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01

Marzo de 2013

Contra la academia - Los aparatos burocráticos del latinoamericanismo norteamericano

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LOS APARATOS BUROCRÁTICOS DEL LATINOAMERICANISMO NORTEAMERICANO

Benita Sampedro Vizcaya*

 

Mi contribución apunta a reiterar la difícil encrucijada en la que –en opinión de muchos— se encuentra el sistema académico norteamericano en estos momentos, un sistema que de tanto perseguir los dictados de la economía de mercado, parece haber perdido dirección y haber dejado tocadas a su paso las bases mismas de la educación, ahora percibida y ofrecida como una transacción y una mercadería. Dentro de este entramado burocrático ¿qué lugar ocupan entonces los estudios sobre Latinoamérica, desde las diversas disciplinas, en tanto que área y objeto de investigación? Mi respuesta es que, a menudo, poco menos que un no-lugar institucional. Queda por ver qué resortes críticos, históricos e ideológicos se puedan activar en el campo, capaces de ofrecernos otras respuestas, así como alguna salida de la encrucijada en su conjunto.

 

Sarah Kendzior, una antropóloga que recién estrena su doctorado de la Universidad de Washington en St. Louis, reflexionaba hace apenas unos meses en la sección de opinión del periódico AlJazeera[1] sobre el estado de la profesión y las expectativas de empleo dentro de la academia en los Estados Unidos. Según la página web de la asociación norteamericana de antropología, vivimos en una época en que “el significado y el lugar de las diferencias, tanto intelectual como moralmente, ha sido reordenado”.[2] Lo cierto es que el profesorado académico en los últimos años ha sido víctima de las prácticas de explotación más extremas del sistema neoliberal. Las estadísticas de los sindicatos en estos momentos deberían ser motivo de alarma: un 67% (o sea, algo más de dos tercios) del personal docente universitario ejerce su labor con un contrato parcial –típicamente por un período de cuatro meses— que puede ser o no ser renovado al concluir el mismo; este profesorado no dispone de beneficios laborales ni de cobertura médica, y trabaja en condiciones de extrema precariedad.[3] Es el llamado contingente de profesores adjuntos, profesores temporeros podríamos decir, los jornaleros del sistema. Esto, en principio, no es distintivo de las profesiones académicas, pero la situación de los llamados adjuntos debería ser causa de profunda preocupación para el común de la ciudadanía, y no sólo porque es el grueso de los adjuntos y profesores temporales los que están formando a la juventud estadounidense de esta generación, sino porque el problema de los adjuntos es emblemático de una tendencia generalizada en el sistema norteamericano de empleo, como reitera Kendzior. En realidad en los últimos años hemos asistido al fin de una era en la que la educación universitaria servía todavía como instrumento para el ascenso personal y abría un abanico de oportunidades para la sociedad en general. Pareciera que en el sistema actual ya sólo una minoría privilegiada sigue disfrutando de sus prebendas de antaño. Para todos aquellos (o sea, para el grueso de la población) para los que la educación y las carreras universitarias fueron un día un camino para salir de la pobreza se han convertido hoy en un camino hacia la pobreza. No cabe duda de que aquellos valores prevalentes en la educación en el contexto de la post-segunda guerra mundial se han desvanecido con el fin del siglo XX.[4]

 

Del conocido blog en contextos laborales universitarios The Homeless Adjunct (El profesor adjunto sin techo, sin casa), destaco una entrada que podría ser fácilmente el título de una intrigante y sugestiva novela negra: “How the American University was Killed, in Five Easy Steps” (“Cómo la universidad norteamericana ha sido asesinada, en cinco pasos fáciles”)[5] . Según los autores del mismo, en los años 50 el slogan era el de “universidad para todos”; llegaron los años 60 y las universidades se transformaron en una olla a punto de ebullición del debate político público y el centro de esos debates que llevaban la política al público se gestó fundamentalmente desde las disciplinas de las humanidades (la filosofía, la antropología, la literatura, las lenguas y culturas extranjeras, la sociología, la geografía, la música, y las religiones del mundo). La drástica reducción de fondos destinados a la universidad pública fue posteriormente el primer paso hacia el desmantelamiento y la corporativización del sistema. Aquí entraba también la política de decidir qué materias había que recortar y cuáles había que mantener y, de alguna manera, se gestaba de una manera definitiva la confrontación entre las humanidades y las ciencias. No fue difícil concluir que las humanidades en su conjunto, a las que después de los años 70 y 80 había que sumar nuevas disciplinas como los estudios de género, y los estudios de área o regionales, fueron consideradas como prescindibles, porque no ofrecían las “destrezas prácticas” necesarias para el mercado laboral de la industria, el corporativismo y los proyectos del desarrollismo capitalista. En ese punto se produce definitivamente la escisión entre la educación vocacional y las humanidades, aunque en realidad se trata de una escisión mucho más radical y de fondo: la escisión entre la educación vocacional y la educación universitaria misma, que se ha caracterizado siempre por el rigor intelectual y el desarrollo del pensamiento crítico, o sea, todo aquello que la sociedad neoliberal y sus reencarnaciones póstumas –como la crisis del presente— considera sus vecinos incómodos, sus enemigos.

