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01

Marzo de 2013

Contra la academia - Decadencia académica y regeneración intelectual

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DECADENCIA ACADÉMICA Y REGENERACIÓN INTELECTUAL

Christopher Britt Arredondo*

 

 

DE LA “CASA DE SALOMÓN” A LA RESEARCH UNIVERSITY

En Nova Atlantis (1624), Francis Bacon formula el ideal esclarecido de una sociedad utópica gobernada por los intelectuales: los llamados “Padres” de la “Casa de Salomón”. Dicha casa es una universidad. Según lo explica uno de los Padres, esta casa universitaria se fundó con el fin de “estudiar las Obras y Criaturas de Dios” y “conocer las causas y entender los movimientos misteriosos de las cosas; para así ampliar las fronteras del Imperio Humano”.[1] Se trata, por lo tanto, de una institución que afirma y celebra la capacidad humana de construir un mundo histórico en consonancia con la voluntad de Dios. Teniendo en cuenta este fin providencial, se entiende que los científicos e intelectuales que trabajan en esta casa han de cumplir una tarea esclarecedora: son ellos, precisamente, quienes están llamados a instaurar una nueva era de plenitud cultural en la historia universal de los hombres.

 

En la isla de Bensalem, que es así como se llama el lugar desconocido donde se encuentra esta utopía, los hombres participan en una cultura expansiva donde la conciencia humana está plenamente articulada con el mundo natural y donde ese conocimiento sirve como base a la soberanía de los hombres sobre su mundo histórico. En esta sociedad esclarecida, se confía en que los intelectuales no abusarán del poder de su conocimiento y que lo usarán más bien para el beneficio de toda la humanidad. A su vez, este es un lugar donde se reconoce la integridad moral de los intelectuales. Y es, en última instancia, un lugar donde el arte y la tecne expresan estos mismos ideales esclarecidos, poniendo en evidencia un balance armonioso entre los intelectuales y científicos esclarecidos y el mundo natural que ellos conocen, comprenden, y transforman por medio de su arte, invención, y tecnología.

 

Hoy en día, los intelectuales se encuentran en una situación diametralmente opuesta a la de los Padres de la Casa de Salomón. Tanto su independencia intelectual como su soberanía moral se encuentran entorpecidas por las estrategias de engaño masivo y auto-engaño profesional que caracterizan a la cultivación y comunicación de nuevos saberes en una cultura, como la nuestra, que está administrada por poderes políticos y económicos. A comienzos del siglo XX, Julien Benda vislumbró la terrible oleada de nacionalismos violentos que prometían destruir la vida pública europea y que amenazaban con inundarla bajo las aguas oscuras de una cultura administrada de masas; y se enfrentó, de manera directa y tajante, con todos aquellos intelectuales que, en vez de defender la vida pública de sus respectivos países, más bien la traicionaron, volviéndose cómplices de los nuevos poderes administrativos.[2] Luego, a mediados del siglo XX, y con los totalitarismos de la Segunda Guerra Mundial como trasfondo, diversos pensadores, desde Max Horkheimer y Theodore Adorno hasta Lewis Mumford y C. Wright Mills, analizaron y denunciaron las estrategias de engaño que animaban la nueva cultura de masas administrada por el capitalismo, mostrando como estas estrategias también servían el propósito de quebrantar la independencia intelectual y soberanía moral de los intelectuales.[3] Estas tendencias que limitan la independencia de los intelectuales no han sido superadas hasta el día de hoy. Al contrario, los intelectuales hoy en día se enfrentan a una situación cada vez más nefasta. El desorden moral de la cultura administrada ha llegado a tales proporciones que tanto el poder político como el económico están ahora concentrados en instituciones financieras y corporaciones multinacionales de alcance global. Frente a este gigantesco régimen de desorden mundial y la destructiva lógica civilizatoria que lo anima, los intelectuales que aspiran a frenar su paso destructor apuntan sus críticas, como quijotes aprensivos, contra un imaginado molino que es en realidad un monstruo.

