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01

Marzo de 2013

Contra la academia - Decadencia académica y regeneración intelectual

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APOCALIPSIS

El propósito de este ensayo es indagar algo más en estos tres momentos de la utopía esclarecida de Bacon: el epistemológico, el moral, y el estético. Considero que este ejercicio filosófico es urgente porque la visión utópica de Bacon arroja una luz esclarecedora sobre el estado de decadencia en que nos encontramos actualmente. Pero primero, debo decir una o dos palabras más acerca de esta decadencia.

 

Quisiera aclarar que al hablar de la decadencia yo no estoy imponiendo mi visión como intelectual académico: no se trata (únicamente) de una proyección de mis ansiedades contemporáneas y postmodernas sobre los valores universales y esclarecidos que animan la visión utópica de Bacon.[6] De hecho, la noción de la decadencia figura en la visión utópica de Bacon como una precondición y justificación del misterio y silencio que encubren su utopía.

 

Según la voz que narra la Nova Atlantis, érase una vez una época dorada en que todas las naciones se comunicaban, comerciaban, y el imperio humano se expandía para el bien de todos. Pero la civilización de Atlantis, motivada a llevar a cabo ciertas “empresas orgullosas” fue castigada por un acto de “venganza divina” y todo se perdió bajo las aguas profundas de una tremenda inundación.[7] La utopía de Bacon existe precisamente como contraparte a esa decadencia. Su fin es regenerar la humanidad e instaurar una nueva época de plenitud donde se celebra la capacidad humana de construir una realidad histórica en consonancia con la armonía celestial. En este sentido, la decadencia en la Nova Atlantis de Bacon está íntimamente ligada a la regeneración.

 

Esta unidad ambigua de decadencia regenerativa y regeneración decadente corresponde a la visión apocalíptica de la modernidad: un imaginario que reúne el terror y la esperanza, la impotencia y el heroísmo, el infierno y el paraíso. Esta visión es el núcleo conceptual del Apocalipsis tal como lo sentimos hoy en nuestra llamada época postmoderna. El intelectual hoy en día vive y se desvive con esa visión. Este es el primer punto que debo hacer con respecto a la decadencia.

 

El segundo es que la decadencia acaba por asignarle al intelectual un papel especial. Él está llamado a funcionar como un regenerador mesiánico. En los términos esclarecidos y utópicos de Bacon, esto equivale a generar una “Gran Instauración”. La instauración baconiana contempla tanto un retorno a la Edad Dorada (una restauración), como el comienzo de una nueva época de expansión del conocimiento y el poder humanos (el descubrimiento de un Nuevo Mundo). En nuestros días estos dos lados de lo que Bacon llamaba la Gran Instauración se ven separados y están en conflicto.

 

En los Estados Unidos, esta escisión ha tomado la forma de lo que, desde hace ya más de treinta años, se viene llamando The Culture Wars o la “Guerra de Culturas”.[8] Por un lado, están los pensadores conservadores que denuncian la condición prácticamente analfabeta de la mayoría de los estudiantes universitarios y que defienden la lectura analítica de un canon tradicional como la única manera de impartir los valores culturales universales encontrados en la literatura clásica, renacentista, y esclarecida. Para ellos, la universidad debe cumplir una función restaurativa.[9] Por otro lado se encuentran los pensadores progresistas que, al contrario, denuncian a ese mismo canon tradicional, viendo en él una manera más en que las clases dirigentes buscan impedir que los estudiantes tomen conciencia de su opresión.[10] Para ellos la universidad debe cumplir la función crítica de descubrir y desenmascarar los engaños. Esta polémica cultural define la crisis actual de los intelectuales que trabajan en las Research Universities.

 

Pero las opciones con que nos presenta son falsas. Si vamos a tomar una postura esclarecida, no tenemos ni mucho menos debemos escoger entre la visión restaurativa de los conservadores y la visión cuasi-revolucionaria de los progresistas. Una postura esclarecida nos pide más, mucho más. Nuestra tarea, en tanto seamos capaces de actuar como intelectuales independientes, es reunir estos dos momentos, el restaurativo y el generativo, y, a base de esa rearticulación crítica, vislumbrar un nuevo proyecto de integración social que haga posible contemplar el terror de la decadencia junto a la esperanza regenerativa, la impotencia junto a la independencia, y el infierno del desorden moral de la cultura administrada junto al paraíso de una posible y nueva cultura expansiva.

