre no solamente representa un conflicto general y abstracto de género. El avasallamiento sexual ha sido la real condición que ha permitido el proceso colonizador hispánico desde su mismo comienzo. Es su acto fundacional porque sintetiza al mismo tiempo la brutalidad física de la conquista, y su fuerza productiva y reproductiva.

 

En Los ríos profundos el destino errante del padre de Ernesto y su condición de excarcelado político reiteran una constelación histórica fundamental en la historia moderna de América latina. El corazón épico de esta obra es una rebelión contra los ostensibles abusos de poder de las autoridades del pueblo andino de Abancay. La iglesia católica desempeña una función fundamental como agente de una depresión colectiva en la que el desprecio y el ultraje a la mujer también desempeña una función primordial, lo mismo que en Pedro Páramo. El fracaso del proceso socializador que describen los protagonistas de ambas novelas está sólidamente afianzado en esas raíces históricas de un proceso colonial y a la violencia persiste en los cuadros de la vida cotidiana de América latina hasta nuestros días.

 

Pero, a diferencia de Yo, el Supremo de Roa Bastos, en la que este fracaso representa el punto terminal de un concepto esclarecido de soberanía democrática, y el comienzo del desmoronamiento del dictador y su nación, en las novelas de Arguedas y Rulfo el colapso subjetivo de sus protagonistas se convierte en el punto de partida de una subsiguiente y sorprendente operación literaria. Ésta consiste en la recuperación de un mundo mitológico precolonial, y en el restablecimiento de una naturaleza sagrada asimismo arraigada en las cosmologías prehispánicas de América: los dos momentos que la crítica literaria ha desfigurado hasta el completo encubrimiento bajo el concepto formalista de “literatura fantástica” y la categoría antihermenéutica de “realismo mágico”.

 

Uno de los aspectos más importantes que pone de manifiesto la obra tanto etnográfica como literaria de Arguedas es la relación del humano con una naturaleza sagrada. Sus antecedentes históricos deben rastrearse hasta la primera obra del humanismo latinoamericano del siglo dieciséis, Los comentarios reales del Inca Garcilaso. No es ocioso recordar también, aunque sólo sea entre paréntesis, la importancia que para este filósofo de madre inca tuvo su propia traducción del italiano de una de las obras más importantes – y más ignoradas – del neoplatonismo renacentista italiano: los Dialoghi de amore del filósofo sefardí Leone Ebreo. En la cosmología de Ebreo, como en su recepción por Garcilaso, un concepto no subjetivo, sino ontológico y cosmológico de Eros, constituye el punto de partida de un universo animado y creador, en perfecta sintonía con las concepciones del humanismo latino de Platón a Lucrecio. La relación humana con la naturaleza parte asimismo, para Arguedas, de este principio amoroso. Uno de los cantos populares que recogió en sus trabajos de campo reza:

 

Recuerda que somos tus criaturas,

Acuérdate, madre nuestra, que sufrimos,

Oye la voz de tus hijos que lloran,

Recibe en tu corazón cariñoso

Esta semilla que hemos sembrado,

Dale tu aliento.[8]

 

En Los ríos profundos esta concepción de un amor cósmico que brinda protección al humano y es fructífero en un sentido biológico, subyace a la experiencia ritual que da nombre a la novela: el descenso de su protagonista a las aguas “profundas” de un río andino, descenso literariamente descrito como una iniciación mistérica. El río y el puente sobre el río ejercen en la vida de Ernesto una acción purificadora y fortalecedora: “ambos despejaban mi alma, la inundaban de fortaleza y de heroicos sueños. Se borraban de mi mente todas las imágenes plañideras, las dudas y los malos recuerdos. Y así, renovado, vuelto a mi ser, regresaba al pueblo…” Esta transformación del protagonista reúne rasgos místicos, así como elementos afines al trance ritual. “Debía ser como el gran río: cruzar la tierra, cortar las rocas; pasar, indetenible y tranquilo, entre los bosques y montañas, acompañado por un gran pueblo de aves que cantarían desde la altura… — ¡Como tú, río Pachachaca! — decía a solas…”[9]

 

La unidad del humano y la naturaleza la sostiene en el mundo andino la diosa Pachamama, una manifestación de la Madre Tierra. Debemos a Ana María Mariscotti de Görlitzuna extraordinaria, aunque desconocida obra dedicada al estudio de los cultos andinos actuales de esta diosa. Entre los rasgos que esta escritora señala cabe destacar, junto a las características maternales ligadas a los ciclos de reproducción de la naturaleza, la guerra justiciera. Es bajo este doble aspecto de la justicia distributiva y la sexualidad fructífera que la diosa Pachamama se representa también en la novela de Arguedas en la figura de Doña Felipa, la dueña de una chichería que levanta el pueblo de Abancay contra el poder colonial y sus abusos, para desaparecer luego, misteriosamente, selva adentro.[10] Ambos momentos, la experiencia iniciática de la naturaleza como reino sagrado y purificador, y la subsiguiente fascinación de Ernesto por la revolucionaria Doña Felipa, están tan intensamente vinculados entre sí como el propio amor a la tierra y la resistencia anticolonial en los pueblos andinos, amazónicos y mesoamericanos.