 

Este panorama es de particular interés para quienes trabajan en universidades que están financiadas, ya sea por el estado o por entidades privadas, con el fin de impulsar la investigación: las llamadas Research Universities.[4] Aunque, por lo general, estas universidades siguen siendo espacios donde los intelectuales pueden ejercer sus labores con relativa libertad, también es cierto que las Research Universities cumplen varias funciones sociales, políticas, y económicas que se contradicen entre sí y que, a su vez, acaban enflaqueciendo la soberanía moral e independencia intelectual de sus investigadores, profesores, y administradores.

 

En tanto que las Research Universities sean instituciones dedicadas a la expansión del conocimiento, se podría y debería suponer que, al igual que la Casa de Salomón, ellas también están consagradas a mejorar y beneficiar a toda la humanidad. Pero la realidad es otra. Las Research Universities se encuentran en países específicos y están, por lo tanto, sujetas a los intereses sociales, políticos, y económicos de sus respectivos países. De allí que, en vez de servir a toda la humanidad por igual, estas universidades se encuentren obligadas a transmitir unos valores sociales, políticos, y económicos que están restringidos por culturas nacionales particulares. Según los casos, esta función puede ser conservadora o progresista; pero siempre se cumplirá de la misma manera: por medio de la transmisión de un legado cultural específico y de la imposición de una interpretación limitada de la realidad histórica nacional.

 

Quienes enseñan en estas universidades no son intelectuales completamente independientes; son empleados académicos. Como tal, se espera de ellos que profesen la fe y profesen el dogma de la socialización nacional. Deben profesar con entusiasmo eclesiástico la creencia en ciertos valores nacionales; y deben profesar con enardecimiento escolástico la responsabilidad cívica; deben profesar, como sólo lo saben hacer los profesores más talentosos, lo bueno y justo y necesario que es el proceso de la socialización. Se mire por donde se mire, estando uno de acuerdo con ello o no, esta responsabilidad socializadora es una imposición; la primera, entre muchas más, que las Research Universities imponen a sus profesores por razones políticas y económicas. El verdadero problema con este tipo de imposiciones no es simplemente que reducen la profesión a una especie de retahíla propagandística, sino que comprometen la autonomía intelectual y soberanía moral de los mismos profesores, investigadores, e intelectuales que trabajan en las Research Universities.

 

Ahora bien, además de transmitir ciertos valores sociales y políticos, las Research Universities también cumplen la tarea bastante más noble de descubrir, producir, y diseminar nuevos conocimientos. Pero esta labor de investigación tampoco se lleva a cabo con plena libertad e independencia. Tanto el perfil de los proyectos de investigación como sus resultados están restringidos de antemano por quienes financian la investigación. De allí que la investigación a veces contradiga las consideraciones teóricas, epistemológicas, y hasta éticas de los mismos investigadores.

 

Esta contradicción es bastante pronunciada en las universidades de los Estados Unidos. No sólo se encuentran en este país las universidades mejor financiadas de todo el mundo, en los Estados Unidos las Research Universities también participan en una cultura nacional que promulga el mito liberal de un individualismo feroz y pionero. Según este mito, es gracias a la independencia intelectual de sus ciudadanos que los Estados Unidos ha podido introducir al mundo un sin fin de descubrimientos, inventos, y nuevas tecnologías que han revolucionado la vida humana. La ironía histórica es, sin embargo, que la gran mayoría de la investigación que se lleva a cabo en estas instituciones está hoy en día financiada y administrada por autoridades externas que la presiden y la vigilan.