 

EL CONOCEDOR DESCONOCIDO

La Nova Atlantis narra la aventura de una embarcación europea que sale desde Perú con rumbo a China y Japón. Una tormenta desvía a este barco de su curso y hace que los marineros teman por sus vidas. Ellos rezan y le piden ayuda a Dios. Él les dirige a una tierra desconocida: la isla de Bensalem. Estando en esta isla desconocida y aislada del resto del mundo, los viajeros se asombran, primero, de que los habitantes sean Cristianos y, segundo, de que tengan conocimiento de las gentes y civilizaciones del resto del mundo. “Nos parecía,” dice el narrador al respecto, “una condición y propiedad de seres con un poder divino, el poder mantenerse escondidos e invisibles, pero aún así tener a los demás hombres expuestos a la luz de su mirada”.[11] Lo que es más, esta situación les hace dudar si la Isla de Bansalem es una “tierra de magos, que mandan espíritus del aire a todas partes, para traerles luego noticias y conocimientos de otros países” pero, en vistas de que los habitantes de la isla son Cristianos, se deciden más bien por interpretar este poder de conocimiento como un acto “sobrenatural, pero en el sentido angélico y no mágico”.[12]

 

Es de esta manera que se introduce en el texto de Bacon la idea de un origen providencial para el conocimiento que tienen los habitantes de la isla del resto del mundo. Y de hecho, ésta es la idea que se les presenta a los viajeros Europeos. Se les explica que un día apareció en el mar una columna de luz que subía hasta el cielo. Varios de los habitantes salieron a investigar, pero cuando estaban cerca, una fuerza invisible les obstaculizó el paso. Junto a ellos iba un Padre de la Casa de Salomón que se puso a rezar. Como resultado, se le permitió a este Padre acercarse a la columna de luz radiante que luego desapareció tan de repente como había aparecido. Donde estaba la columna de luz, el Padre encontró un arca que contenía la Biblia y otros libros sagrados no conocidos por el resto de la Cristiandad. Así se explica, en la Nova Atlantis, como un acto providencial, la existencia de una sociedad secreta donde la conciencia humana ha podido conocer los misterios de la creación.

 

Dios escoge a los habitantes de la isla de Bensalem porque, con la fundación de la Casa de Salomón, ellos ya habían comenzado a conocer el mundo, a usar el poder de su conocimiento para beneficiar a los hombres, y no (como lo hicieron los habitantes de Atlantis) para acrecentar su poder político y aumentar su riqueza material. Dios escoge a la gente de Bensalem porque son científicos que ya poseen un método razonable e inductivo de investigación de la Creación de Dios; pero también los escoge porque son humildes y virtuosos. “El comercio que mantenemos,” afirma uno de los habitantes de la isla, “no es por el oro, la plata, las joyas, las especies, ni por ninguna comodidad material, sino sólo por adquirir la primera creación de Dios, que fue la luz; para tener conocimiento … de todas las partes del mundo”.[13] Dios premia su humildad, pero también su agudeza. El reconocimiento divino del método que usan los Padres de la Casa de Salomón para descifrar las leyes que rigen la naturaleza es, a su vez, el reconocimiento de la integridad moral de los Padres de la Casa de Salomón. A diferencia de la gente de Atlantis, que Dios había castigado, los habitantes de la isla de Bensalem usan su conocimiento de los misterios de la naturaleza para beneficiar a la toda humanidad.

 

El contraste con la situación de los intelectuales académicos de hoy no podría ser más radical. La unidad de conocimiento y conciencia moral que caracteriza la vida intelectual de la Casa de Salomón se encuentra rota y fragmentada en las Research Universities. Nosotros, los intelectuales académicos, nos hemos profesionalizado. Nuestras vidas intelectuales se ven sujetas a la lógica burocrática de una cultura académica administrada.[14] Somos especialistas; el horizonte que contemplamos en nuestro diario quehacer corresponde a la mirada miope del experto. Como tal, el campo de nuestra competencia se restringe y reduce de tal manera que nuestro conocimiento acaba siendo desarticulado de la vida. Esta micro-especialización del conocimiento conlleva una correspondiente reducción del campo de nuestra responsabilidad moral, social, y política. Se impone sobre nuestro trabajo como profesionales, especialistas, y expertos la lógica de la acción instrumental. Somos poco más que funcionarios que han internalizado la disciplina de sus respectivas disciplinas académicas; somos poco más que letrados sumisos que se humillan ante la vigilancia gubernamental o corporativa y que se auto-censuran según la lógica perversa de una panóptica paranoica y esquizofrénica.[15] Somos testigos, en última instancia, de la anulación sistemática de nuestras propias vidas intelectuales.