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Marzo de 2013

Una crítica musical - Una crítica musical del espectáculo

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UNA CRÍTICA MUSICAL DEL ESPECTÁCULO

Diana Rosas*

 

Es bien sabido que la modernización representa una transformación que nos ha afectado a todos de una u otra forma. Se trate de negar o de ignorar el hecho que acabo de mencionar, no significa que no esté ahí o que pierda su valor ante la reticencia de aceptarlo, de intuirlo. La valía de este hecho radica en la necesidad de mantenerlo a la sombra del pensamiento impartido en instituciones educativas. El punto es pues que la crisis modernista ha perturbado toda relación y manifestación de la humanidad, mutando en una especie de intercambio revestido de formas industriales que florece desde un tallo donde, a manera de savia, la tecnología fluye y alimenta toda partícula que constituye a la sociedad. Es así que se ven involucrados intereses con un afán de consumo, en donde la mercantilización del bien cultural es parte elemental del proceso de modernización, solapando el espacio que le ocupa como un mero objeto subordinado a las leyes del mercado.

 

Asimismo la tecnocratización de la sociedad genera ruptura en la relación en el proceso creativo de las artes. Aunado a ello la metodización del estudio de las artes, ha traído graves consecuencias que afectan a esta esfera cultural. Ya las vanguardias históricas serían el antecedente de una mutación de lo artístico, al perseguir la negación de un orden establecido, es decir, generan una ruptura con técnicas tradicionales. En la música esto representa el abandono de lo tonal que abre nuevos caminos composicionales en busca de la originalidad. En Latinoamérica los elementos musicales europeos se añaden en la música creada a partir del sincretismo del ahora llamado nacionalismo, en donde se fusionan elementos indígenas. La intención de los compositores latinoamericanos no sólo se caracteriza por el uso de sonotipos musicales, sino por la temática de la ópera, ballet o poema sinfónico, recurriendo a leyendas indígenas o culturas aborígenes de América en búsqueda de hacer música propia.

 

Así, es consecuente el hecho que en tiempos modernos los parámetros son determinados por los modos de producción capitalista. El punto es que el fluir de los acontecimientos que nos han traído a la contemporaneidad marca ya un límite llevado al extremo donde las categorías artísticas, como la de lo bello, han sido aniquiladas y remplazadas por su antinomia. Estos nuevos referentes no pueden menos que afectar la experiencia y la psique del individuo inmerso en la modernización social, económica y demás etcéteras, como características y fenómenos que lo definen como un proceso retrógrado de civilización. El exponerlo desde una crítica musical es el objetivo de este pequeño escrito.

    

A partir del siglo XVIII la experiencia estética se estudia como un intento de racionalizar la creación y percepción de lo artístico. Surge entonces la profesionalización del artista por medio de la tecnificación a través del método. Claro que esto proporciona una claridad en la técnica, es decir los tiempos de las notas son de una exactitud metronómica, la afinación puede ser perfecta e inclusive se hace posible llegar a un virtuosismo. Pero existe un problema, se corre el riesgo de carecer de sensibilidad en el proceso musical. Cabe aclarar que este es un proceso ya quehay tres elementos necesarios: la presencia de seres que participan en el proceso musical. Estamos hablando de tres estancias conscientes o al menos cognoscentes de lo acontecido en el momento musical, como arte vivo que transcurre en su aquí y ahora. Sólo en este momento es que se da esta conexión intersubjetiva entre el compositor, el ejecutante y aquel que escucha en tanto que cada uno de estos elementos. Cada uno de ellos es una condición sine qua non de este momento creativo. Se obtiene así la hiperracionalización de la música que es evidente en las producciones contemporáneas, como un resquicio de aquella corriente que ha sido la garantía para obtención de un conocimiento generalizado que conlleva a la homogeneización de pensamiento y la creatividad. El esqueleto composicional se vuelve entonces lo importante en la música, imponiéndose la intelectualidad sobre la sensibilidad. Es por eso que el arte posmoderno requiere del uso de panfletos para dar cuenta de lo que ahí sucede.