 

En primer lugar figura el gobierno federal, el cual, por medio de fondos establecidos para apoyar la investigación en diversos campos (NEH, NEA, NSF), establece las prioridades de la investigación.[5] En pos de imitar la lógica del llamado mercado libre, estos fondos administrados anuncian competiciones que imponen ciertos parámetros y establecen tanto el horizonte intelectual como las reglas metodológicas de la competición. Los intelectuales, artistas, y científicos que buscan financiamiento deben formular y proponer sus proyectos de investigación según esos mismos parámetros y moldearlos a las prioridades e intereses gubernamentales. Esto suele requerir la capacidad de ser flexible y adaptarse a los requerimientos del gobierno. Pero además de esa flexibilidad, requiere también la capacidad de internalizar los valores implícitos a la competición. O sea, los investigadores han de vaciarse, moldearse, y rendirse. Este vaciamiento suele tomar la forma de la auto-censura. El peligro con este tipo de auto-censura, que está impuesta por una autoridad externa y que no es el resultado de la auto-reflexión, es bastante aventurado. Se trata nada menos y nada más de la mutilación intelectual. El triste resultado es que muy pocos investigadores consiguen el apoyo financiero del gobierno sin comprometer primero su independencia intelectual. Su curiosidad ha de servir los intereses del estado y los productos de la investigación han de pasar a ser la propiedad del estado.

 

En segundo lugar, están las grandes fundaciones establecidas por los magnates de la era industrial --Rockefeller, Carnegie, Ford-- quienes quisieron, con estos fondos destinados a causas humanitarias, limpiar su imagen de predadores imperialistas. Competir para una beca de uno de estos fondos requiere que los intelectuales borren de su memoria la realidad histórica del expolio y destrucción que les financiará y requiere a su vez que deshonren su propia conciencia moral. Por último están las grandes corporaciones multinacionales que, en el día de hoy, han continuado la tradición de expolio y devastación ecológica, social, y cultural establecida en su día por los Rockefeller, Carnegie, y Ford de antaño. La lista es larga, pero basta con señalar las más ubicuas y mejor conocidas: Exxon Mobil, Standard Oil, BP, Microsoft…

 

Todo esto pone en duda la capacidad que tienen los intelectuales que trabajan en las Research Universities de cumplir con su última, y más importante, función social: la crítica. En las sociedades liberales, se valora la crítica porque se dice que es por medio de ella que la oposición puede señalar los problemas de la sociedad y proponer soluciones alternativas a las políticas del gobierno. De hecho, desde Sócrates en adelante, ésta ha sido una de las tareas fundamentales de los intelectuales. Pero quienes se atreven a ejercerla dentro de las Research Universities pronto descubren que su crítica no se tolerará si está dirigida a cuestionar la imaginada autoridad moral y cívica de quienes financian la investigación. Esta intolerancia no toma la forma explícita de un sistema de censura. Más bien toma la forma de un consenso “civilizado” –se suele hablar, en este sentido, de la “discreción”, del “buen gusto”, o de “plantear juicios balanceados e imparciales.” Pero lo que se esconde detrás de este consenso tan civilizado es un miedo generalizado, una ansiedad. Se trata de un miedo que intimida y con que los intelectuales se intimidan a sí mismos, hasta el punto que se vuelve habitual en ellos no decir todo lo que de verdad piensan acerca de los temas que estudian e investigan. Así, los límites que se imponen no son tanto una cuestión de prohibiciones externas sino más bien un control de la disidencia que se ejerce por medio del consenso académico. Al defender este consenso, los académicos y administradores de las Research Universities hacen casi imposible que los intelectuales que trabajan en esas universidades articulen sus críticas sociales y las hagan llegar a un público mucho más amplio del que se encuentra en los ámbitos académicos.

 

Sujetos a la cultura administrada de las Research Universities, los intelectuales que en ellas trabajan se encuentran en una situación de plena decadencia. Bajo este régimen administrado, el conocimiento se ha desarticulado del mundo y de la vida; la conciencia moral de los intelectuales ha sido institucionalmente neutralizada, y su arte – sus interpretaciones de la realidad histórica —se ha disuelto en aquél sin fin de discursos meta-discursivos que esta cultura administrada da por llamar el consenso.