 

La desprofesionalización, el empobrecimiento progresivo y la degradación (tanto en su imagen pública y social como en sus circunstancias más tangibles) de la figura del profesor universitario fue uno de los daños colaterales más evidentes en este proceso. Del millón setecientos mil profesores universitarios registrados en la academia estadounidense en estos momentos, incluyendo todos sus niveles,[6] un millón son trabajadores temporales o no fijos, en condiciones no sólo de precariedad in extremis sino de pobreza in extremis: son la fuerza laboral que hace girar la rueda del molino de cada institución universitaria, pero son invisibles para la institución misma. Su invisibilidad más palpable es el no-lugar que ocupan en el campus: carecen de despachos propios, ni digamos la vieja convención de que sus nombres figuren impresos en las puertas de los mismos, no aparecen listados en las páginas web de los departamentos bajo la sección de “faculty”, son institucionalmente anónimos, sus cursos se anuncian en los catálogos universitarios como TBA (to be announced), o sea, pendiente de confirmación, hasta el día mismo que comienza la clase. Un joven profesor, colega mío en la universidad de Hofstra y con un contrato no permanente se preguntaba con elocuencia e indignación hace poco: “¿cuándo les hemos entregado las llaves del reino?”. Se refería a la pléyade de administradores grises que desde sus despachos del campus gobiernan hoy en día las instituciones universitarias. En efecto, el número total de administradores en prácticamente todas las instituciones supera ahora al de profesores. Se trata de una emergente clase burocrática, a menudo con una formación académica media (o sea, inferior a la del profesorado) y poca o ninguna experiencia en la investigación, pero con salarios y beneficios que doblan los de los profesores más consagrados. Cuando se trata de los niveles administrativos más altos (presidentes, rectores, vice-rectores, sus consejeros y abogados, jefes de finanzas, decanos, etc.), los salarios y lujos que acompañan al puesto son para sonrojarse a veces.[7] Y sin embargo, son estos funcionarios los que desde sus despachos toman diariamente decisiones corporativas sobre el curriculum académico y el ritmo intelectual de la institución para la que trabajan. ¿Cómo? Naturalmente en base a principios económicos, de mercadotecnia y de modas institucionales, pues éstas son las destrezas que mejor manejan y que su puesto como ejecutivos de la academia demanda. En este sentido, la disminución del profesorado contratado fijo en los campus universitarios –y su reemplazo masivo por los adjuntos— es otra de las manipulaciones malévolas y perversas (a priori o a posteriori) de las que este nuevo cuerpo administrativo se sirve para reducir a cero el poder de gestión y de toma de decisión del profesorado, sustituyendo así de manera muy conveniente los procesos dialógicos de la llamada “shared governance” (o gestión compartida) por un nuevo método de gestión universitaria impositivo y verticalizado: las decisiones vienen de arriba, de la clase ejecutiva universitaria, hacia abajo. Un libro reciente de Benjamin Ginsberg, titulado The Fall of the Faculty. The Rise of the All-Administrative University and Why it Matters, (Oxford UP, 2011) apunta justamente a este cambio en el sistema de gobernanza universitaria y alerta de sus peligros. La devaluación de la educación, y de la figura del profesor, de manera simbólica y efectiva, se produce también cuando la redistribución del capital institucional dentro de la universidad pasa ahora de las manos del profesorado (las columnas vertebrales del sistema mismo) a las de esta nueva clase ejecutiva que la gobierna.

 

La cultura académica corporativa supedita por ejemplo, en los programas de lenguas y culturas extranjeras, eminentemente el español (para ir al caso concreto que nos incumbe), a un ejército de profesores temporales mal pagados, haciéndolos piezas de un engranaje cuyo modelo se asemeja más al de una factoría, o al de la industria de la cocina rápida, que al de la enseñanza universitaria misma. Todo ello puede –y debe— considerarse parte de un proyecto conservador mucho más amplio en el que a los alumnos ya se les llama clientes, y los profesores son contratados como trabajadores dependientes, cuatrimestre a cuatrimestre, con retribuciones y condiciones laborales inferiores a las del salario mínimo interprofesional. Observamos cómo la academia norteamericana va siendo reemplazada por la nueva edu-factoría, que además crea expectativas en los alumnos que luego resultan ser demoledoramente falsas cuando obtienen su titulación y se encuentran de frente con la dureza de una realidad para la que no estaban crítica y analíticamente preparados. Michael Holquist, en una reciente valoración del estado de la profesión y el papel del profesorado para una publicación del Modern Languages Association concluye con ironía que hemos llegado a un punto de degradación cualitativa tal que “the ivory tower is really a co-op”,[8] (la torre de marfil es ya sólo una cooperativa de apartamentos). La clase política estadounidense, y sobre todo en la fase frenética de campaña electoral, ha capitalizado hasta la náusea la separación entre la llamada Wall Street y Main Street; este otro cliché tiene ahora, naturalmente, su doblete en las nuevas clases institucionales del sistema universitario al uso.