 

Ahora, con la expansión de las formas de mercado, es decir la música vista como producto de cambio, como objeto de consumo y medio de alcanzar objetivos comerciales, las cualidades musicales se reutilizan una y otra vez para lograr reacciones predeterminadas. Esto se presenta de distintas formas. Una de ellas es el hecho del abuso de células rítmicas que afectan la sensibilidad de quien los escucha. Inclusive las capacidades dinámicas y de tempo son utilizadas como recurso con la firme intención de exacerbar el ánimo del oyente. El efecto de un Presto o un Allegro no es igual al de un movimiento en Adagio o un Lento. De forma similar acontece con las cuestiones armónicas. Tal cual ocurre, por ejemplo, en el paso de un tono menor a un tono mayor, siendo que las tonalidades menores se asocian a lo triste, mientras las mayores son alegres, es decir el cambio de un semitono en un intervalo de tercera de un acorde en estado fundamental, puede trasportarnos a una sensación inquietante, al grado de correr el riesgo de desgarrarnos emocionalmente.

 

Desde la antigüedad se le ha atribuido a la música poderes especiales con los cuales es posible dominar el espíritu humano, lo que la vuelve desconfiable en el sentido de que tanto podía tener influencias de provecho para el alma, produciendo buenas cualidades en aquel que escucha, como tiene la capacidad de sobreestimular, distraer y llevar a excesos al espíritu. Con la industria cultural estas cualidades son utilizadas con fines consumistas. La experiencia se merma con el uso y abuso de los códigos expresivos para la manipulación de existencias serviles, lo que contamina a las capacidades inherentes de lo sonoro, concibiéndola en tanto que objeto cultural, como un producto al que se le asigna una función meramente utilitarista para facilitar su consumo. Así, se han otorgado parámetros en función de lo económico para la selección mercantil de la producción y oferta de lo cultural, excluyendo a todo aquello que no funcione en las prácticas de consumo sugerentes. En esta situación la función de lo estético y lo musical dentro de la sociedad capitalista es la de ser un mero fetiche de funciones prestablecidas para su empleo por medio de estereotipos que la tecnocracia tardomoderna ha sabido explotar, reduciendo al individuo, su existencia, gustos y todo aquello que lo determine a un mero y degradante código binario. El sujeto transforma inconscientemente sus condiciones dentro del proceso estético-musical, y la categoría de creador y oyente se convierten en productor y consumidor.

 

La tecnología emergente, además de permitir almacenar piezas musicales, ha permitido ampliar las posibilidades del sonido escrito a cambio de una eliminación del aspecto creativo composicional. Si bien los gadgets proporcionan ciertas facilidades para la composición y la reproducción del fenómeno musical, hay que tener en consideración que estas prácticas están aniquilando la creatividad y la eliminación del hic et nunc musical, que es momento, pero también proceso. La comercialización de la música almacenada electrónicamente es la prueba de ello, cuya manufactura tanto física como de grabación tiene por objetivo conseguir el éxito entre los oyentes, y por lo tanto el derrame económico que genera la plusvalía.

 