 

 

Tarsila do Amaral, Anthropofagia, 1929  (Óleo sobre tela. 126 x 142 cm. Colección J. Nemirovsky)

 

Las mismas características de una iniciación ritual, y la misma relación de solidaridad y resistencia preside la acción dramática de Juan Preciado en Pedro Paramo. El joven muchacho que busca a un padre, que él mismo ha asesinado metonímicamente por la mano de su hermanastro, termina en los brazos de una mujer adultera, la única mujer anónima y adultera del misterioso pueblito mexicano de Comala en el que tiene lugar la acción dramática. Juan Preciado se une y se funde sexualmente con ella en una masa de fango caliente y viscoso. El calor de la unión es tan sofocante que le roba el aliento y el protagonista muere asfixiado. Pero muere para revivir en el reino de las misteriosas mujeres que regulan los ciclos de la vida y la muerte desde la profundidad de la tierra. La misma experiencia elemental que en Arguedas se reviste de una sacralización del río, los vegetales y los animales, se transforma en Pedro Páramo en un vínculo con las diosas precoloniales de la vida y la muerte en el reino subterráneo de Tlaloc, el paraíso azteca.

 

Ambas novelas trazan un mismo destino subjetivo: la imposibilidad de desarrollo ético y estético del individuo bajo la violencia de poderes opresivos y corruptos. Ambas señalan aquel fracaso de los ideales de la Aufklärung y el progreso que por primera vez denunció en América latina Alexander von Humboldt. Ambas novelas son un Bildungsroman truncado e invertido. Pero ambas obras se abren a una misma dimensión poética: el mundo de una naturaleza mitológica que encarnan las diferentes figuraciones de las Diosas Madre de América.

               

 

MAGIA Y MIMESIS

Pocos conceptos pueden ser más ambiguos en nuestra cultura. La mimesis señalaba originalmente una relación de unidad y compenetración con las cosas, en el sentido en que podemos hablar de unidad y compenetración del sujeto del trance con el “santo” que le “baja”. En el contexto arcaico del teatro griego, mimesis no significaba imitatio o re-presentación imitativa. Por el contrario: estaba ligada a la acción ritual y a la experiencia transformadora del trance. El hierofante no imitaba a un dios. Era este dios mismo. Sus movimientos se llamaban miméticos porque se confundían con la posesión demónica y, por consiguiente, con la epifanía divina. La mimesis era la emanación objetiva y la expresión subjetiva de esta realidad primordial y sustancial en la cual no puede establecerse una separación entre lo humano y lo sagrado. Es la emanación objetiva y la expresión subjetiva de una realidad primordial que asociamos con el mito y la experiencia de lo divino.[11]

 

El significado de magia no se encuentra lejos de esta mimesis. Jane Ellen Harrison escribía a este respecto: “First and foremost magic is a drómenon, a thing predone. The rain-maker jingles his rattle and shakes his water-cart, he does something, Language here speaks clearly enough. The Latin factura is magical ‘making,’ witchkraft; the Sanskrit krtya is doing and magic… The doing is sometimes that form of doing which we call speaking; gone the Greek enchanter, is but a specialized howler; the Hebrew dabar does not distinguish between word and deed…”[12]

 

La unidad de la palabra, la acción y el ser, y la expresión de una realidad primordial en la que se diluyen las fronteras entre el sujeto y el objeto definen respectivamente la magia y la mimesis. Pero ambos conceptos han acabado por designar exactamente un significado opuesto. El cubismo, a través de Apollinaire, postuló que la mimesis era una imitación mecánica de lo real, una especie de realismo fotográfico. La magia o bien se ha confundido con fantasías infantiles de poder absoluto o se ha identificado con lo radicalmente opuesto a una comprensión racional de la realidad. El híbrido de mimesis y magia, el “realismo mágico”, lleva esta deriva semántica a una situación más trivial todavía. Lo mágicorealista define un mundo de fantasías subjetivas desprovistas de cualquier relación con las memorias culturales o religiosas, y con la misma experiencia individual, pero dotado de una realidad y un realismo “al alcance de la mano”, según las palabras de Carpentier.

 

Cuando los agentes literarios pronuncian el veredicto mágicorealista sobre una obra como Pedro Páramo de Rulfo, Los ríos profundos de Arguedas u Hombres de Maíz de Asturias hacen, sin embargo, algo más que elevar su carácter fetichista de fantasía exótica a los altares de las mercancías culturales en la sociedad del espectáculo. Al mismo tiempo y por el mismo precio, cierran el paso a la comprensión de estas y otras muchas novelas latinoamericanas a partir de las religiones y cosmovisiones sobrevivientes a la colonización de América, y a partir de su lucha por la supervivencia. Por eso el realismo mágico no es solamente una categoría trivial, sino también antihermenéutica.

               

Mimesis y magia son aspectos de una concepción originaria del ser. Es la comprensión arcaica de las cosas humanas, naturales y cósmicas que asociamos con los mitos. Y no solamente entraña una comprensión, sino también un vínculo existencial con las cosas. Ello es lo que le distingue de los signos y sus semiologías. Y ese es el objetivo fundamental de esas novelas: descubrir los orígenes míticos del ser, abrirse a su experiencia dramática, describir sus misterios, y poner de manifiesto a través de esos mitos y misterios la alienación moderna, la deshumanización capitalista, y sus presupuestos teológicos y científicos.