Envuelta en la promoción mediática, la música se encuentra determinada por criterios de unificación del gusto para ofrecer productos similares entre sí, a causa de la adquisición comprobada en el consumidor masificado. Bajo esta condición se crean costumbres auditivas y sensitivas derivadas de la fabricación de gustos inducidos en el consumidor. Siendo que el aparato técnico-mercantil se sostiene en las necesidades de éstos, busca lograr una satisfacción a través de productos seriados y la experiencia musical empieza a verse mermada de la misma forma en que podemos comer un menú determinado por nuestros gustos por tal o cual alimento: el menú siempre se repetirá a lo largo de nuestras vidas. Es así que se buscan nuevos referentes para atraer y mantener la atención del individuo, creando confusión entre la capacidad de sorpresa y ser fácilmente impresionable. Es decir, lo que debiera ser una experiencia en donde la conciencia y la sensibilidad se ven involucradas en el momento estético, es transfigurado en un instante donde estas capacidades experienciales son inversamente proporcionales gracias al continuo roce con la música estandarizada. Se sacrifica autonomía al no poder juzgar y decidir por sí mismo. Bajo las normas del sistema tecnócrata cualquier huella de espontaneidad del público es dirigida y anulada.Esta se vuelve parte de un conglomerado, un estilo de vida impuesto homogéneamente para mantener la funcionalidad de una sociedad sitiada. El establecimiento de sus reacciones a priori elimina la reflexión, no estimula la crítica y la imaginación se ve mermada en un contexto donde el individuo esta en búsqueda de un hedonismo desmedido característico de la modernidad. En tiempos contemporáneos el individuo, en el entendido de que éste está relacionado con el ejercicio de una autoconciencia, y de la autodeterminación y la autoexpresión del ser humano como miembro de la sociedad, pierde su autonomía al no poder juzgar y decidir por sí mismos, por medio de la tecnificación derivada del imperio de la razón instrumental que somete tanto a la naturaleza como al hombre. Entonces se vuelve parte de un conglomerado anónimo, en un estilo de vida impuesto homogéneamente para mantener la funcionalidad de una sociedad sitiada.Resulta obvio, que los mass media juegan un papel decisivo en el fenómeno cultural contemporáneo, siendo el medio por el cual la industria de la cultura ofrece la misma cotidianidad como paraíso. Como lo afirma Eco:

 

Los mass media se encuentran inmersos en un circuito comercial, están sometidos a la “ley de la oferta y la demanda”. Dan pues al público únicamente lo que desea o, peor aún, siguiendo las leyes de una economía fundada en el consumo y sostenida por la acción persuasiva de la publicidad, sugieren al público lo que debe desear.[1]

 

Es decir se adecúa lo mercantil a las formas de comportamiento de lo colectivo, lo que pone en evidencia la creación de estereotipos, como formas acordadas de reconocimiento por parte del público, y de interacción entre el objeto mercantil y su destinatario. Ahora, los estereotipos son las fuerzas utilizadas en la actualidad por los medios de comunicación masiva y el marketing, por los cuales se han valido para reconocer los hábitos socio-psicológicos del individuo, mapas emotivos y mentales. La publicidad ha tenido gran sabiduría para hacer uso de esto elementos. Actualmente, por poner un ejemplo, hace hincapié en los objetos del deseo “inalcanzables”, promocionando la fantasía de llegar a ser aquello que el mismo sistema neoliberalista les niega, ofreciendo contradicciones clasistas con la que el hombre postmoderno debe vivir como una fragmentación de sí mismo. Tal es el principio de la espectacularidad entendida como “una relación social entre las personas, la cual está mediatizada por las imágenes”[2]. Todo aquello que era una experiencia directa es ahora un pálido reflejo de ésta en una representación electrónica. Una contemplación donde la propia existencia no tiene participación. Es decir lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso han cambiado de cuerpo por el procedimiento masivo de aceptación de la manipulación del gusto generando una homogeneidad de éste, demostrando que, como sucede en este caso, el canon musical es normativo y no histórico, aunque completamente manipulable. Debord tiene una frase encantadora para expresar esta idea: “En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”[3]. No es lo mismo presenciar la ejecución instrumental a poner una grabación en casa. En la primera, si lo analizamos, no solo percibiremos sonidos emitidos por un instrumento, sino la relación del ejecutante con una trompeta, un violín o un instrumento cualquiera que es una extensión de sí mismo, de su cuerpo, y que juntos, sienten e interpretan en perfecta armonía la pieza elegida en conjugación con la imaginación del ejecutante. Con la llegada de la grabación, esta relación se opaca, los medios técnicos de grabación permiten que esta dualidad se corrompa. Cualquier error, sonido, o pasaje puede ser “maquillado” cuantas veces sea necesario hasta alcanzar una satisfacción que no tiene relación con un deseo de interpretación imaginativa, lo cual ha sido nocivo para el entorno musical en general. Dicho de otra forma, la profesionalización, los modos de grabación y de consumo ha desbocado en una atrofia de la intuición musical, la intuición se ve disminuida lo que conduce a dificultades en nivel interpretativo al no encontrar un equilibrio entre la razón sobrealimentada por el automatismo ganado con el método, y el sentir como flujo natural de la propia interpretación. Se impide así el libre devenir de la música que la partitura propone. La metodización es el arquetipo de una profesionalización que agrega valor al trabajo espiritual; la sociedad contemporánea se ve orillada a una miseria experiencial estrechamente unida al valor de cambio y el consumo de lo cultural.

 

El ethos es el carácter dentro de la armonía; es el carácter de una comunidad, de un pueblo. La ética es el reconocimiento de este carácter y la música es la puerta por donde se muestra, donde oscila de lo metafísico a lo físico. De aquí que se pueda hablar de la esterilidad de la sociedad que produce y consume lo sintético-industrial, eliminando la capacidad crítica al cegarse ante esta absorción de lo estético en su inmediatez consumista, eliminando la reflexión y la espiritualidad humanas, pues ya no existe una necesidad para ello. La música es la puerta por donde se muestra el carácter, por donde oscila este carácter, de lo metafísico a lo físico. Se forja entonces una regresión experiencial en el sujeto circunscrito en la globalización de elementos y artistas al servicio de lo hegemónico, destruyendo la poiesis musical en un proceso del que parece no hay escape. Existencias impropias caracterizadas por la elusión de la situación en la que el sujeto se encuentra determinado, con comportamientos inerciales, volcado en el mundo de la cotidianeidad, sin llegar a comprender el mundo en el que esta arrojado, dejándose llevar por los entretenimientos de la vida cotidiana, solidarizándose con la trama del mundo e inserto en la lógica capitalista. Recordando a Heidegger, hay una búsqueda de avidez de novedades como consecuencia de la conjunción de todos los elementos ya mencionados.

 

El argumento a favor de la democratización del arte con el auge tecnológico es una falacia siendo que es aplicada en una sociedad basada en la desigualdad de oportunidades que ofrece lo inalcanzable, y donde la idea hobbesiana del estado natural del hombre, basado en la envidia y en el deseo de tener lo que el otro posee, es completamente coherente. La supuesta diversidad que ha ganado el arte posmoderno es insostenible fuera de aquel discurso a favor de la dispersión categorial del arte. Así que se puede observar la miseria experiencial a la que se encuentra condenado el individuo, desde la situación de una porno-estética musical, de sabor metálico y en proceso de putrefacción, en tanto que esta es una reacción psicosomática manifiesta de una sociedad enferma, abúlica y fragmentaria que ha olvidado el poder que la música por sí misma emana. Con los paradigmas conceptuales prostituidos ad infinitum, es sencillo no percibir los maravillosos efectos que se pueden conseguir con la mezcla de pianos, fortes o sforzandos, ejecutados en el momento justo y con la dedicación previa del intérprete, para alcanzar una mezcla equilibrada de la técnica interpretativa y la imaginación en la ejecución de la totalidad y cada una de las partes de una obra musical. Me parece que a través de la crítica sería la forma en que se puede escapar a toda estandarización aniquiladora de la existencia como cúmulo de experiencias fácticas y reencontrarnos con la imaginación libre.

 

 

 



*Estudiante radicada en Morelia. Interesada en temas de música y teoría crítica además de divertirse haciendo música con su oboe.

 

[1]Eco, U., Apocalípticos e integrados. México: Tusquets, 2009, p. 57.

 

[2] Debord, G., La sociedad del espectáculo. Valencia: Pre-textos, 1999, p. 38.

 

[3] Ibid, p. 40.